Entre Biescas y Sabiñánigo, así como alrededor de ambas poblaciones oscenses, se despliega un conjunto de templos que puede ser calificado como una rareza. Se trata de las iglesias de Serrablo, un grupo de edificios de los siglo X y XI que se elevan en el entorno del Alto Gállego. Junto a los Pirineos y el Valle de Tena, muestras características que todavía generan debate. Hay teorías que las definen como mozárabes, otras como románico y quedan las que abogan porque se trata de un prerrománico de transición muy localizado. Sea como fuere, la ruta que conforman es una de las mejores alternativas para conocer la comarca en donde se asientan.

San Pedro de Lárrede Iglesias Serrablo

San Pedro de Lárrede. | Shutterstock

Entre el románico y el mozárabe

Aunque hoy hayan visto reconocida su importancia, las iglesias de Serrablo pasaron desapercibidas durante mucho tiempo. La despoblación que afectó a la comarca histórica serrablesa, cuyo territorio era bastante similar a la actual del Alto Gállego, también se cobró su parte en los templos. El abandono proliferó, pero a principios de los setenta se crearía una entidad que salvaría el conjunto y lo pondría en el mapa. La asociación Amigos de Serrablo restauró las construcciones, gracias a lo cual se declararon Monumentos Histórico-Artísticos en 1982.

Ventana bífora de Santa Eulalia de Susín Iglesias Serrablo

Ventana bífora de Santa Eulalia de Susín. | Shutterstock

Desde antes, a raíz de las investigaciones que realizó en los años veinte Rafael Sánchez Ventura, estos lugares de culto habían generado una notable discusión académica. Como se ha dicho, este versa sobre si son protorrománicas o mozárabes. En todo caso, sí son homogéneas y presentan elementos que permiten observarlas como un todo. El elemento que mejor define a las iglesias de Serrablo es su ábside, combinación de influencias carolingias y árabes. Excepto en las más primitivas, todavía con reminiscencias visigóticas claras, es semicircular y presenta una decoración uniforme. Asimismo, siempre mira al este.

Detalle del ábside de San Andrés de Satué Iglesias Serrablo

Detalle del ábside de San Andrés de Satué. | Shutterstock

Por el interior estas cabeceras optan por un acceso al mismo en forma de arco triunfal, usualmente de ligera herradura. Mientras tanto, cubre el espacio una bóveda de horno, de un cuarto de esfera. Mientras tanto, el exterior es más llamativo. En lo alto se luce un friso con baquetones, una moldura en forma de columnillas. Sobre ellas quedaba una cornisa. Mientras tanto, por debajo hay entre cinco y nueve, la mayoría de las veces siete, arcos ciegos. Se apoyan en lesenas, unas molduras que parecen ser contrafuertes pero que solo cumplen una función decorativa. Un vano de medio punto en el arco central, abocinado hacia dentro, permite que entre luz.



Otro elemento muy reconocible de las iglesias de Serrablo son sus torres. Pese a que se han visto en su mayoría muy modificadas, suponen una de sus grandes influencias árabes. Sin ser tan esbeltas como las del Valle de Bohí, sí que destaca su estilizada silueta. Altas y desgarbadas en comparación con el templo, su forma prismática se complementaba con ventanas en su último cuerpo. Estas solían ser grupos de dos o tres vanos con arcos de herradura, hundidas en el muro y encuadradas en un alfiz, moldura rectangular que los rodea muy habitual en la arquitectura musulmana.

Detalle de la torre de San Bartolomé de Gavín

Detalle de la torre de San Bartolomé de Gavín. | Shutterstock

Este tipo de ventana se repita en los muros laterales, siendo los arcos de herradura y el alfiz otra combinación habitual en las iglesias de Serrablo. El acceso también solía lucir estos elementos, de forma que se creaban portadas sin ápice alguno de decoración. De una nave, pequeñas y sin refuerzos exteriores, sus aberturas se solían establecer en el lado sur, incluyendo la puerta. Una decisión lógica debido al clima pirenaico de Huesca. Con el tiempo, pasaron a quedar bajo el auspicio del monasterio de San Juan de la Peña.

