Enterrarse en vida: la celda de las emparedadas de Astorga y la macabra práctica medieval

Los emparedamientos fueron una realidad histórica de Roma y Grecia a las lejanas tierras de los mongoles. Normalmente el fenómeno ha pasado a la historia como un acto de castigo extremo, así como de sacrificio. Sin embargo, el fervor religioso cristiano llevó la voluntariedad a aquello de encerrarse entre muros de por vida. Una forma ascética que sobrevivió hasta el siglo XVIII y XIX, cuando la propia iglesia prohibió este vestigio de piedad medieval. La celda de las emparedadas de Astorga es una verdadera reliquia, la única en España que se conserva original, de este radical modus vivendi.

Plaza de la catedral de Astorga

Plaza de la catedral de Astorga, con el complejo de la celda abajo a la derecha. | Shutterstock

La tradición medieval de encerrarse de por vida

El origen de la practica cristiana del emparedamiento parece que tuvo lugar con los primeros anacoretas. Esta práctica monacal era una versión dura del ascetismo eremita. En la práctica, suponía una autoexclusión que llevaba al concepto de «santo en vida». Es decir, el religioso renunciaba a la vivencia terrenal y pasaba por cotidianidad casi como un fantasma. Los ejemplos se remontan a los primeros siglos de la religión de Cristo, a partir del siglo II y III especialmente en oriente.

Celda de las emparedadas de Astorga

Celda de las emparedadas de Astorga. | Rodelar, Wikimedia Commons

Allí se conformó la Tebaida, un espacio donde eremitas y anacoretas se marginaron a sí mismos. La diferencia es que los primeros, en mayor o menos medida, regresaban a la sociedad. Como curiosidad, en El Bierzo se dio un fenómeno parecido desde finales del imperio. Cerca de Ponferrada, en Peñalba de Santiago y el valle de Oza, se aislaron y crearon monasterios cientos de monjes.

De esta forma comenzó a instaurarse el emparedamiento más o menos abierto asociado a comunidades monásticas. Siglos después, avanzada la Edad Media, el asunto había cambiado. Quedarse en espacios cerrados hasta morir se volvió algo relativamente común. La documentación recogida por expertas como Gregoria Cavero Domínguez, de la Universidad de León, señala en sus trabajos que la práctica era común ya en el siglo XI. De principios del XIV son las más antiguas de Astorga de las que quedaron pruebas. Entonces este aislamiento lo llevaban a cabo también laicos y mayoritariamente mujeres.



El tránsito a la celda de las emparedadas

El proceso de emparedamiento difería según la tipología de este. Durante su periodo de vigencia de la Edad Media al XIX podía ser, en primer lugar, un castigo. En este caso, se considera que se aplicaba especialmente a religiosos cuya moral se había tornado laxa o, peor todavía, habían mostrado señales de herejía. Otra alternativa era la penitencia. Un concepto exacerbado en aquellos siglos. Mujeres y algún que otro hombre redimían sus faltas ante el Altísimo reduciendo su radio de acción tres o cuatro metros cuadrados. Algo que se puede considerar semivoluntario. En Sevilla quedó documentado un caso de una joven que fue encerrada por su familia para que mostrara piedad por ellos.

La opción final era la puramente voluntaria. Arrastradas por una fe fuera de lo normal, laicas o religiosas elegían el camino de una tumba en vida. Gregoria Cavero Domínguez señala que existían ceremonias rituales al respecto que dotaban al acto del cariz de un funeral, celebradas en Astorga. Una misa de muertos se realizaba en honor de la mujer, habitualmente adulta y viuda. El requiem acababa con ella entrando en una celda y un albañil tapiando la puerta de acceso.

Iglesia de Santa Marta y capilla de San Esteban Astorga

Iglesia de Santa Marta y capilla de San Esteban, con la celda en medio. | Shutterstock

Su espacio para vivir estaba adosado a un monasterio, cementerio, iglesia o incluso el cabildo. Era pequeño, estrecho y la mayoría de las veces tenía dos aberturas. Una daba a la calle. Este ventanuco, como muestra el ejemplo único de Astorga cercano a su catedral, contaba con barrotes y quedaba adaptado al paso de alimentos. La caridad del pueblo, el clero, los ayuntamientos y la nobleza mantenía a las emparedadas. Mientras tanto, la otra apertura permitía asistir a oficios religiosos. Poco más solía haber. Se cree que el suelo les hacía de cama. Las ropas eran las justas para vivir y el ocio se limitaba a arrepentirse o rezar.

