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Los ciclos son preclaros en la Serranía de Guadalajara, especialmente según esta se arrincona contra las provincias de Segovia y Madrid. La gran barrera natural que es la sierra de Ayllón da sustento a víctimas ideales para cámaras profesionales o de teléfono móvil. En uno de los momentos cumbre del eterno retorno natural, el otoño, las ya ocres hojas de robles y hayas magnifican la oscuridad de la pizarra. Pero no solo los árboles son cíclicos en este remoto rincón del centro de España. También alguna población. Umbralejo, pese a ser uno de los Pueblos Renacidos, no está vivo ni muerto. Parecía perenne pero resultó ser caduco. Y cuando rebrotó, lo hizo mutado.

Umbralejo Guadalajara

Umbralejo. | Shutterstock

Verano, la dureza del aislamiento continuo

El estío parece que nunca va a acabar. Llega tras el renacer y los días son tan largos que no parece que toquen a fin. Una trampa, ya que cada jornada se acortan un tanto. Así le ocurrió a Umbralejo. A más de 1.200 metros de altura la vida pasa a distinto ritmo que en cotas más bajas. Ser montañoso le supuso a esta población estar siempre aislada. Recóndita, como otras de sus colegas, dicha condición sobrevivió desde la Edad Media hasta el siglo pasado.

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Allá por los 90, el anuncio en el que un paisano de otro pueblo negro, el bueno de Jesús de Majaelrayo, preguntaba si el Madrid era de nuevo campeón de Europa representaba una verdad bastante cruda. Da igual que fuera en clave de humor. Estar alejado de grandes núcleos, entre picos que suben hasta superar los 2.000 metros, hacía que la dureza fuese un continuo. Pese a ello, oficios como el de cabrero o agricultor hacían viable sobrevivir.

Allende los siglos, cuando la vida era dura pero era en Umbralejo, las viviendas eran un reflejo de la comarca. Pizarra junto a barro, como siempre en los Pueblos Negros, era de lo que se hacían las casas, las iglesias y las fuentes. Tal material hacía que la propia tierra fuese dura. Solo había espacio para hortalizas junto a los ríos. El resto, para cereal y nunca demasiado. Encinas, jaras y robles, según el perfil del terreno, rellenaban huecos entre poblaciones cuando no lo hacen profundos cañones. Da igual cuando fuera, hasta hace nada así era esta población, Valverde de los Arroyos o Campillo de Ranas. La belleza, que estaba ya entonces, solo se vería en el futuro, cambiada.

Otoño, fin en potencia

El Ocejón siempre ha oteado a la arquitectura negra. Inmutable, bastante desnudo, hoy ve a los arrianceses coronarlo diariamente. Sus alturas siempre fueron un fastidio a la hora de moverse. Si no, basta con ver lo complicado que sigue siendo ahora ir de Majaelrayo a Valverde de los Arroyos. Pocos kilómetros, mucho tiempo de travesía. Si las comunicaciones no son ideales, que sí suficientes, en el siglo XXI, basta imaginarlo hace décadas. Hace siglos. Cuando caballo o pie eran los medios.

La falta de alternativa dejó de ser opción para los jóvenes en el siglo XX y la migración se hizo presente. Faustino Calderón, experto en pueblos abandonados, explica que se fueron a entornos cercanos a Guadalajara, como Azuqueca, y Madrid. Un azote que llegó al resto de la Serranía, a la Alcarria o al Señorío de Molina. La provincia sabe lo que es la despoblación desde hace demasiado. Así, el número de vecinos adelgazó hasta quedarse famélico.

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Umbralejo. | Shutterstock

El negocio carbonero y maderero, este último activo como puede ver quien quiera subir al pico del Lobo, vaciaron de hayas y robles buena parte de los montes de la sierra de Ayllón. Romantizar este ambiente solo es fácil desde la distancia. Cada despiadado invierno, cada emigrante, vaciaba un poco más el territorio a ambos lados del Ocejón. Umbralejo caía del lado de Valverde. A mediados del siglo pasado el desenlace era preclaro. No hace falta esperar a que nieve para saber que lo hará.

Invierno, la muerte en blanco y negro

A Umbralejo el invierno le pilló siendo apenas una sombra del pasado. En los setenta la mayoría se había ido y no quería volver. Tan lejos quedaba este pueblo negro que los servicios básicos eran todavía cosa de ficción. Pero las presas no descansan ni en la época más fría. En esto caso fue Instituto para la Conservación de la Naturaleza, ICONA, el que dio la puntilla. Responsables de que los pinares sean tan habituales en tantos sitios actualmente, vieron en este lugar de Guadalajara una oportunidad de reforestar.

