El río Gállego en su parte más alta da pie a uno de los entornos más llamativos del Pirineo aragonés. Se trata del valle de Tena, un territorio bien marcado y que ha funcionado como unidad desde la Edad Media. Sus pueblos se distribuyen entre altas montañas y zonas bajas en las que distintos embalses, como el de Lanuza, protagonizan el paisaje. Un rincón de Huesca modelado por la acción tectónica, glacial y humana que permite disfrutar de senderismo, cultura e incluso esquí.

Sallent de Gállego y el embalse de Lanuza

Lanuza y el embalse homónimo. | Shutterstock

Los tres quiñones históricos del valle de Tena

Aunque hoy usen el sistema municipal presente en la mayoría de España, en la antigüedad el valle de Tena se rigió por unidades territoriales distintas. La despoblación fue una problemática desde siempre. Por ejemplo, los romanos no llegaron a colonizar del todo este alejado entorno, aunque lo usaron como zona de paso. Sin embargo, si apreciaban las aguas termales montañosas que poseía. El paso a la Edad Media llevó a un mayor uso de la zona, especialmente a raíz de la invasión musulmana.

Lo recóndito del valle de Tena facilitó que se convirtiera en una especie de marca libre, un paso pirenaico frecuentado por quienes querían pasar inadvertidos. Con todo, las aldeas comenzaban a prosperar. Se conocían «vicos» por aquel entonces. Estas pequeñas poblaciones derivaron en barrios que todavía hoy conservan cierto carácter propio. Fueron puestas bajo control nobiliario por el rey de PamplonaNájera Sancho el Mayor a mediados del siglo XI. Se trata de una época convulsa, ya que a la muerte del monarca navarro se constituyó el reino de Aragón. Este ente sería al que acabarían adscritos los poblados tensinos.

Antiguo puente de Sallent de Gállego

Antiguo puente de Sallent de Gállego | Shutterstock

Representantes de los distintos vicos mantuvieron estrechas relaciones, vitales en un territorio agrario y dependiente del pasto. De esta forma entidades como la «Hermandad del Tena» o la «Junta General de la Val de Tena» gestionaron el lugar. Finalmente acabaron conformándose tres quiñones, unidades administrativas que sobrevivieron hasta que se instauró la municipalidad. Los nombres de estas divisiones fueron los de Sallent, Panticosa y la Partacua, esta última en la sierra que le da nombre. Son habituales las iglesias románicas y abundan los puentes de origen romano.

Los representantes de cada quiñón se reunían en la Junta General del Valle cuando había algo que debatir. La economía local se sustentaba además gracias a privilegios reales, que compensaban lo aislado del valle de Tena con, entre otras, ventajas fiscales. En vigor hasta 1836, se guardaban como un tesoro el el Arca de los Privilegios del Valle de Tena. Este arcón se conserva en Panticosa y tiene tres candados. Cada llave quedaba en poder de uno de los quiñones, con lo que se aseguraba el equilibrio de poder y la hermandad entre tensinos.

Panticosa, parte del valle de Tena

Panticosa, parte del valle de Tena | Shutterstock

La foz de Santa Elena, ancestral entrada al valle

Un estrecho separa el valle de Tena del resto del mundo por el sur. El nombre se lo da la patrona tensina, Santa Elena. La devoción por la madre del emperador que liberalizó de forma definitiva el cristianismo en Roma, Constantino I, viene de largo. De hecho, la tradición folclórica narra que la santa se vio allí perseguida por infieles. Esta presencia legendaria supuso la aparición de la fuente de Santa Elena, de irregular caudal y que cae en forma de cascada. Según los lugareños, que vaya más o menos cargada se enlaza a sucesos desastrosos. También se narra que la santa se escondió en una cueva donde una araña tejió una telaraña protectora. Las oquedades milagrosas son abundantes en España, del barranco de La Hoz en Guadalajara al Sacromonte de Granada.

Ermita de Santa Elena en Biescas, en la ruta por los pueblos más bonitos del Pirineo aragonés

Ermita de Santa Elena. | Shutterstock

Pasando al plano histórico, el santuario ha sido muy disputado entre Biescas y el propio valle de Tena. Ubicada al sur, la población biesquense es un cruce de caminos previo a la entrada al territorio tensino. Por ello, aunque no forme parte del mismo, está muy asociado a él. Por ello suele incluirse en las rutas por las tierras tensinas. De origen mozárabe, atrajo la atención de reyes aragoneses primero y españoles después. Diversas reformas modificaron mucho el exterior de la ermita hasta lograr acabado níveo que luce hoy día. La figura de la santa, del XVII, o la entrada a la cueva legendaria son hitos notables.

Cascada de Santa Elena en Tena/Biescas

Cascada de Santa Elena | Shutterstock

Cerca de la hoz, una de las más notables de Huesca junto al Congost de Mont-Rebei, hay otro lugar con tintes sagrados. Se trata del dolmen de Santa Elena. Junto a otro cercano, apenas a 50 metros, compone una de las estampas más típicas de la zona. Ambos sufrieron graves daños en la Guerra Civil, por tanto peor conservados que formaciones megalíticas similares como Lácara o Guadalperal. De unos 5.000 años, el de Santa Elena fue reconstruido hace décadas, mientras que el segundo se redescubrió en 2018. En Tramacastilla de Tena, Piedrafita o Panticosa es posible hallar más túmulos, cromlech y dólmenes. Todos ellos convierten al Alto Gállego en un centro de referencia megalítico.