Durante el resto de esta muerte en vida el aura de la emparedada mutaba. De una simple mortal pasaba a ser el ejemplo de religiosidad católica perfecto. Comprendida por los desdichados, temida por los pecadores, su posición unilateral desde una embarrotada le aportaba el carisma de una santa. Algo que la Inquisición y el Alto Clero fueron repudiando con el tiempo. Además de Astorga la tradición se recuerda con fuerza en Madrid, Roncesvalles, Burgos, Sevilla, Artajona, Jaén o Valencia. Con todo, como se ha comentado, se extendía por toda España y el cristianismo. No en vano, Victor Hugo dejó constancia de ello en Nuestra Señora de París, como apunta el también experto en el tema Marcelino García Crespo.

Ventana de la celda de las emparadedas de Astorga

Ventana de la celda de las emparadedas de Astorga. | Junta de Castilla y León

Algunas emparedadas menos muertas que otras

Aunque Astorga fue un lugar donde la reclusión parecía canónica y estricta, la realidad del emparedamiento fue distinta en otros de los lugares mencionados. Cavero Domínguez apunta a que algunas reclusas seguían siendo parte de la vida real. Así, madres seguían pendientes de cómo le iba a la familia o seguían recibiendo derechos pese a su situación. Al tiempo, quedaron registros de herencias y testamentos en las que el encerrado era sujeto activo o pasivo. De esto se extrae que al menos en una mayoría de casos se retenía el patrimonio en posesión antes de entrar a la celda. Por poder, podían hasta denunciar, habiendo sido partes en juicios por falta de manutenciones prometidas o actuaciones que afectaban a sus espacios anexos.

Sevilla General

Sevilla tuvo muchas emparedadas. | Shutterstock

Incluso hay historias de emparedadas que salían de su encierro, para disgusto de los más puristas. Algo que llevó a ayuntamientos y cabildos catedralicios a ponerse serios con el tema. Especialmente elocuente es el caso de una joven sevillana llamada Isabel de Saavedra, referido antes. Metida por su familia entre muros para que velara por sus almas, otro noble llegó a su rescate. Fue Gonzalo de Ocampo, que se ganó un juicio contra los hermanos de su esposa por haberla sacado de emparedada. Tener familia para esto.

La iglesia de Santa Marta y las emparedadas de Astorga

Lo excepcional que tiene la celda de las emparedadas astorgana es, como se ha señalado, que es única en el país. Una muestra que sobrevivió a las prohibiciones del siglo XVIII. El miedo a la herejía que podían generar «santos en vida» llevó a su fin. Con todo, hubo emparedadas hasta el XIX. La forma más rápida de cortar la costumbre era derruir los espacios donde se recluían. Así, no quedo casi ni una. Casi.

Iglesia de Santa Marta en Astorga

Iglesia de Santa Marta en Astorga. | Shutterstock

Entre la iglesia de Santa Marta y la capilla de San Esteban es donde se ubica la celda de las emparedadas de Astorga. La primera es del siglo XVIII y se cree que estuvo atada a un monasterio ya desaparecido. Mientras tanto, la segunda fue un hospital de peregrinos del Camino de Santiago. La losa superior de la ventana que daba a la calle posee una inscripción en latín que dejaba claro que, en el caso asturicense, la reclusa estaba allí en mejor vida figurada. Reza así: «acuérdate de mi juicio, porque así será también el tuyo. A mí ayer, a ti hoy». La entrada a la habitación se realizaba a través del templo más pequeño.

Mientras tanto, el mantenimiento se asoció a cofradías, especialmente la de las Cinco Llagas, que ha sobrevivido hasta la actualidad. El paso del Camino Francés y la Vía de la Plata frente al lugar ha ayudado a popularizar a las emparedadas de. El espacio está en recuperación gracias a mencionada cofradía. Gracias a ello es posible seguir asomándose a un abismo con forma de ventanuco con tres barrotes.


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