Las enfermedades han sido un continuo a lo largo de la historia de la Humanidad. Ya sean causadas por bacterias o virus, han devastado imperios y hecho tambalearse civilizaciones. Por suerte y aunque actualmente sigan pudiendo causar el caos, los avances sociales y médicos hacen que peguen menos fuerte. Un método muy controvertido para enfrentarse a epidemias fue, y sigue siendo, aislar a los enfermos para evitar contagios. A lo largo de los siglos el territorio español ha visto varias cuarentenas. Repasamos estos momentos tan críticos como mortales, que afectaron a España de Sevilla a Galicia.

Hacia la cuarentenas medieval

El propio Antiguo Testamento recomienda aislar a los enfermos. Un ejemplo de que la idea de separar a los sanos de los infectados viene de lejos. Dolencias como la lepra suponen ejemplos paradigmáticos de estas prácticas. La falta de conocimiento médico hizo que se uniera la afección a lo preternatural. Esto significaba que se asociaba a cuestiones como castigos divinos. Así, a los problemas físicos se sumaba el ostracismo.

Hispania no fue ajena a las grandes pandemias de Roma. Durante el siglo II el brote vírico conocido como peste antonina llevó a aislar ciertos puertos. Lo mismo ocurrió con la peste cipriana en el siguiente siglo. Sin embargo la más famosa acaeció tras caer el Imperio Romano de Occidente. Desde Bizancio la peste de Justiniano puso en jaque al Mediterráneo durante 200 años. De nuevo quedan testimonios del aislamiento de amplios sectores de la población ante la que fue primera gran explosión de la peste bubónica. Aquí afectó a lugares asociados el Imperio Romano de Oriente como Cartagena.

San Antón cerca de Castrojeriz

San Antón cerca de Castrojeriz.

Hasta la segunda crisis bubónica no se dieron cuarentenas modernas. Sin embargo, especialmente a raíz de las cruzadas, surgieron órdenes que se preocuparon por cuidar de los enfermos. La orden de San Lázaro se encargó de aliviar a los leprosos, además de combatir contra los musulmanes en Tierra Santa. Como se extendieron por toda Europa, también llegaron a España. Normalmente dirigían cenobios que funcionaban como hospitales de confinamiento. Los caballeros de San Antonio por su parte se especializaron desde el siglo XI en el ergotismo. Esta enfermedad se debía a una infección por la ingesta del hongo cornezuelo. Los resultados eran lisérgicos, pero también llevaban a la gangrena y las amputaciones. Una gran muestra de su paso por el país es el monasterio de San Antón en Castrojeriz, parte del Camino de Santiago Francés.

Las cuarentenas bubónicas

A mediados del siglo XIV el terror colapsó Europa. La Yersinia pestis, una simple bacteria, mató a un tercio de la población del continente. En diversos puertos mediterráneos se estableció la necesidad de que quien llegara pasara varios días en un entorno aislado, hasta demostrar no tener sintomas de la muerte negra. Había nacido el concepto actual de cuarentena. Sin embargo, no fue hasta mitad del XV cuando venecia decretó que el periodo tenía que ser 40 jornadas. Desde entonces se conoce por ese nombre a esta práctica.

Lazareto de Mahón

Lazareto de Mahón. | Shutterstock

Derivado de ello se generaron los lazaretos. Hay buenos ejemplos de ellos en Mahón (Menorca) y Vigo. Eran edificios especialmente dedicados a contener personas con infecciones. Daba igual que fuera la peste negra, lepra o tuberculosis, durante cientos de años fueron parte vital de las villas marineras. Su nombre deriva, de nuevo, de San Lázaro. También se prepararon salas llamadas lazarettes en los propios barcos, de uso similar.

En España las dos mayores crisis bubónicas ocurrieron más tarde. Corría la primavera de 1582 cuando San Cristobal de la Laguna, por entonces capital de Tenerife, sufrió la peste de Landres. Hasta finales del verano de 1583 arrancó entre un 30 y 45 por ciento de las vidas de la ínsula. Las cuarentenas se sucedieron pero cada vez que remitía el número de fallecidos se aligeraban. Debido a ello la situación se estiró por 15 meses. El aislamiento en los tres hospitales de la ciudad fue terrible y la cifra de muertos se elevó a una horquilla de entre 5.000 y 9.000 personas.