Dolmen de Santa Elena en Biescas/Tena

Dolmen de Santa Elena | Shutterstock

Finalmente queda otro elemento que ver en el desfiladero. Se trata del fuerte encargado de defenderlo en la era moderna. Data de tiempos de Felipe II, que quería proteger el paso del Portalet hacia Francia. Expandido durante la Ilustración, era un baluarte de un valor estratégico incalculable. Por ello llamó la atención de los galos durante la invasión napoleónica. Los combate afectaron severamente a la estructura, que tuvo que reconstruirse a mediados del XIX. Durante la Guerra Civil, fue el centro de una famosa acción militar: la Bolsa del Valle de Tena. Atrapados tras una ofensiva republicana a finales de 1937, tropas fascistas lograron resistir hasta la llegada de refuerzos. Finalmente los primeros se quedaron Biescas y los segundos la cercana Sabiñanigo.

Embalses tensinos que recorrer

El siglo XX fue una época de cambios en el Valle de Tena. Su faceta turística es muy reciente y solo llegó a ellas tras una prolongada evolución. En un principio prevaleció el carácter rural y agrario tradicional. Sin embargo, la Guerra Civil supuso que la región quedara bastante afectada. Tras ello, reconstrucciones y finalmente la irrupción hidroeléctrica. La década de los 70 vio como se inundaba el curso del Gállego, como pasara en lugares tan distantes como Gorg Blau en Mallorca o Peñarrubia en Málaga. Los embalses de Lanuza y Bubal son el resultado más notable de esta injerencia ingenieril. Cabe mencionar aparte los de Escarra y Tramacastilla.

Embalse de Lanuza

Embalse de Lanuza. | Shutterstock

Algunas poblaciones casi son llevadas por delante por el agua. La que da nombre el primer pantano fue una de ellas. Algunos edificios quedaron sumergidos. Casi despoblada, los vecinos lograron finalmente reconquistar muchas de las propiedades supervivientes. Hoy es un espacio atrapado entre el monte y el embalse, de una peculiar estética montañosa. En la cabecera norte queda otro pueblo notable, Sallent de Gállego. Cabeza de Quiñón, desde él quedan algunas de las mejores vistas del valle y la masa de agua artificial.

Embalse de Bubal en el valle de Tena

Embalse de Bubal | Shutterstock

Camino del embalse de Bubal de hallan coquetas poblaciones como Escarilla, Sandinés y Tramacastilla en la margen occidental del río, o el Pueyo de Jaca y Panticosa en la oriental. Desde ambos lados dominan el pantano Piedrafita y Hoz de Jaca. El nombre del falso lago proviene de una población hoy abandonada. La toponimia deja clara además la influencia de la cercana Jaca. El curso sigue hasta pasar por la mencionada Foz de Santa Elena. Por toda la zona abundan distintas rutas senderistas que en las partes bajas, antes pastos, son tan bonitas como fáciles de realizar. Las del siguiente apartado, centradas en las montañas, son más duras.

Camino del ibón de Panticosa

Camino del ibón de Panticosa | Shutterstock

Las alturas del valle de Tena: ibones y esquí

Que el valle de Tena esté entre macizos de los Pirineos supone que la montaña sea un elemento a tener en cuenta de forma obligatoria durante cualquier visita. La conexión con Francia se realizaba a través del Portalet d’Aneu. No alcanza los 1.800 metros, a diferencia de otros picos locales. El Balaitus o los Picos del Infierno son ejemplos de cotas superiores a los 3.000 metros del entorno tensino. Por ello, la escalada es una actividad turística muy común en la zona. El senderismo de altura es también habitual en altitudes más bajas.

Ibón de Piedrafita

Ibón de Piedrafita | Shutterstock

Los ibones son lagos glaciares que salpican todo el Pirineo aragonés. El valle del Tena posee algunos de los más famosos de la cordillera. Por ejemplo, el de Piedrafita de Jaca. Bajo la mirada de Peña Telera, se puede llegar a él a través de un sencillo paseo desde el pueblo que le da nombre. De agua clara y fría, era parte de La Partacua. Lo mismo ocurre con el ibón de Tramacastilla. En el lado opuesto del Gállego, desde Hoz de Jaca, es posible llegar a una dupla espectacular: los ibones de Asnos y Sabocos. Destaca el paisaje limpio y abierto en que se encuentran.

Baños de Panticosa en invierno

Baños de Panticosa en invierno | Shutterstock

Hay más ibones notables en la parte norte del valle de Tena. El de Baños de Panticosa es una gran atracción de esta localidad-balneario. A los pies de los Picos de los Infiernos, se integra en la misma aldea, conectada a su vez con Panticosa a través del curso del Caldarés. No lejos queda el de Ordicuso o Ardales, accesibles mediante sendero. Mientras tanto, desde el Portalet es relativamente fácil llegar el cristalino ibón de Espelunciecha. Se ubica al oeste del paso fronterizo, al igual que el de Anayet.

Anayet en el valle de Tena

Anayet en el valle de Tena. | Shutterstock

Mientras tanto, Formigal es el nombre más famoso de esta pequeña región de Huesca. No en vano, sus pistas de esquí son clásicos del deporte alpino. Pioneras en España, guardan algunas de los tramos más complicados del país. El entramado de trayectos también incluye alternativas de fondo. Fuera de temporada algunas sendas de este tipo se transforman en lugares perfectos para el turismo activo. En todo caso, las rutas para andar o pedalear son inabarcables y discurren por un entorno natural que impresiona.