La cordillera montañosa que separa España de Francia es una de las fronteras más importantes de Europa. Una muralla pétrea que ha sido clave en contiendas bélicas y peregrinaciones como el Camino de Santiago. Sus múltiples valles viven a la sombra de espectaculares macizos. En ellos se despliegan los pueblos más bonitos de los Pirineos. De Navarra a Girona, estas localidades son perfectas para evitar el calor y disfrutar de la naturaleza en su vertiente más montañera.

Lanuza, Huesca

Lanuza reflejada en el embalse homónimo

Lanuza reflejada en el embalse homónimo. | Shutterstock

Esta pequeña aldea desapareció debido a la construcción del embalse al que da nombre a finales de los 70. Sin embargo, tras quedar el pantano más bajo de lo que se pensaba, pudo resucitar convirtiéndose desde los 90 en uno de los pueblos más bonitos del ya de por sí atractivo Valle de Tena. La iglesia fue el primer espacio rescatado y luego se restauraron casas. Actualmente luce la arquitectura típica de la zona y cuenta con hospedaje y restaurante. Además es sede del festival Pirineos Sur, que tiene en un escenario flotante del lugar su principal escaparate.



Una ruta de unos ocho kilómetros rodea el lago, permite ver una espectacular presa y conecta, en tres, Lanuza con Sallent de Gállego. Este último es otro pueblo típico y que deja buenas postales. La cercanía de las aguas permite realizar también deportes acuáticos. Mientras tanto, al norte queda la estación Formigal-Panticosa, por lo hay opción de esquiar durante la temporada invernal. Los pueblos homónimos o Baños de Panticosa son también visitas casi obligadas.

Seu d’Urgell, Lleida

La Seu d'Urgell

Calles de La Seu d’Urgell. | Shutterstock

El Condado de Urgel fue una influyente fuerza política en el Pirineo medieval. Dirigido desde la Seu d’Urgell, abarcaba hasta Andorra y contaba con obispado propio. Sus alrededores siempre han sido prósperos. Otrora lo fueron gracias a las aguas del Segre y su afluyente, el Valira. Hoy en parte gracias a ser paso hacia tierras andorranas. También por su belleza y lo interesante que hace al lugar su larga historia. El punto más destacado a este respecto es la catedral románica, del XII. La pureza de su estilo se ha preservado pese a haber servido como fortaleza en diferentes ocasiones. Así, es un ejemplo único en toda Catalunya.

Isaba, Navarra

Isaba, parte del tratado de las Tres Vacas

Isaba, parte del tratado de las Tres Vacas.

Cerca de la frontera francesa, esta localidad navarra es una de las puntas de lanza del Pirineo de la Comunidad Foral junto a Ochagavía. El Belagua y su sucesor, el Esca, presentan rutas con las que conocer este entorno montañoso. Aunque menos contundente a primera vista que la parte aragonesa, los montes imponen la creación de profundos valles. El de Roncal, por ejemplo, es en el que asiente Isaba. Del pueblo cabe resaltar el templo de San Cipriano, tardomedieval o el de Idoya. Su elemento folclórico más famoso es el Tributo de las Tres Vacas, considerado el tratado en uso más antiguo de Europa. Otros espacios navarros cercanos para pasar el día son Sangüesa, Javier o Lumbier con su hoz.

Aínsa, Huesca

Aínsa y su corte medieval

Aínsa y su corte medieval. | Shutterstock

Dos ríos marcan el aspecto de Aínsa. Se trata del Ara y del Cinca, que confluyen en este lugar antes de que el segundo siga su rumbo al sur. Parte de la Comarca de Sobrarbe, hace falta asumir unas cuantas cuestas para llegar a su parte alta, la histórica. Sin embargo, merece la pena ya que aguarda un gran conjunto medieval. Por ejemplo, la iglesia de Santa María, perfecto ejemplo del románico local. Su torre es, con todo, un añadido del siglo XVI. No lejos de ella se halla la plaza mayor, con soportales. Finalmente se alcanza el castillo, que mezcla etapas medievales con modernas. De estas últimas se encargó Tiburcio Spannocchi, responsable del diseño de la Ciudadela de Jaca o de reforzar Hondarribia.

