La mortífera epidemia que hizo que Sevilla dejara de ser el centro del mundo

Las epidemias no fueron algo extraño en la España medieval y moderna. Especialmente desde la aparición en el siglo XIV de la peste negra, no faltaron brotes que arrasaran ciudades. El hecho de que se tomaran como castigos divinos no ayudada a evitarlos. Ni siquiera avanzado el siglo XVII el mundo era capaz de pararlas. Especialmente atroz fue la llamada Gran Peste de Sevilla, en 1649. Un hecho que combinó el desconocimiento, la deficiencia de las autoridades y la mala suerte para hacer que una capital comercial imperial quedara reducida a la ruina.

Un desastre ante el que Sevilla no se preparó

Los episodios de enfermedad masivos no eran algo extraño en Sevilla. Antes de la Gran Peste de 1649, en el propio siglo XVII, la urbe del Guadalquivir ya había vivido ocasiones de muerte extrema por agentes infecciosos. Su condición de sede principal del monopolio comercial del imperio español la hacía propicia a ello. Pese a ello, no destacó  especialmente como puerta de entrada de microbios dañinos. Por ejemplo, entre 1596 y 1602 todo el país sufrió la aterradora Peste Atlántica. Vino de Flandes, tomó tierra en Santander y destrozó la península de Madrid a Andalucía.

Sevilla en el siglo XVII

Sevilla en el siglo XVII, por Rombout van den Hoeyen. | Museo Bellas Artes Andalucía

Con estos precedentes, podría suponerse que la ciudad más importante del estado tomaría medidas para evitar nuevos males similares. No fue así. La Gran Peste de 1649 arrancó en torno a tres años antes en puertos andaluces. Una visitante africana que se extendió al centro, dejando muy tocada a Alcalá de Henares. No se libró de este resurgimiento de peste negra el levante. Las crónicas cifran en 30.000 víctimas el bagaje en Valencia capital.

Uno de los textos fundamentales sobre el acontecimiento sevillano aporta otro factor clave en el azote. Copiosa Relación de lo Sucedido en el Tiempo que Duró la Epidemia en la Grande y Augustísima Ciudad de Sevilla es el nada rebuscado nombre de la crónica. En ella un «devoto religioso» explica que «los Abriles y Mayos de este país […] se vieron convertidos en Diciembres». Es decir, que en vez de ser calurosos fueron abundantes en lluvias. Esto llevó a que el Guadalquivir mostrara su cara menos amable, con inundaciones especialmente graves en la Alameda.



Mientras la peste negra llegaba en aquel abril, los campos aparecían anegados y repletos de cadáveres animales o humanos. Un entorno perfecto para el desastre en el que parece ser que se entremezclaron distintos males. En sus Anales de Sevilla, Diego Ortíz de Zúñiga señala que Triana y los arrabales fueron los primeros lugares donde los muertos se empezaron a acumular. El río no protegería al actual casco antiguo.

Terror en los hospitales de Triana y la Sangre

La Copiosa Relación asoció a unas personas de etnia gitana la importación de la peste negra. Un tiempo tras llegar a Triana, afirma que se les encontró muertos y con «bubones y carbunclos», signos bubónicos. Sea como fuere, los muertos se acumularon por centenares rápidamente. Fueron espacios pobres, en un ambiente húmedo e infecto, los que cimentaron la Gran Peste de Sevilla. El Cabildo no estuvo a la altura y no hizo caso a los primeros signos. Para cuando quisieron reaccionar, la «maldición divina» ya era incontrolable.

Barrio de Triana, donde se cree que se inició la Gran Peste de 1649

Barrio de Triana, donde se cree que se inició la Gran Peste de 1649. | Shutterstock

Las principales acciones, similares a las que se tomaron en otros brotes bubónicos parecidos como el de San Cristóbal de la Laguna en Tenerife, fue habilitar hospitales. El más grande era el de la Sangre, hoy de las Cinco Llagas y sede del parlamento andaluz. Recibió una fuerte inversión que fue ineficaz, ya que se saturaron casi inmediatamente. En sus alrededores se crearon auténticos campamentos con la gente que no podía entrar. Más bien, con los que lograban llegar allí sin morirse de camino, casuística descrita por Zúñiga.