Umbralejo Guadalajara

Umbralejo. | Shutterstock

Empezando por los alrededores, cuando vieron la posibilidad de comprar todo el pueblo no dudaron. La muerte llegó suave, esperada. No habría más fiestas en septiembre por la Natividad, como las que recordaban vecinas del lugar a Faustino Calderón. Una de ellas, casualmente llamada Faustina, le contó que «un año le tocó se mayordoma» y encargarse de los preparativos junto a un mozo. No quedaban cabras ni idas y venidas a la fuente. Nada. No por ser común deja de ser dramático, sobre todo viendo cómo evolucionaría el resto del territorio.

Por aquel entonces lo de la arquitectura negra seguía siendo lo que había sido siempre. Nada de turismo ni postureo. Simplemente una forma barata de construir, casi miserable, hecha a la tierra. Esto mismo hace que las edificaciones se vengan abajo sin cuidado suficiente. Cualquier paseo entre los Pueblos Negros lo deja claro en forma de cadáveres de aldeas. Umbralejo iba camino de ello. Pero, por suerte o por desgracia, su última estación no sería el duro invierno de la Sierra Norte.

Primavera, un renacimiento sin vida

Los hermanos Davies cantaban en Village Green, entre otros elementos, cómo los turistas pasaban por este espacio comunal de la campiña inglesa mucho después de que el protagonista de la canción abandonara el pueblo «en pos de la fortuna». Recuerda, nostálgico, desea volver, pero no puede. En Umbralejo ocurre lo mismo. Ya no hay pastores ni cabritos asándose, tampoco vecinos. Hay críos esforzándose, bajo la tutoría de sus maestros, en dar esplendor a la aldea. También visitantes que se quedan con la boca abierta ante un espectáculo bucólico. Dejó el otoño siendo roble y vio nacer la primavera siendo haya.

Luis Cano, coordinador del Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados (PRUEPA), es la voz de lo que lleva ocurriendo aquí desde 1984. Señala que «se hacen trabajos muy diferentes […], pueden pasar desde ser albañiles a mantener los espacios comunes o realizar agricultura ecológica, hay mucha diversidad y cada día les toca uno». Añade que hay labores de recuperación cultural realizando de «fragua» hasta «apicultura». Todo con una antigüedad y continuidad extraordinarias. El objetivo es educar, no «repoblar», remarca Cano.

Desde el CENEAM se coordina un proyecto del que ya se ha hablado en el caso de otros Pueblos Renacidos, como Granadilla. Búbal pasó a manos del Gobierno de Aragón, aunque en principio también estuviera en la terna. Bajo auspicio ministerial, pese a las varianzas en estas instituciones, Umbralejo ha visto buena parte de sus edificios reconstruidos. Sin embargo, como apunta Faustino Calderón, poco tiene que ver la cara actual con la primigenia. Es otro pueblo, otra imagen. No lejos, señala que La Vereda sí se muestra tal como era. En todo caso, supone una alternativa mucho mejor que la mera ruina.

Umbralejo Guadalajara

Umbralejo. | Shutterstock

Su aspecto prístino supone una suerte de no muerte para este no poblado del municipio de La Huerce. Lo que es innegable es que ha renacido. No tendrá vecinos, pero cuando no hay pandemias de por medio miles de chavales pasan anualmente a seguir con su magnífica puesta a punto y a vivir un estilo de vida muy alejado del contemporáneo. Como un eco sobrevive, uno en el que sus antiguos habitantes son «forasteros en su propio pueblo», en palabras de Faustino Calderón. Suerte que comparte Umbralejo con sus dos hermanos en Cáceres o Huesca. Muy distintamente a como lo hacen los siguientes Pueblos Renacidos, de Jánovas a Lanuza o Tronceda, donde la repoblación es el objetivo.

Umbralejo ha vivido siglos demostrando que es duro. Año tras año, ciclo tras ciclo, estación tras estación aguantó de invasiones a miseria hasta casi llegar a un tiempo casi presente. Un carácter que se ha consolidado saliendo por la tangente. Un eterno retorno que se quebró,  pero que solo ha supuesto el inicio de una cíclica alternativa.

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