El castillo de Vélez-Blanco, el palacio vestido de fortaleza cuyo patio acabó en Nueva York

En Almería pero muy cerca de Murcia aguarda uno de los casos más tristes del patrimonio renacentista español. Es un castillo, el de Vélez-Blanco. Por fuera aparenta ser una fortaleza defensiva portentosa, pero por dentro era un espléndido palacio. Una de las primeras muestras de un movimiento que proliferaba en Italia pero apenas había llegado a España. Todavía hoy su planta externa resulta espectacular, con sus líneas rectas y la altura de su torre del homenaje. Sin embargo, el saqueo al que fue sometido terminó con el conjunto desmembrado, con sus mejores valores en manos americanas y francesas. Una historia muy repetida en el sur de Europa.

Entrada y arcos de acceso entre zonas del castillo de Vélez-Blanco

Entrada y arcos de acceso entre zonas del castillo de Vélez-Blanco. | Shutterstock

Un alarde de Pedro Fajardo y Chacón

La creación y época dorada del castillo de Vélez-Blanco, en el siglo XVI, está atada a su primer propietario. Este fue Adelantado de Murcia, encargado de los asuntos reales en la región. Un alto cargo que heredó de su padre y pasaría a sus vástagos. Se trata de Pedro Fajardo y Chacón, cuyos apellidos reflejan las estirpes que se unieron a través de sus padres. Los tres fueron figuras destacadas durante parte del reinado de los Reyes Católicos y el nominal de Juana I. Su hijo se hizo con el marquesado de los Vélez, siendo el primero en portar el título.

Ambicioso y hábil, se vio inmerso en disputas que incluso conllevaron castigos reales. Sin embargo, siempre salió indemne de los mismos, más allá de multas y pagos a la iglesia. Especialmente recordado es su participación en el secuestro del obispo de Cartagena, en el contexto de su rivalidad con el de Orihuela. Su pelea con la iglesia siguió, enfrentándose con el prelado de Almería más adelante.

Acceso desde el área militar a la palaciega del castillo de Vélez-Blanco

Acceso desde el área militar a la palaciega. | Wikimedia

El mismo acto de edificar un castillo era un desafío a la legislación vigente allá por 1506/7. Por entonces estaba prohibido ejecutar nuevos de estos edificios, en un intento de la monarquía por asegurar su poder frente a los nobles. Sin embargo, sí se podían reformar. Con estas se excuso Pedro Fajardo y Chacón. Según el marqués, los restos de una alcazaba eran la base de su fortaleza, por lo que todo estaba dentro de lo normal. Asimismo, planteó la necesidad de reforzar su nuevo poder en la zona. Parece ser que las razones convencieron a quien hiciera falta, ya que el conjunto sigue en pie incluso hoy.



El Renacimiento del castillo de Vélez-Blanco

Aunque la descripción de Pedro Fajardo y Chacón lleve a imaginar un noble pendenciero y pícaro, esto no quiere decir que no fuera culto. Algo que el castillo de Vélez-Blanco se encarga de reafirmar, al igual que en el caso de otra dupla muy similar, la del castillo de La Calahorra y Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza. Erigido en torno al final de la primera década del siglo XVI, se puede decir que tenía personalidad doble. Por un lado estaba su faceta militar. Patio de armas y lienzos exteriores retrotraían a una época de conflicto que parecía olvidada en aquella Andalucía post-Nazarí. Sus torres cuadradas lucen todavía hoy un aspecto poderoso, especialmente la del homenaje con sus más de 30 metros de altura.

Panorámica del castillo de Vélez-Blanco

Panorámica del castillo de Vélez-Blanco. | Shutterstock

La entrada al castillo se hacía por el mencionado patio de armas, de formas simples y adaptadas a las rocas que lo sostienen. Dos arcos conectaban con el otro ala, la principal, de la fortaleza. Un puente levadizo era necesario para cruzar, por lo que la toma era muy complicada. Esta zona era el palacio. Los pasos de guardia y demás necesidades defensivas se realizaban por lugares conveniente aislados de las salas nobles, donde la discreción era una necesaria prioridad.

El entorno palaciego parece que basó su planta en la alcazaba que le precedió. Un hexágono poco regular compone sus líneas desde arriba. En sillería, su aspecto compacto sigue resultando imponente. Sin embargo, por dentro el asunto cambiaba radicalmente. Toda la disposición se encaraba a generar un palacio. Diferentes salones y estancias estaban destinadas a la residencia y la temática cortesana. Un reflejo de la mentalidad italiana que acabó imperando en la construcción, tras un inicio gótico. No en vano, entre sus posibles arquitectos se encuentra Francisco Florentino, nativo de Italia.