Hospital de las cinco llagas

Hospital de las Cinco Llagas. | Shutterstock

Con todo, la peste más famosa de España fue la de Sevilla. Entre abril y julio se perdieron más de 60.000 almas, la mitad de una ciudad que era la principal cabeza del imperio español. El barrio de Triana fue el primero en sufrir el golpe. El ambiente húmedo facilitó el contagio que pasó a la otra orilla del Guadiana con rapidez. Tanto el hospital de Triana como el de las Cinco Llagas, en La Macarena, se vieron saturados. Se establecieron cordones sanitarios por toda la ciudad, modalidad de cuarentena asociada a un espacio concreto. Cerrados los hospitales, decenas de miles de personas murieron en el interior. Fuera se prohibió el tráfico comercial proveniente de Sevilla en ciudades como Madrid. Los muertos se enterraban en camposantos improvisados, en fosas comunes. Finalmente, a pesar del daño recibido por la urbe hispalense, la peste se contuvo allí.

El XIX, siglo de las grandes cuarentenas en España

Aunque parezca increíble, el contagio no era una idea asentada ni en el siglo XIX. El racionalismo llevó a que se viera en los miasmas, efluvios del enfermo, un medio por el que la enfermedad pasaba de un ser humano a otro. Hasta entonces se creía que eran cuestiones meteorológicas las que causaban las dolencias. Por ello no se entendían epidemias como la que provocó la fiebre amarilla. De simios el virus pasaba a mosquitos, que a su vez la hacían llegar a los seres humanos. Los infectados que viajaron de América a la península, especialmente desde Cuba, hicieron surgir fuertes brotes. Especialmente recordados son los que sucedieron en Barcelona. En estos casos se practicaban cuarentenas en cuanto se localizaba el foco. Después se fumigaban las zonas con productos químicos.

Ilustración de las fumigaciones por la fiebre amarilla en Leganés

Ilustración de las fumigaciones por la fiebre amarilla en Leganés. | Wikimedia

No obstante, la peste que marcó el XIX fue el cólera. Esta violenta enfermedad que vino del este, debido al colonialismo, provocó enormes cuarentenas. De Pontevedra a Jaén, pasando por Toledo o Guadalajara, durante todo el siglo se sucedieron brotes tratados de igual manera. Se creaban cordones sanitarios y se llevaba a cualquiera con muestras de la patología a los lazaretos. La especial afección a gentes pobres y sin hogar hizo que se generaran fuertes tensiones sociales.

Gripe española, la última gran plaga

Como es conocido, este brote de gripe se llama así debido a que en España no se censuró la información sobre la enfermedad. En cambio, en el resto de Europa la Primera Guerra Mundial hizo que se silenciara la cuestión. Durante dos años, desde el principio de 1918, el virus se convirtió en uno de los más mortales de la historia. Se calcula que en todo el mundo la padecieron 500 millones de personas y murieron entre 20 y 100 millones. Ni Alfonso XIII se libró de contraerla. Las cuarentenas inversas cobraron una gran importancia. Consistían en aislar a los grupos sanos o personas importantes para que no enfermaran. Junto a las cuarentenas tradicionales, se intentó aislar el país, pero fue imposible. El modelo clásico quedó obsoleto.

Viñeta sobre la gripe española

Viñeta sobre la gripe española. | Wikimedia

Ninguna otra pandemia ha llegado desde entonces a afectar occidente de tal forma. Con el tiempo los sanatorios para tuberculosos, como los que proliferaran en Guadarrama, dolencia que incluso estuvo de moda en el XIX, desaparecieron. La investigación sobre patógenos, la prevención, la higiene o el aumento del nivel de vida medio tras las grandes guerras llevaron a suprimir enfermedades históricas. Con todo, en situaciones excepcionales, como las protagonizadas por el ébola o el COVID-19, las cuarentenas volvieron a aparecer. En el primero se centraron en casos muy concretos mientras que en el segundo afectaron a multitud de personas, usando tanto el secuestro sanitario de los sanos como el aislamiento de los enfermos.