La RAE define expoliar como «despojar algo o a alguien con violencia o con iniquidad». Teniendo en cuenta que iniquidad significa «maldad, injusticia grande», el concepto no solo abarca el robo o la toma de botín. También acoge las compraventas oscuras y las actuaciones de mala fe. Algo que muchos países, entre ellos España, han ejercido y sufrido. Respecto a este último extremo, el desastre continuo que vivió el país durante buena parte de los siglos XIX y XX llevó a que el inmenso patrimonio que tenía se redujera considerablemente. De cuadros a monasterios, con beneplácito de autoridades o sin él, estas obras de arte españolas son ejemplos claros de lo que significa «expolio».

Frescos de San Baudelio de Berlanga

Frescos de San Baudelio

Frescos de San Baudelio en el museo Newfields de Indianapolis. | Wikimedia

Un juego de compraventa solía hacer que un expolio obtuviera un cariz legal a principios de siglo. Algo reflejado a la perfección en los frescos de la ermita de San Baudelio de Berlanga, del siglo XI y llamada la «Capilla Sixtina» del mozárabe. Guardan similitudes con San Clemente de Tahull. Propiedad de los vecinos, estos vendieron a un marchante por 65.000 pesetas todo el programa iconográfico. Era 1922 y la Ley de Monumentos de 1915 amparaba al pequeño templo. Sin embargo, no fue suficiente. Las pinturas estaban arrancadas pero se interpuso un pleito para evitar el expolio. Sin embargo, el Tribunal Supremo falló a favor del comprador. La reacción fue inmediata, a través de un Decreto-Ley. Repartidas por museos de Estados Unidos, a mediados de siglo se logró recuperar varios segmentos que hoy se muestran en El Prado.

Ábside de San Martín de Fuentidueña

Detalle del ábside de Fuentidueña con el fresco catalán añadido

Detalle del ábside de Fuentidueña con el fresco catalán añadido. | Met

Como se acaba de contar, parte de los frescos de San Baudelio de Berlanga fueron recuperados. La fecha del hito fue 1957. Sin embargo, no se trató de una devolución, sino de un intercambio. Tal práctica llevó a que España se expoliara a sí misma para recuperar aquello que le habían quitado. Una fórmula que repitió el franquismo, por ejemplo en el retorno de la Dama de Elche, y en la que los estadounidenses eran verdaderos maestros. De esta forma, la dictadura expropió el ábside de la iglesia románica segoviana. Piedra a piedra se cedió a perpetuidad a The Cloyster, rama del Museo Metropolitano de Nueva York. En ella se luce un fresco de la natividad procedente de Lleida. Los vecinos siguen considerando un robo la actuación, mientras que algunos expertos apuntan a que el acto salvó a la cabecera de la ruina, en la que se encuentra el resto del templo.

Venus del Espejo de Velázquez

Venus del Espejo de Velázquez

Venus del Espejo de Velázquez. | Wikimedia

Los dioses fueron durante tiempo una excusa para pintar a gente desnuda. Entre ellos, Venus la que más, algo no sin lógica. Lángida, esbelta y recostada aparece en la composición que de ella hizo Velázquez. Se miró al espejo primero frente al marqués de Eliche y luego junto a los duques de Alba. Acabó, sin embargo, en manos de Godoy. Se cuenta que posaba acompañada de las Majas de Goya, cuadros que guardan con el de la deidad helena claras semejanzas. Sin embargo, a Madrid llegaron como al resto del país las tropas napoleónicas. En este contexto, fue llevada a Londres para apenas salir más de Inglaterra. Luego pasó de Rokeby, Yorkshire, al National Gallery. Como curiosidad, en 1914 fue acuchillada durante una protesta sufragista.

El Nacimiento de la Virgen de Murillo

El Nacimiento de la Virgen de Murillo

El Nacimiento de la Virgen de Murillo. | Wikimedia

Jean de Dieu Soult es una de las figuras históricas más odiadas en Sevilla y buena parte del resto del país. Mariscal napoleónico, representa como ningún otro el robo de obras de arte durante una contienda bélica. La capital hispalense y la obra de Murillo fueron algunas de sus víctimas preferidas. De las decenas de cuadros que sustrajo, se encuentra El Nacimiento de la Virgen. Se hallaba en una capilla de la catedral sevillana. No fue una primera elección del militar, sino que se le ofreció que se la llevara a cambio de dejar en el templo otras obras. Hoy forma parte de la colección del Louvre, siendo una de sus posesiones expoliadas más célebres.

