Obligados a desaparecer del mapa, fueron condenados a una fría muerte que el tiempo se encargó de acelerar. Pueblos que quedaron a merced de la memoria, pero solo de la de aquellos que algún día formaron parte de su historia. Los demás no repararon en ellos. Si alguna vez prestaron atención, habitualmente fue solo contemplando la inerte belleza, la calma, de su ruina. Nunca lo que esta supone.

Pese al trágico desenlace, la esperanza permaneció intacta en muchos de esos habitantes que se vieron forzados a largarse. Aunque les quitaran el escenario de sus vidas, no dejaron que se perdiera su identidad. Sus pueblos tenían derecho a la vida. Hoy, mientras las grandes ciudades son cada vez más grandes y buscan acaparar más focos, en diminutas localidades se libran desapercibidas batallas. Su único objetivo: renacer.

¿Por qué mueren los pueblos?

La calamitosa desaparición de las localidades en España no es algo nuevo, sino un continuo en la Historia. En época romana ya se dieron las primeras despoblaciones, especialmente en el Bajo Imperio, aunque en este caso el declive era para las ciudades y no tanto para el entorno rural. Esta tendencia fue acentuándose en la meseta durante el medievo con las guerras entre cristianos y musulmanes. Más tarde pasaría lo mismo en la zona levantina a raíz de las amenazas de los piratas sarracenos y bereberes.

El pueblo de Bubal, provincia de Huesca. | Wikimedia

España a día de hoy sigue poseyendo cada vez más zonas desérticas en lo poblacional en toda su geografía. Algunas recogen el testigo de épocas anteriores, pero cientos de pueblos que desaparecieron más recientemente lo hicieron de forma distinta. Fue a partir de la segunda mitad del siglo XX, especialmente en los 60, cuando se produjo un éxodo masivo del campo a la ciudad.

Algunos de esos desplazamientos fueron por causa de fuerza mayor. El ejemplo más habitual es el de la localidad barrida por el agua de los pantanos a mediados y finales del siglo pasado. El plan hidráulico impulsado por la dictadura franquista inauguró una elevada cantidad de embalses que, al tiempo, motivaron la desaparición de núcleos urbanos. Una realidad que se mantuvo incluso con la llegada de la democracia. Muchos acabaron sumergidos, otros consiguieron salvarse en primera instancia. Pero de nada les sirvió a aquellos ya desalojados o que vieron destruidos los valles que daban de comer a su ganado. La antigua vida local estaba perdida.

Granadilla

La antigua villa amurallada de Granadilla, al norte de Cáceres. | Shutterstock

La emigración a la ciudad también se dio por las condiciones socio-económicas del momento. El gran crecimiento demográfico y la mecanización del campo produjo numerosos excedentes de mano de obra. Una coyuntura que se llevó por delante a pueblos por toda España. Las que se nutrieron fueron las ciudades, gracias a la industrialización y las mejores condiciones de vida que solían ofrecer.

Independientemente de las causas, el destino común fue la decadencia de lo rural. Poblaciones convertidas en un pálido recuerdo de lo que alguna vez fueron. Sin embargo, no siempre sería el final definitivo. Aún quedaba mucho por hacer y luchar. La historia no podía terminar de esa manera, se merecían una nueva oportunidad.

 El resurgir de los pueblos

Una vez mueren los pueblos, la mera despoblación no es el único problema. Otra gran preocupación consiste en evitar el deterioro de su patrimonio y el valor histórico-cultural que alberga. No en vano, es algo que define y otorga entidad al lugar pese a que esté desaparecido.  Por eso, la nostalgia ha movido a poblaciones enteras a recuperar lo que fue suyo. Tal es el caso del pueblo aragonés de Jánovas. «Representamos la lucha de nuestros antepasados, abuelos y padres (…) Para nosotros es un compromiso, por respeto a todos los que perdieron sus casas pero que nunca se rindieron y siguieron luchando», explica el responsable de la Asociación Jánovas no Rebla, Óscar Espinosa. «Al final son nuestras raíces. Se trata de no perderlas», afirma.

Janovas

Fotografía antigua de Jánovas.| Web Jánovas no rebla

Otros lugares llevan a cabo un resurgir más particular. No están promovidos por asociaciones vecinales, sino por otras iniciativas privadas. El pueblo vuelve a su actividad poco a poco conforme llegan repobladores atraídos por el medio rural. La base es una ética sostenible y adaptarse a los nuevos tiempos. Buscan una experiencia directa con la naturaleza, empezar desde cero y donde todo está por construir.

Más singular todavía resultan otros proyectos para la recuperación del territorio, como una interesante acción ministerial-educativa. El Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados (PRUEBA) es el responsable de una serie de rescates patrimoniales en activo durante décadas. Coordinado a 2020 por el Ministerio de Transición Ecológica y el Reto Demográfico y el Ministerio de Educación, se centra en tres pueblos abandonados a los que devuelve poco a poco su antiguo aspecto. Pero va más allá de la simple rehabilitación. También promueve la educación ambiental en los jóvenes a través del contacto con el medio ambiente. De esta forma pueden valorar el importante papel que juega el entorno rural en el desarrollo de las personas, las sociedades y los ecosistemas naturales.

Pueblos que son esperanza

La mayoría de los despoblados españoles siguen siendo rehenes del olvido y no tienen salida alguna. Sin embargo, no faltan los que han tenido la suerte de verse abrazadas por proyectos como los antes expuestos y han vuelto a ver la luz después de tanto tiempo. Precisamente es lo que demuestran los siete protagonistas que engloban la serie de Pueblos Renacidos. Representan la esperanza de muchas localidades que hoy temen una temprana desaparición o que ya tuvieron la mala suerte de vivirla.

Troncedo

El pueblo reconstruido de Tronceda. | Shutterstock

Nadie dijo que aquello fuera a ser fácil, pero algunos lo consiguieron. A su modo, Granadilla, Umbralejo y Bubal fueron de las primeras en volver a la vida. Una rotunda victoria gracias a los mencionados proyectos ministeriales centrados en la recuperación y mantenimiento patrimonial de los territorios.

Por su parte, la aldea gallega de Tronceda ha visto finalizar su rehabilitación gracias a la acción privada. Pueblos como Salonell y Jánovas todavía están en proceso de construcción. En Lanuza tienen un buen reflejo en el que mirarse, pues es una auténtica maestra de la supervivencia. Tras el expolio y abandono sufrido, protagonizó un episodio conmovedor que hoy le asegura un futuro prometedor. Las historias de los Pueblos Renacidos son ejemplo de lucha, pero también de madurez. Aguardan siete relatos distintos cuya lección es la misma, se puede renacer.

Pueblos Renacidos