El patrimonio monumental de un país es algo que hoy en día se tiene como un bien preciado, de connotaciones inmateriales. Castillos, catedrales, ermitas, fuentes, esculturas… Un conjunto de elementos que ayudan a bucear un tanto en la historia local. Claro está, si estos tesoros no han sido destrozados. Desastres no siempre fruto de otros, como guerras o incendios. La desidia, el afán de reutilizar materiales y otros motivos peregrinos han llevado a pérdidas invaluables, como se lee a continuación.

Reciclaje mal llevado

Aunque en la actualidad el reciclaje sea sinónimo de algo positivo, otrora el concepto fue algo más dañino. Muchos monumentos han acabado siendo poco más que una cantera. Esto ha sido una de las grandes causas de que elementos patrimoniales de primer nivel hayan quedado más que deslucidos. Yendo lejos en el tiempo, el legado romano fue objetivo de un continuo expolio.

Santa Lucía del Trampal bajo un cielo estrellado

Santa Lucía del Trampal bajo un cielo estrellado. | Shutterstock

Mármol y sillería de sus edificios fueron ya reutilizados en época medieval. Por ejemplo, en la basílica visigótica de Santa Lucía del Trampal, que data del siglo VII/VIII, se ha constatado que las aras en honor a una diosa local acabaron como parte de sus muros. Irónicamente, pasó lo mismo con sus mármoles más adelante. Por otro lado, más curioso es el caso de la mitad inferior de la dama de Regina, una estatua de la diosa Juno. Durante el siglo XVII, se usó la parte trasera para tallar un escudo de armas en Llerena.

Teatro de Regina Turdulorum

Teatro de Regina Turdulorum, ciudad donde estuvo la Dama de Regina. | Shutterstock

Un desastroso ciclo que vivió una nueva vida especialmente al final de la Edad Moderna y durante el siglo XIX. Aunque en el entretiempo fue habitual, lo de usar monumentos de cantera tuvo una nueva explosión. Las desamortizaciones supusieron el abandono de centenarios cenobios, muchos de los cuales ya llevaban de capa caída algún que otro siglo. Asimismo, pequeños templos también lo pasaron mal. Un cóctel que terminó con monasterios usados para extraer piedra, tanto para arreglar ermitas como para obras civiles.

pueblos en la vía de la plata

Una actitud en la que nobles e instituciones locales tomaron parte. Los ejemplos son muy variados, pero valga el de Santa María de Moreruela, un coqueto monasterio cisterciense cuyas piedras fueron puestas a la venta por su propio dueño. Cierto es que la actitud de los monjes a lo largo de la historia hacia los pueblos circundantes no hizo que estos se apenaran. Al contrario, las rocas pasaron a formar parte de sus edificaciones. Otros ejemplos en Zamora serían Nuestra Señora del Soto en Villanueva del Campeán o Nuestra Señora del Valle en San Román del Valle.

Base de un bastión junto a una de las puertas de Cáparra

Base de un bastión junto a una de las puertas de Cáparra. | Shutterstock

Los castillos no se han librado de esto, ni siquiera algunos que hoy sería imposible cercenar. El de los Templarios, en Ponferrada, se usó como cantera y casi termina como una campa deportiva a finales del XIX. Por entonces, dos grandes monumentos de la antigüedad extremeña sufrieron también lo suyo. El dolmen de Lácara se voló literalmente para aprovechar las enormes losas que lo cubrían. Por suerte, solo su tapa se extrajo. Asimismo, en la ciudad romana de Cáparra en la Vía de la Plata se desmontó un torreón para construir una ermita.

 

Progreso: nuevos tiempos, nuevos destrozos

Aunque usar el material más fácil a mano fue motivo de que en España se destrozaran gran cantidad de monumentos, el progreso fue otro de sus grandes enemigos. En este caso fueron las murallas las que más perecieron. Muchas de ellas eran vestigios de siglos pasados que lo único que hacían era molestar las expansiones decimonónicas de diversas urbes. Los famosos ensanches, de 150 años a esta parte, hicieron meter pico y pala a los muros defensivos.

Vista aérea de Barcelona

Vista aérea de Barcelona que muestra su nueva disposición. | Shutterstock

A este respecto hay varios casos conocidos. El resultado, cabe decir, fueron espacios de un valor igualmente notable. San Sebastián mutó tanto en el XIX que acabó siendo una ciudad nueva. La Guerra de la Independencia fue un primer factor decisivo, con el saqueo que siguió a la retirada de los franceses. Fue realizado por la alianza que retomó la ciudad, no los galos. Del posterior incendio solo se salvó la calle 31 de agosto. Para ver caer sus murallas habría que esperar alguna década más. Tal como ocurriera en Valencia, Barcelona o Sevilla, se echaron abajo para dejar espacio a los ensanches. El resultado, como en la Ciudad Condal, fue el alma contemporánea de ambas ciudades.