Monasterio Español de Sacramenia

Claustro trasladado de Sacramenia

Claustro trasladado de Sacramenia. | Wikimedia

Sacramenia es una pequeña población de Segovia. Como tantas otras, durante la Edad Media sus inmediaciones fueron escogidas para elevar un cenobio. El resultado fue un monasterio del císter con una comunidad que solo Mendizábal logró echar. Tanto las suyas como el resto de desamortizaciones del XIX fueron elementos clave en el expolio de compraventa. Fue en torno a 1925 cuando el recinto exclaustrado atrajo la atención de Arthur Byne. Este marchante era la mano ejecutora de W.R. Hearst, famoso inventor de la Guerra de Cuba. El magnate acumuló cientos de obras, especialmente artesonados, que Byne se agenciaba tirando de corrupción y billetera. Todo, claro, bajo el permiso de Primo de Rivera y compañía.



El hecho es que sala capitular, claustro y refectorio se metieron en cajas y fueron directas a un almacén. Allí estuvieron décadas, ya que los planes de ser incorporadas a una mansión californiana de Hearst se truncaron. Vendidas en los años 50, su destino final fue Miami. Junto a restos del monasterio franciscano de Cuéllar conforman el cenobio de San Bernardo de Claraval, una mezcla de centro religioso y turístico.

El Juicio Final de Pacheco

El Juicio Final de Pacheco

El Juicio Final de Pacheco. | Wikimedia

Maestro de Velázquez y nacido en Sanlúcar de Barrameda, Francisco Pacheco no cuenta con la fama de su discípulo pero sí dejó grandes obras. Una de ellas es El Juicio Final. Se expone en el Museo Goya de Castres, Francia. El cuadro más reputado de este pintor del Siglo de Oro formó parte del convento de Santa Isabel. El Museo del Prado, que guarda un dibujo preparatorio de la obra, sitúa en 1810 el año en que se sacó de España. Pasó de ser una pieza de referencia, harto conocida por su influencia en Velázquez, a no aparecer en el mapa. El misterio acabó en 1996, cuando reapareció. La más rápida en actuar fue la pinacoteca gala antes mencionadas. De esta forma, la cercanía espacial que supuso el robo durante la Guerra de la Independencia facilitó su inmediata compra.

Pórtico románico de San Vicente de Frías

Pórtico de San Vicente de Frías

Pórtico de San Vicente de Frías. | Met

El ábside de San Martín de Fuentidueña no está solo en The Cloyster. Le acompaña el extraordinario pórtico románico de San Vicente, en Frías. La entrada monumental conformaba junto a la torre de la iglesia un conjunto espectacular y detallado. Su ubicación es realmente llamativa, junto a un pequeño abismo, en consonancia con el resto de la ciudad. Sin embargo, las desgracias se sucedieron. En 1906 el estado deteriorado de la atalaya, de corte defensivo, hizo que se viniera abajo. Los desperfectos fueron tales que el coste de la reparación se anticipaba muy alto. Apareció entonces la figura de Hearst. A cambio de reparar el templo, se llevaría la entrada. Una actitud de rapiña lograda en base a factores ya mencionados antes, basados en el desconocimiento y la habilidad de sortear trabas legales. Una suerte de «Preferentes» en versión patrimonial que explotó como nadie.

Reja de la catedral de Valladolid

Reja de la catedral de Valladolid en el Met

Reja de la catedral de Valladolid en el Met. | Wikimedia

Rafael y Gaspar de Amezúa fue uno de los grandes herreros del siglo XVIII. De su taller salió la reja de la catedral de Valladolid, un notable conjunto que ha terminado en el Museo Metropolitano de Nueva York. Aunque fueron Byne y Hearst quienes se la agenciaron a finales de los años 30, en este caso hay que poner la lupa del expolio en otros. Concretamente en el cabildo de la sede episcopal. Ellos fueron quienes permitieron una venta en términos ridículos: en total fueron 500 pesetas. Ni en la época era una cuantía lógica a cambio del enrejado.

Estaban destinadas a su mansión de San Simeón, el epicentro de la egolatría de Hearst. Una oda al expolio en plena California demasiado digna para las rejas vallisoletanas. Al igual que el monasterio de Sacramenia, se quedaron esperando en un almacén por no agradar del todo al magnate. durante los 50 pasaron al Met. Por entonces pudieron entrar en el pacto de devolución de los frescos de San Baudelio. Sin embargo, Franco y su equipo también pasaron de esta pieza de fragua. Así, se instaló en el museo neoyorquino, donde permanece hasta la actualidad.