San Pedro de Lárrede, referencia de las iglesias de Serrablo

A unos diez kilómetros de Biescas, un cuarto de hora en coche, se alza el templo más ejemplar del conjunto serrablés. De hecho, este se ha llegado a conocer como Círculo Larredense. Es San Pedro de Lárrede, ubicado en la margen izquierda del Gállego, como la mayoría del grupo arquitectónico. Un pequeño pueblo que forma parte del municipio de Sabiñánigo. El edificio no tiene pérdida, pues la localidad es diminuta y su torre sirve de referencia.

Junto a la construcción religiosa, en una pequeña edificación de dos pisos exenta de la misma, se halla el Centro de Interpretación de las iglesias de Serrablo. Abarca la planta baja y luce una serie de paneles que cuenta tanto las características generales como las particulares de cada uno de los miembros individuales. Una ayuda necesaria para saber a lo que prestar atención en ausencia de guía, así como para planificar una ruta entre los templos.

Lateral de San Pedro de Lárrede Iglesias Serrablo

Lateral de San Pedro de Lárrede. | Shutterstock

Una vez confirmado de nuevo qué es un alfiz o un friso de baquetones, se puede apreciar con uso de razón a San Pedro de Lárrede. Lo primero que choca es su planta de cruz latina, gracias a dos capillas laterales abiertas. Irónicamente, el máximo exponente del estilo serrablés se salta uno de sus rasgos clave. Sea como fuere, sigue contando con solo una nave, cubierta por una bóveda de cañón sostenida por arcos fajones, llamados así por su forma de costilla. Los aguantan columnas toscas y simples. En todos los otros casos, se opta por tejado plano a dos aguas. Ni un solo alarde decorativo se aprecia. El ábside, simple a más no poder, se enmarca en un arco triunfal algo herrado y cuenta con la necesaria bóveda de horno.

Torre de San Pedro de Lárrede Iglesias Serrablo

Torre de San Pedro de Lárrede. | Shutterstock

De las ventanas destaca la del lado oeste, con dos pequeños arcos de herradura y un falso alfiz. El resto son de medio punto y similares a aspilleras, lo que minimizaba el frío. Por fuera el ábside responde al cien por cien al modelo de Serrablo, con su friso característico y siete arcos sobre lesenas. Para verla hay que deambular por el cementerio local, sito junto a la cabecera. Su torre, una de las dos mejor conservadas del conjunto, es igualmente señera. De 17 metros, recuerda sobremanera a un minarete. Ventanales se abren en su último cuerpo, en forma de triple vano con arco de herradura, completando el aspecto árabe.

Una ruta por la belleza del Alto Gállego

Seguir el rastro de las iglesias de Serrablo permite además acudir a entornos que de otra difícilmente se tendrían en cuenta. Los rincones del Alto Gállego en donde se esconden los templos se agrupan geográficamente en varias zonas, por lo que es fácil segmentar el recorrido. De esta forma la visita puede separarse en más de una jornada, incluso sirviendo como complemento a otras. Cabe tener en cuenta que cada templo cuenta con un panel informativo en el exterior y la mayoría de ellos permanecen cerrados.

Santa Eulalia de Susín Iglesias Serrablo

Santa Eulalia de Susín. | Shutterstock

Al norte de Lárrede

Estas son las iglesias, de las 15 que se incluyen en la ruta, que más cerca están de Biescas. El acceso a todas ellas es perfectamente posible, aunque por carreteras secundarias o rurales. La más cerca a la población ante la que se abre el Valle de Tena es la de San Bartolomé de Gavín. Una de las más antiguas, se llega a través de la nacional que acaba llegando a Torla, Broto y el P.N. de Ordesa y Monte Perdido. Aunque originales solo quedan parte de los muros y la torre, esta es quizá la más destacada de todo Serrablo. Su último cuerpo, con ventanas de triple arco de herradura y alfiz, recuerda al de San Pedro de Lárrede. Se asienta junto a un bello prado, en medio de la nada.

San Bartolomé de Gavín Iglesias Serrablo

San Bartolomé de Gavín. | Shutterstock

Al sureste de Biescas se ubican el resto. Santa Eulalia de Oros Bajo vuelve a tener un acceso precedido por el camposanto, un continuo en las iglesias de Serrablo. Contrasta con el templo de Gavín ya que es uno de los ejemplos más tardíos del estilo serrablés, en el que el románico lombardo ya predomina. Una clara demostración es que permanecen los arcos exteriores del ábside pero no el friso de baquetones.