Queralbs y Vall de Núria, Girona

Vall de Núria en el entorno de Puigmal

Vall de Núria en el entorno de Puigmal. | Shutterstock

Los habitantes de este municipio gerundense se enorgullecen de ser parte de un «pueblo milenario». No en vano, las menciones al lugar se remontan al siglo IX. Queralbs se ubica en un terreno perfecto para la ganadería, al igual que muchas otras de las localidades de este repaso. Aprovechando los valles y el pasto que estos conllevan, Queralbs sigue manteniendo en esta actividad una de sus señas de identidad. Su iglesia, datada en el siglo décimo, es un testimonio de la historia local. Más allá del encantador ambiente que dan las casas de piedra típicas del Pirineo, la localidad tiene unos alrededores envidiables.

De todos los rincones que posee, el Vall de Núria es el más llamativo. Aunque en el siglo XX haya destacado como centro de reunión política, es el santuario que tiene lo que hace extraordinario al pequeño valle. Rodeado de algunos de los picos más altos de la cordillera, se llega allí gracias a un tren de alta montaña, de cremallera. Aguarda un conjunto religioso, originario del siglo XI/XII pero reconstruido varias veces, junto a un idílico embalse. La talla que da nombre al todo es medieval y ha vivido múltiples peripecias: de ser trasladada para evitar su quema en la Guerra Civil a un robo con posterior devolución.

Benasque, Huesca

Benasque en invierno

Benasque en invierno. | Shutterstock

En el extremo oriental del Pirineo aragonés, Benasque capitaliza el Valle Escondido. Junto al de Tena o al de Ordesa, es uno de los más conocidos de la zona. Posets-Maladeta y el Aneto ponen el fondo natural a esta localidad. Como ocurrió en Panticosa, las aguas termales del lugar llamaron la atención de los romanos. Aquí es seguro que las aprovecharon. Posteriormente, el pueblo fue parte del territorio condal de Ribagorza, uno de los miembros primigenios del Reino de Aragón. Su iglesia, con una característica torre cuadrada, o un torreón militar son herencias medievales. Sumideros como el de Aigualluts, ibones como el de Gorgutes y diversos tresmiles completan su oferta.

Bohí, Lleida

Iglesia de San Juan de Bohí

Iglesia de San Juan de Bohí. | Shutterstock

Parte del municipio llamado La Vall de Boí, esta población pirenaica ilerdense es archiconocida por su iglesia de Sant Joan. Forma parte de un grupo de iglesias del valle que fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad. Las pinturas murales que conserva, como las de Tahull, son extraordinarias. Asimismo la estructura, que se repite en buena medida en el conjunto, es también muy característica. De su alta torre quedan solo parte de los cuerpos, al perderse el resto en un incendio medieval. Al edificio se suma el entramado urbano, con una notable arquitectura popular, además de un verde y acuático entorno natural.

Os de Civis, Lleida

Casas en Os de Civís

Casas en Os de Civís

Aunque esté dentro de territorio español, este pequeño pueblo de Lleida tiene una curiosidad única: solo se puede entrar a él desde Andorra. Esta circunstancia geográfica se denomina «periclave», siendo Os de Civis el único del país. A punto de desaparecer en el siglo XX debido al aislamiento con el resto de poblaciones leridanas, una asociación vecinal dio la vuelta a la situación en los 80. La relación con el otro lado de la frontera es muy buena y comparten servicios. No en vano, geológicamente están en la misma vertiente pirenaica. En la localidad sobresale su iglesia románica, dedicada a San Pere i Santa Margarida. Respecto a lo natural, el valle de Os centra rutas perfectas para el senderismo.

Biescas, Huesca

Ermita de Santa Elena en Biescas, en la ruta por los pueblos más bonitos del Pirineo aragonés

Ermita de Santa Elena. | Shutterstock

Junto a la garganta de Santa Elena y puerta del Valle de Tena, Biescas es un lugar perfecto para descubrir los Pirineos aragoneses. A nivel local, diferentes rutas permiten ahondar en el Alto Gállego o acudir a ibones como el de Tramacastilla de Tena. Asimismo, el camino que va a la ermita, dolmen y fuerte de Santa Elena es de una gran belleza. Al sur quedan las curiosas iglesias de Serrablo, un prerrománico con elementos árabes y visigodos. Jaca, Sabiñánigo, Broto, Torla o Fanlo son otros espacios que quedan a tiro de piedra.