Galería superior del castillo de Vélez-Blanco

Galería desnuda del Patio de Honor del castillo de Vélez-Blanco. | Shutterstock

Dado que durante los primeros años del siglo XX no existía protección para el patrimonio, que no llegaría hasta su tercera década, los monumentos no tenían nada que los librase del saqueo y el expolio. Nobles venidos abajo vendían sus posesiones frente a una sociedad que cada vez era más consciente de que en ocasiones estas eran patrimonio nacional. Litigios que no evitaron que el Patio de Honor del castillo de Vélez-Blanco, una joya del renacimiento, pasara a manos privadas. Hoy está en Nueva York. Tampoco que se desecharan elementos como la reja de la catedral de Valladolid, que los prelados del lugar casi regalaron a W.R. Hearst.

La protección arquitectónica no evitó desagradables sorpresas posteriores. Una fue el activo expolio franquista, reflejado en la estatua del Pórtico de la Gloria que todavía retiene la familia del dictador. Los pantanos fueron otra. Todo lo que no estuviera protegido podía quedar bajo las aguas. Da igual que se tratase de las ruinas de una importante ciudad romana y un dolmen de 5.000 años. Ambos quedaron sumergidos por el embalse de Valdecañas, en Cáceres. Apenas se salvaron algunos arcos. Iglesias de medievales a barrocas corrieron la misma suerte. Al tiempo, la ausencia de pastos generó el abandono de pueblos y considerables pérdidas, como ocurrió en Mont-Rebei con Canelles.

Los Mármoles en Valdecañas

Los Mármoles en Valdecañas. | Shutterstock

Al progreso le quedaba una bala más: las intervenciones en las obras. Especialmente polémicas son las que atañen a los pasos de Semana Santa de lugares como Málaga y Sevilla. Los arreglos han dejado obras irreconocibles, como es el caso del Nazareno de los Pasos en la capital malacitana. El Ecce Homo de Borja o la Inmaculada de Murillo son casos que evidencian una fatal falta de control. Asimismo, actos de protesta o el pasotismo de autoridades y sociedad son agentes constaten en la disolución del patrimonio español.

Cuando se cortó aunque no fuera por lo sano

La iconoclastia es un problema que ha afectado al arte desde tiempos muy pretéritos. En Bizancio, por ejemplo, llevó a graves disturbios durante el siglo VIII. Esta práctica consistente en la destrucción de elementos simbólicos sagrados con el fin de que no prosperara la idolatría y la consecuente herejía se ve reflejada en la España moderna y contemporánea. Aunque las formas en que se dieron fueron muy diferentes.

Celda de las emparedadas de Astorga

Celda de las emparedadas de Astorga. | Rodelar, Wikimedia Commons

Así, las celdas de emparedadas eran elementos absolutamente comunes en la Edad Media y Moderna. En ellas se encerraban mayoritariamente mujeres, religiosas o no, para exacerbar su fe. Astorga conserva una, considerada la única de España. Lugares tan variados como Madrid, Roncesvalles o Artajona las poseían, pero en todos los casos se destruyeron. Fue en el siglo XVIII y parte del XIX. No se trató del amor por la libertad humana lo que lo motivó, sino la necesidad de la iglesia de que no hubiera santas en vida. A la prohibición siguió el derribo de estos espacios.

Plazas más espectaculares de España, Oviedo

La catedral de Oviedo fue muy afectada por la Revolución del 34. | Shutterstock

Más radicales fueron las quemas de iglesias y conventos que marcaron parte de la Segunda República y las primeras fases de la Guerra Civil. La ira obrera se manifestó como una iconoclastia desenfrenada que en 1934 se llevó por delante parte de la catedral de Oviedo. La Cámara Santa resultó muy afectada por una voladura que acabó con parte de su extraordinaria colección de reliquias. Tras el golpe de estado de los nacionales llegó un conflicto marcado por el amplio uso de la artillería y munición pesada, reflejado en Belchite.

La inquina de aniquilación que marcó la estrategia de Franco también motivo una destrucción que antes apenas se había visto. Anteriormente, las víctimas patrimoniales del combate en sí mismo solían ser infraestructuras como puentes. Estos se derribaban para evitar el uso por el enemigo, a pesas de la pérdida que suponían, desde época clásica. Con todo, desde el tardofranquismo y esencialmente a raíz de la llegada de la democracia, la protección patrimonial dio un giro radical. Grandes avances que todavía tienen resquicios. Hoy el dinero es el principal escollo que impide la preservación de monumentos, ya sea a causa de la falta del mismo para cuidarlos o la especulación para obtenerlo lo que los destruye. Algo que se ve día a día en forma de derribo de edificios históricos para dejar espacio a los de nueva construcción.