Jardines del Buen Retiro

Jardines del Buen Retiro (el Retiro, como lo llaman los madrileños), es el corazón verde de la capital, su gran salón al aire libre –ocupa 118 hectáreas–, donde se dan cita músicos, mimos, adivinos, caricaturistas, vendedores… Un lugar lúdico y popular, heterodoxo y abierto para todos.

Fue el rey ilustrado Carlos III quien abrió primero, en 1767, parte de los jardines del Buen Retiro al público, siempre que éste siguiera un cierto protocolo en la vestimenta:“No se dará entrada sino a cuerpo descubierto, de manera que los hombres han de presentarse peinados, sin gorro, red, ni montera, ni cosa que desdiga del traje decente que se usa; por consecuencia en casaca y chupa, sin chaquetilla, capa, ni gabán”, tal como informaba el «Aviso al público para el paseo a pie en los Jardines del Palacio Real». Aunque ya en el siglo XVII se había permitido el acceso al pueblo a los jardines reales en ocasiones para presenciar espectáculos, la apertura de forma regular durante el reinado de Carlos III fue sin duda un primer paso hacia la democratización de los jardines españoles. Ésta llegaría con la creación de los primeros jardines auténticamente públicos –creados específicamente como tales–, que surgieron en el siglo XIX como una necesidad provocada por la revolución industrial con la presión demográfica sobre las grandes ciudades y la necesidad de pulmones verdes.

Jardines del Buen Retiro

Pero volvamos a los orígenes regios del Buen Retiro, que debe su nombre al Cuarto Real, un anexo del monasterio de San Jerónimo donde los monarcas españoles se retiraban en ocasiones. Estas dependencias fueron el núcleo del conjunto del palacio de recreo del Buen Retiro, que se levantó durante el reinado de Felipe IV, entre 1630 y 1640, y que, situado en las afueras del Madrid de entonces, llegó a ocupar un área comparable a la mitad de la capital. De aspecto austero, construido en ladrillo, con molduras de granito y techos de pizarra, lo único que queda del colosal palacio del Rey Planeta hoy es el salón de los Reinos y el casón del Buen Retiro, ambos partes del Museo del Prado.

Como señala la historiadora Consuelo Durán, el mayor interés del Buen Retiro estaba en sus jardines, aunque estos presentaban la misma falta de planteamiento y unidad que el conglomerado arquitectónico. ¡Tantas veces encontramos en España esta carencia de estructura y simetría en la concepción del espacio! Se trataba entonces de un conjunto de diferentes zonas ajardinadas, que incluían partes más formales a base de setos geométricos, otras más boscosas, paseos cubiertos por celosías, huertas y una serie de ermitas, habitadas por ermitaños. El agua jugaba también un elemento importante, con estanques, canales y fuentes. El más importante era el estanque grande, que todavía perdura, que se usó para espectaculares batallas navales (naumaquias) y fiestas teatrales donde se representaban obras de Calderón de la Barca y Lope de Vega. Difícil imaginar mejor marco escénico que el jardín una noche de verano con su denso verdor, sus aromas, sus sonidos, su frescor… Como lugar de recreo cortesano, los Jardines del Buen Retiro fueron también lugar de torneos, corridas de toros, cacerías, banquetes…

Con la muerte de Felipe IV en 1665 terminó esta época de esplendor del Retiro, y el espacio que hoy conocemos tiene poco que ver con aquel; los únicos vestigios son el estanque grande y el estanque ochavado. Acontecimientos políticos y diferentes modas paisajísticas han ido transformando el conjunto a lo largo de más de tres siglos.

Jardines del Buen Retiro

La llegada de los Borbones al trono español a principios del siglo XVIII con Felipe V dejó también su impronta en en el Retiro. De este período es el Parterre, trazado por el gran arquitecto galo Robert de Cotte, que a pesar de posteriores modificaciones en el siglo XIX todavía mantiene el trazado original con su eje central y los parterres a ambos lados, fiel reflejo del jardín francés, con su predilección por los espacios abiertos y por la simetría. Originalmente formaba parte de un grandioso proyecto para convertir el sobrio palacio de los Austrias en un grandioso château barroco.

La guerra de Independencia (1808-1814) supuso una catástrofe para los Jardines del Buen Retiro, ya que durante cuatro años se convirtió en cuartel general del ejército invasor francés. Tanto los edificios como los jardines fueron arrasados, y miles de árboles, talados. Con la llegada al poder de Fernando VII los jardines se restauraron con una masiva repoblación de árboles y se abrieron al pueblo, excepto una zona llamada el Reservado, a la que sólo tenía acceso la familia real. En esta zona privada se creó un jardín de sabor romántico, con pequeñas construcciones pintorescas. De esta época son la Casita del Pescador y la Montaña Artificial. Siguiendo la tradición de exhibir animales exóticos en los jardines reales, el monarca hizo también construir la Casa de Fieras, que se convirtió más tarde en el zoológico de Madrid.

Jardines del Buen Retiro

En 1868 los jardines del Buen Retiro pasaron a ser propiedad municipal y se convirtieron en el primer parque público de Madrid. Fue en esta nueva etapa cuando se abrió el paseo de Carruajes, punto de encuentro para la alta sociedad madrileña de entonces, y se edificó el bellísimo Palacio de Cristal para albergar la vegetación exótica de la Exposición de las Islas Filipinas de 1887. Entre las múltiples transformaciones y añadidos que ha experimentado el parque desde entonces, hay que destacar el anacrónico monumento a Alfonso XII que domina el estanque grande, inaugurado en 1922, y los espacios creados por Cecilio Rodríguez: La Rosaleda, que se trazó en 1915, siguiendo el modelo del jardín de la Bagatelle en París y los jardines formales que llevan su nombre, de 1941.

El Retiro es hoy, sin duda, el más emblemático y palpitante parque de Madrid, que sigue en plena evolución, con la reciente creación del Bosque de los Ausentes, un monumento conmemorativo de las víctimas del atentado terrorista del 11 de marzo del 2004 en Madrid.

Para los madrileños, el Retiro es una bocanada de aire fresco y verde, un refugio del páramo castellano que se vislumbra en la lejanía.

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