Muros de la zona palaciega del castillo de Vélez-Blanco

Muros de la zona palaciega. | Wikimedia

En el centro de la construcción quedaba el Patio de Honor. Se trata de una soberbia muestra renacentista ejecutada en el níveo mármol andaluz de Macael. Con dos alturas, la galería baja solo abarcaba el segmento sur. La alta, por su parte, tomaba este lado y el este. Precisamente esta vertiente oriental permitía servía también como mirador a los alrededores del castillo de Vélez-Blanco. Mientras tanto, en la pared oeste había seis ventanas, en dos grupos de tres. El costado norte era parte de la torre del homenaje, eminentemente defensiva, y en él destacaba un escudo de armas. Todos los elementos mostraban un corte clásico, con rica decoración escultórica.

Galería superior del castillo de Vélez-Blanco

Lo que queda de la galería superior del castillo de Vélez-Blanco. | Shutterstock

Desde las galerías se podía pasar a distintos salones. En los de la Mitología y el Triunfo los protagonistas absolutos fueron una serie de bajorrelieves en madera. Estos suponen una nueva muestra del Renacimiento que la nobleza española comenzaba a abrazar para diferenciarse de las instancias religiosas y monárquicas. Algo que demostraba tanto estilo como temática. En ellos se mostraban, entre otras, escenas mitológicas y de la conquista de la Galia por César.

La rapiña del Castillo de Vélez-Blanco

Los siglos llevaron a que el palacio-fortaleza acabara en manos de los duques de Medina Sidonia. El decimonoveno que ostentó este cargo, Joaquín Alvárez de Toledo y Caro, fue el máximo responsable del desastre patrimonial que le esperaba al castillo de Vélez-Blanco. Durante su ducado, haciendo gala de una actitud predominante en la época y que llevó a un monumental expolio en toda España, se deshizo del patio y los frisos. También de casi cualquier otro objeto de la construcción que pudiera tener valor. La falta de miras y miramientos del noble fueron denunciadas a nivel local, pero no surgieron efecto.

Galerias del Patio de Honor de Vélez-Blanco en Nueva York

Galerias del Patio de Honor de Vélez-Blanco en Nueva York. | Museo Metroplitano de Nueva York

De los anticuarios franceses, unos de los protagonistas de este expolio en que se aliaron nobleza española, nuevos ricos extranjeros y amantes del arte foráneos, pasaron a distintas manos. El Patio de Honor fue adquirido por el banquero germano-estadounidense George Blumenthal para uso personal . Tras ello, sería donado al Museo Metropolitano de Nueva York, un lugar que acumula una gran cantidad de patrimonio parecido al del castillo de Vélez-Blanco. Por tanto, galerías y ventanas sirven hoy como un espacio para mostrarse a sí mismas y a otras obras de arte.

Galerias del Patio de Honor de Vélez-Blanco en Nueva York

Galerias del Patio de Honor de Vélez-Blanco en Nueva York. | Museo Metroplitano de Nueva York

Otra de las víctimas de la avaricia del XIX duque de Medina Sidonia fueron los bajorrelieves. Estos se quedaron en Francia, yendo de manos privadas al Louvre. En sus sótanos permanecieron tirados y sin cuidado durante décadas. Su redescubrimiento en los 90, mientras se cambiaban unos radiadores, permitió que salieran de la oscuridad. No se expusieron en el mencionado museo, lo que habría supuesto que acabaran junto a las obras robadas durante la Guerra de la Independencia que posee la institución. En cambio, se fueron al Museo de Artes Decorativas de París.

Friso del castillo de Vélez-Blanco

Friso del castillo de Vélez-Blanco. | Wikimedia

Gracias a todo lo anterior, el castillo de Vélez-Blanco es una sombra de lo que fue durante la época de los Fajardo. Pese a ello, puede visitarse, lo que permite intuir su diezmada grandeza. Un proyecto de la junta intentará recrear el patio mediante el uso de escáner para dar más lustre a dicho espacio. Una misión complicada por su coste y los impedimentos de las leyes de Patrimonio al respecto. En todo caso, las salas se han habilitado para mostrar la historia del lugar. Al tiempo, existen varios miradores de gran interés desde los que observar varias vistas de la población aledaña y sus alrededores. Una actividad muy recomendable que puede complementarse yendo a Lorca o al Parque Natural Sierra María, por su cercanía.