Arquitectura local, con multitud de ejemplos de las decoraciones de chimeneas llamadas espantabrujas, o iglesias como la San Pedro y del Salvador crean una postal perfecta en combinación con los montes locales. En el lado oriental del Gállego queda la coqueta plaza del ayuntamiento, rodeada de calles con bares. También tiene su aquel la otra orilla, con más alternativas para comer o tomar algo.

Prullans, Lleida

Prullans

Prullans. | Shutterstock

Parte de la Baja Cerdanya, la localidad leridana tiene atractivos de lo más variados. No muy grande, se extiende junto al torrente Prat de Vià, que desemboca muy poco después en el Segre. Este terreno bajo contrasta notablemente con el más alto en el norte. Allí, la montaña hace acto de presencia y aporta fenómenos kársticos muy llamativos. El mejor ejemplo es la Cova d’Anes, de gran valor geológico. La ruta que la alcanza muestra los activos de Prullans: pasa junto a masías aisladas mientras recorre amplios valles. Asimismo, también tiene para ver dólmenes, románico y más cuevas,

Broto, Huesca

Broto, Huesca

Broto | Shutterstock

De nuevo es un curso fluvial el que marca la figura de esta localidad oscense. Se trata del Ara, ya mencionado. La mayor parte de su casco histórico está en la ribera oriental. De entre sus estructuras, la antigua cárcel es la más llamativa. Previa cita, puede visitarse para contemplar los grabados que sus inquilinos fueron dejando a lo largo del tiempo. Entre gótica y románica, de finales del XVI, la iglesia de San Pedro destaca por su tamaño y corte elegante.

Sin embargo, el espacio más buscado es el paseo que recorre el río Ara. En un momento se torna en un pequeño pradillo con acceso directo al cauce. En la cabecera norte del pueblo los restos del antiguo puente que lo cruzaba son otro punto de interés. Aldeas como Oto o la cercana Torla, acceso al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, expanden la opciones de una escapada a Broto. Finalmente, hay que hacer mención al queso del lugar. De vaca, existen queserías tradicionales a las que acudir para poder adquirirlo, del más joven al más fuerte, hongo incluido.

Roncesvalles, Navarra

Colegiata de Roncesvalles

Colegiata de Roncesvalles. | Shutterstock

Conocida cabecera española del Camino de Santiago Francés, Roncesvalles es un municipio apenas poblado pero de gran belleza. Su conjunto gótico, con la colegiata de Santa María a la cabeza, es una referencia jacobea desde tiempos medievales. Junto al templo de Santiago y varias instancias hospitalarias, suman un todo contenido pero que encuadra a la perfección con el entorno montañoso en el que se enmarca.

Las inmediaciones del cercano Ibañeta, puerto que ha sido usado desde la época clásica, y Valcarlos se identificaron como el escenario de la Batalla de Roncesvalles. Allí los vascones se vengaron de Carlomagno destruyendo su retaguardia. Además de robarle un gran botín, mataron a uno de sus preferidos, Roldán. Algo que pasaría a terreno mítico gracias al Cantar de Gesta al que dio nombre y que se recuerda en el municipio con un monumento. En todo caso, recorrer estos valles o zonas como la Selva de Irati supone una gran experiencia para los aficionados al senderismo.

Llivia

Vista de Llivia

Vista de Llivia. | Shutterstock

Si Os de Civis era un periclave Llivia lleva esta situación más al límite. Se trata de un exclave, es decir, que está rodeado completamente de territorio extranjero. En su caso, es Francia el país en el que se incrusta. Un tratado de mediados del siglo XVII es el responsable de que esta localidad se quedara en España, a diferencia del resto del Rosellón.

Ubicada a más de 1.200 metros de altura, en plena Cerdaña y regada por el Segre, se trata de un precioso pueblo montañoso. Esto se debe en buena medida a la buena restauración de sus viviendas, en las que se conserva el característico tejado de pizarra, extendido por todo el Pirineo. La torre Bernat o la iglesia de la Mare de Déu son hitos monumentales a los que estar atento.