San Martín y el Mendigo de El Greco

San Martín y el Mendigo de El Greco

San Martín y el Mendigo de El Greco. | Wikimedia

El caos burocrático y nobiliario que marcó el inicio del siglo XX motivó que varias obras de El Greco se perdieran. El caso más sangrante se produjo en Toledo, con los cuadros de la capilla de San José de su catedral, hoy parte del National Gallery of Art de Washington DC. En una maniobra que pretendía ser oscurantista, un tratante francés se hizo con San Martín y el Mendigo así como con La Virgen con el Niño y las Santas Martina e Inés. Corría 1906. Pese a la discreción, labores de investigación periodística acabaron con el caso en el Congreso de los Diputados y el Senado.

Con el Greco muy de moda, dejar que se escaparan estos dos cuadros fue algo inconcebible para buena parte de la intelectualidad del momento. De esta forma, la maniobra se vio desde entonces como un auténtico expolio ejecutado de forma torticera por el conde y el arzobispado. Se reclamó a la alcaldía que actuara, se pidió al Gobierno que lo impidiera. Julián Besteiro, Manuel Bartolomé Cossío o Carmen de Burgos (Colombine) clamaron contra el asunto. Defendía la tesis de que «patrono» de una capilla no significaba «dueño». De nada sirvió, más que para espolear la necesidad de leyes que protegieran el patrimonio. Algo que, con todo, tardaría mucho en llegar.

Abraham e Isaac del Pórtico de la Gloria

Pazo de Raxoi

Pazo de Raxoi, donde estuvieron las esculturas. | Wikimedia

Expolio suele asociarse a figuras extranjeras. Sin embargo, está de sobra demostrado que no hace falta irse fuera para que esto ocurra. Las figuras de Abraham e Isaac del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela son la mejor prueba. Forman parte de las esculturas del Mestre Mateo desechadas tras las reformas que pusieron puertas a lo que hasta entonces era un espacio abierto y abalconado de la catedral. Rescatadas en los 40 por el consistorio compostelano, fueron adquiridas por los herederos del Conde de Ximonde. Las vendieron a cambio de que no salieran de la capital compostelana, sopena de un pago de 400.000 pesetas.

Años más tarde, en 1954, la visita del dictador y su esposa a Santiago durante un Xacobeo motivaron que los Franco pidieran su donación. Algo que ocurrió con las garantías que tiene un régimen dictatorial. Los problemas regresaron cuando Compostela reclamó que las estatuas volvieran de lo que consideraban un expolio franquista. Una ardua batalla judicial terminó fallando a favor de los herederos. Aduce que es suficiente la palabra de estos de que «se compraron a un anticuario» de cuyo nombre no se acuerdan, sin haber recibo. Las facturas del ayuntamiento no fueron prueba suficiente, ya que no había material gráfico que demostrara que este las expuso. Un espaldarazo al expolio en pleno 2019 que se vio atenuado más tarde con la obligación de mostrar ambas figuras cuatro días a la semana como mínimo.

El Aguador de Sevilla de Velázquez

El Aguador de Sevilla de Velázquez

El Aguador de Sevilla de Velázquez. | Wikimedia

El más absurdo de los casos de esta lista es el último. Obra de las fases tempranas de Velázquez, El Aguador de Sevilla deja notar el influjo se suegro y maestro Francisco Pacheco. Pasó por muchas manos en Madrid desde su creación a principios del XVII. Estuvo colgado en el palacio del Buen Retiro y en el Palacio Real. Fue uno de los cuadros que José Bonaparte se intentó llevar a Francia pero que resultaron interceptados por el Duque de Wellington en la batalla de Vitoria. La gran colección artística que transportaba el efímero monarca español navegó a Inglaterra.

Llegados a este punto, podría pensarse que fue el noble inglés el responsable de que todavía hoy El Aguador de Sevilla siga en Inglaterra, en el Apsley House. Sin embargo, no es así. El militar insistió tras la guerra en devolverlos. Sin embargo, haciendo alarde de las luces que caracterizaron toda su vida, Fernando VII se negó. De esta forma el monarca que tumbó años el liberalismo en España fue el responsable de que se perdieran decenas de destacadísimas obras. Un hecho que podría describirse como el más estúpido auto-expolio de la historia del país.


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