Mientras tanto, el de Triana, cerca de la Cartuja, jugó también un papel mayúsculo. Diversos templos acogieron otros espacios sanitarios. Asimismo, se llevaron a cabo lazaretos, zonas de aislamiento asociadas a puertos. La vorágine de muerte bacteriana de la Y. Pestis supuso que la ciudad se cerrara, por ejemplo cortando el tráfico con Madrid.

En la época las enfermedades de este tipo se asociaban a la mala regulación de los humores en las personas, pero se intuía que los «vapores» derivados de los muertos tenían algo que ver en todo el asunto. Pero no cayeron en que las pulgas eran las transmisoras de la peste negra. Ya era verano y el calor hizo que todo fuera a peor. Pese al encomiable esfuerzo de los hospitales de Triana y la Sangre, no pudieron hacer casi nada. Miles de personas se acumularon en ellos y finalmente se optó por cerrarlos con los enfermos dentro. Un trance dantesco en el que las víctimas en ambos espacios se contaron por decenas de miles. Zúñiga, por ejemplo, numera en 22.000 los caídos en Las Cinco Llagas.

Cerca de la Cartuja de Sevilla estuvo uno de los hospitales en la Gran Peste

Cerca de la Cartuja estuvo uno de los hospitales en la Gran Peste. | Shutterstock

Las descripciones de las dos crónicas referidas describen carros de muertos en funcionamiento constante. Se abrieron cementerios para enterrar cadáveres. El fuego fue otra alternativa, sobre todo para los ropajes de los fallecidos. Era una tentación robarlos, especialmente si eran de gente acaudalada. Por su parte, los religiosos no paraban de rezar, que en la época se creía algo efectivo. En una secuencia tenebrosa, se comenzaron a realizar procesiones en la ciudad consumida ya por la putrefacción y el hambre. Las inundaciones y la epidemia combinadas supusieron una inflación descontrolada que supuso que un huevo fuera un producto de lujo.

El fin de la Sevilla del monopolio

Ambas crónicas, la de Zúñiga y la Copiosa Relación, sitúan a finales de julio el fin del brote de peste negra. Según cálculos actuales, en torno a la mitad de Sevilla había muerto, unas 60.000 personas. Una cifra que aumenta al tener en cuenta los terrenos adyacentes hasta unas 150.000. En total, lo que hoy sería llamaría el área metropolitana de la capital andaluza se quedó sin un cuarto de sus almas.

El Hospital de las Cinco Llagas, entonces de la sangre, vio morir a miles de personas en Sevilla

El Hospital de las Cinco Llagas, entonces de la sangre, vio morir a miles de personas. | Shutterstock

El puerto del Guadalquivir acumulaba por entonces unos dos tercios del comercio con América. Cádiz era el segundo lugar más destacado al respecto y aprovecharía las circunstancias para pasar a ser el primero. Lo comenzaría a lograr en 1680, con la capacidad de desembarcar mercancías indistintamente en ambas urbes. A principios del XVIII conseguiría que se trasladara allí la Casa de Contratación. Oficialmente, el monopolio sevillano concluyó por decreto en 1765.

Apenas nada quedó del esplendor metropolitano hispalense. La catedral con la Giralda o la Torre del Oro seguían allí, pero su población no. Zúñiga habla de ruina de incontables casas y negocios, con sus dueños muertos. El paulatino traslado comercial a Cádiz, en marcha ya tras la epidemia, también restó capital para levantar de nuevo la urbe. De esta forma, el aura mercantil se sustituyó por la religiosa y Sevilla entró en su fase más conventual.

Cádiz con su catedral

Cádiz fue una de las grandes beneficiadas de la caída de Sevilla. | Shutterstock

Proliferaron templos y monasterios como nunca antes, pero la depresión sevillana no se diluyó. Más epidemias volverían a finales del XVII, afectando a toda España incluida Sevilla. La herencia de la Gran Peste de 1649 y la corrupción interna acumulada durante décadas hicieron que el final de la Edad Moderna fuera muy complicado para la otrora Hispalis. Habría que esperar a que pasaran el XVII y XVIII para que remontara el vuelo. Lo de ser el centro del mundo, no quedó ya en otro sitio que los escritos.