Santa Eulalia de Oros Bajo Iglesias Serrablo

Santa Eulalia de Oros Bajo. | Shutterstock

Por la misma vía se llega a los dos siguientes templos. Primero queda el de San Martín de Oliván. Esta se adapta al terreno y ha sufrido modificaciones forzosas. Así, una segunda nave complementa a la original, capilla incluida. La razón de su construcción fue la caída del muro lateral. De hecho, si se observa, es fácil comprobar que la mayoría de los paramentos serrableses están inclinados debido a la falta de contrafuertes. Cuatro kilómetros por una mala carretera más adelante se halla Santa Eulalia de Susín. Parte de un despoblado, muestra grandes modificaciones del siglo XVII, pese a las cuales sobrevivieron la cabecera y una bella ventana con dos arcos de herradura.

San Martín de Oliván Iglesias Serrablo

San Martín de Oliván. | Shutterstock

Finalmente queda una de las iglesias de Serrablo más curiosas. Se trata de San Juan de Busa, asentada muy cerca de Lárrede. De nuevo, solo un prado acompaña al edificio, totalmente aislado. No se sabe bien por qué, su puerta de acceso tiene decoración esculpida en su arco. Un hito único en el grupo. Además, su cabecera no la cubre una bóveda de horno. Parece que quedó a medias y se optó por una solución que desde el exterior recuerda a un barco. Por suerte permanece abierta y cuenta con información en su interior.

San Juan de Busa Iglesias Serrablo

San Juan de Busa. | Shutterstock

Inmediaciones al sur de Lárrede

Cerca de Lárrede, pero al sur, aguardan dos nuevos ejemplos de iglesias de Serrablo. Acceder a los mismos permite comprobar la disposición de continuos valles subsidiarios al de Gállego. Los pueblos donde se hallan muestran la arquitectura popular local creando entornos encantadores. Así, San Andrés de Satué se edificó a mediados del siglo XI y por tanto cuenta con un fuerte cariz románico. Pese a ello su cabecera sigue manteniendo la disposición serrablesa, que muestra con una excepcional perfección.

San Andrés de Satué Iglesias Serrablo

San Andrés de Satué. | Shutterstock

De la misma época y similares características es Santa María de Isún de Basa. A estas alturas su cabecera resulta perfectamente reconocible. Asimismo, cabe prestar atención a un crismón de corte navarro, una representación caligráfica de Cristo. Se sitúa en la ventana occidental. Finalmente en esta parte, aunque no pertenece a las iglesias de Serrablo, se suele incluir en el recorrido el coqueto templo románico de San Juan de Orús. Del siglo XII, sirve como referencia para comprobar la evolución arquitectónica que imperó en el Alto Aragón.

Al sur de Sabiñánigo

La más separada de las iglesias de Serrablo es la de San Martín de Ordovés. Si San Bartolomé de Gavín o San Juan de Busa se hallaban en mitad de la nada, este templo lleva esto al extremo. En un pueblo en el que solo queda una granja, absolutamente aislado entre cultivos y algún bosquejo, el silencio rodea al edificio por completo. Se trata de una pequeña construcción, sumamente humilde y evidentes rastros de románico que confirman su carácter tardío. Así, su cabecera pierde los arcos ciegos pero conserva un muy estilizado friso de baquetones. En todo caso, merece la pena disfrutar un rato de la paz que desprende el lugar y la campa donde se asienta.

San Martín de Artó, Iglesias Serrablo

San Martín de Artó. | Shutterstock

Para acabar toca saltar al lado occidental de la N-320 y recorrer el valle de Caldearenas. En él quedan tanto un par de edificios del Serrablo tardío, oculto en buena medida por elementos posteriores. En el caso de San Martín de Artó, para llegar hay que subir hasta lo más alto del pueblo. Un excepcional mirador aguarda junto a la iglesia. Rodeándola se puede alcanzar a ver parte de la cabecera original con el ya reconocible friso de baquetones. Mientras tanto, San Pedro de Lasieso también contiene este rasgo, aunque dispuesto igual que en Ordovés, sin arcos ciegos. Siguiendo la carretera por el valle merece la pena hacer un alto en Orna para ver el templo de San Miguel. Supone una muestra soberbia de románico jaqués, un estilo que se extendió por todo el Camino de Santiago. No en vano, este entorno y la cercana Jaca fueron clave para el Camino Aragonés.