La zona alta del Pisuerga fue un foco de atención irresistible para los ermitaños de principios de la Edad Media. Una atracción justificada en un principio por la cercanía de los cántabros, todavía sin evangelizar al caer el imperio romano. También por la particular orografía de la montaña palentina. Sus rocas afloraban generando oquedades perfectas para la vida ascética, como en Olleros. No obstante, de no haber hueco, se hacía. Así ocurrió en la ermita de San Vicente de Cervera de Pisuerga. Un templo monacal rodeado de tumbas y que más bien parece una entrada al averno que una iglesia.

Eremitorio Rupestre de San Vicente en Cervera de Pisuerga

Eremitorio Rupestre de San Vicente en Cervera de Pisuerga. | Flickr (Miguel Ángel García)

Una iglesia con aspecto macabro

Al suroeste de Cervera de Pisuerga, entre el Pisuerga y el Rivera, una formación rocosa se alza. De lejos es difícil reconocerla como un templo, aunque pasa lo mismo de cerca. Digna de ser la entrada a uno de los túmulos de Tolkien, el eremitorio rupestre de San Vicente posee tumbas antropomorfas por dentro y fuera. De este modo, su aura se torna fúnebre.

Pese a lo tosco del labrado, se pueden reconocer en la ermita los elementos característicos de un templo. El mayor de los vanos se cree que fue la cabecera y contó con una extensión edificada. De hecho, sobreviven elementos de inserción del altar. La entrada original queda al lado. Se trata de una abertura con elementales escalones que descienden a la horadada estancia interior, más bien rectangular.



Frente a la entrada principal queda una secundaria, que sustituyó a una tumba. Al fondo, una capilla excavada en la dura roca. Otros elementos que resaltan son arcosolios, o huecos de enterramientos, o un pequeño espacio abierto en la piedra cuyo uso es incierto. Tan posible es que se usara como sacristía como que lo hiciera como celda para un monje.

Como se ha comentado, junto al cuerpo central del templo se ubica una necrópolis. Destacan sobre todo los nichos situados frente al mismo, puestos uno tras otro. Sus formas permiten adivinar cómo se ponían los cuerpos. Estos reposaban con la cabeza al poniente y pies al oriente. En total se han hallado varias decenas de estos espacios en todo el conjunto de San Vicente.

Frontal de la ermita rupestre de San Vicente en invierno

Frontal de la ermita rupestre de San Vicente en invierno. | Shutterstock

El templo para el rito mozárabe en miniatura

Los orígenes del eremitorio rupestre no parecen de la fase tardorrómana o visigoda, sino posteriores. Se considera que se realizó ya en época musulmana, entre los siglos VIII y IX. La geología había dejado una lengua de roca aislada en terreno más blando. Esto llamó la atención de los ascetas, que procedieron a ahuecar el saliente. De esta primera época datan buena parte de las tumbas y la entrada principal.

La forma de celebrar la misa había evolucionado de forma particular en la Hispania visigótica. Con la invasión desde el Magreb, permaneció el llamado rito hispano mozárabe. Esto llevaba asociado ciertos elementos diferenciadores, especialmente en etapas tempranas del medievo como a la que pertenece la ermita de San Vicente. Santa Lucía del Trampal, basílica visigoda y luego mozárabe en Extremadura, es un buen ejemplo.

Entrada y lateral de la ermita rupestre de San Vicente

Entrada y lateral de la ermita rupestre de San Vicente. | Shutterstock

Así, el espacio interno tenía muy en cuenta el estatus de los fieles. Una cancela separaba el espacio más sagrado, solo accesible para religiosos, de la nave principal, para los laicos. Mientras tanto, en medio de ambos se situaba un coro para el clero. El que esta valla estuviera presente o no se dirime por la aparición de inserciones para la misma. Tal distribución se puede reconocer en el eremitorio subterráneo. De hecho, la entrada lateral puede responder precisamente a la necesidad de segmentar la entrada de hombres santos y del pueblo llano.

Asimismo, parece claro que junto al cuerpo de oscura piedra y las tumbas había más construcciones. Algunas quedarían anexas, como el supuesto ábside que cubriría el vano más amplio. Otros espacios podrían servir de edificios de apoyo para un pequeño convento. No en vano, tal era la función de un eremitorio, dar cobijo a una, aunque mínima, comunidad. Estas se expandían rápidamente, como demostraron San Fructuoso o San Genadio en El Bierzo.

Puerta lateral y cabecera de la ermita rupestre de San Vicente

Puerta lateral y cabecera de la ermita rupestre de San Vicente. | Shutterstock

El paso por el tiempo del eremitorio rupestre de San Vicente

Como se ha comentado, fue entre los siglos VIII y IX cuando se decidió excavar la roca que acoge la ermita. Se hizo toscamente, posiblemente tirando de pico. Algo que se demuestra con el descarnado aspecto que presenta el todo.

Se ha querido asociar la iglesia y el pequeño cenobio que albergó con diversas menciones en documentos eclesiásticos de la época. De esta forma, el investigador Esteban Saínz Vidal señala que un documento del 818 posiblemente señalara al lugar. En él se menciona una iglesia en Cervera de Pisuerga aportada por un abad llamado Arias para entrar en el monasterio de San Pedro y San Pablo de Naroba. Acompañado de dos discípulos, habría desarrollado parte de su actividad en el eremitorio.

Se baraja que el espacio estuviese en primer lugar dedicado en exclusiva a los eremitas. Tras ello, habría ido abriéndose a externos, lo que justificaría el haber hecho una segunda puerta. En todo caso, la abundancia de tumbas demuestra que su uso monacal fue relativamente continuo y extendido en el tiempo.

Ermita de San Vicente y Cervera de Pisuerga

Ermita de San Vicente y Cervera de Pisuerga. | Shutterstock

El cambio en los preceptos religiosos y la forma de monacato llevó a que el eremitorio se quedara en un espacio asociado a un nuevo templo románico. Este prestaría servicio del siglo XII al XIX, cuando se abandonó. Un camino al olvido que por suerte no llegó a culminarse.

Actualmente el eremitorio rupestre de San Vicente es tanto un atractivo turístico como fruto de estudio. Como parte de Cervera de Pisuerga, puede visitarse en cualquier escapada al entorno del Parque Natural de las Fuentes Carrionas y Fuente Cobre. Un espacio montañoso y centrado en el agua, con varios embalses. A tiro de piedra queda Aguilar de Campoo y, al otro lado de los Picos de Europa, Liébana con Potes o Fuente Dé.