Turruncún es un pueblo donde lo más vivo es lo que está muerto. A principios de siglo XX sus habitantes se contaban por cientos. En 2001 no quedaba ni un solo alma viviendo en esta localidad cercana a Arnedo. Un deceso anunciado del que solo se salva su cementerio. Es el único lugar donde sí ha aumentado la población y tiene el honor de seguir recibiendo visitas puntuales. Sin embargo, a los descendientes de los inquilinos de las tumbas se han ido sumando turistas. La culpable de esto es la lánguida y mortecina belleza que inunda este aislado cadáver poblacional.

Iglesia de Santa María en Turruncún

Iglesia de Santa María en Turruncún. | Shutterstock

El declive de Turruncún

Entre finales del XIX y el primer cuarto del XX el entorno de Turruncún, topónimo derivado posiblemente del euskera, bullía gracias a la actividad minera. Al igual que otras zonas de España, como El Bierzo, el carbón logró consolidar la industria local. Aunque la extracción de este combustible fósil se remontaba en la zona al XVII, fue más tarde cuando explotó. Los gráficos de población de la localidad abandonada muestran altibajos durante el fin del periodo decimonónico. Según el INE los picos llegaron a ser de más de 320 vecinos en 1877 o 1910 y los valles de 257 en 1920 o 218 una década después.



La Guerra Civil, que azotó Arnedo y sus alrededores con dureza, marcó el inicio del fin. Algo que confirmaría la muerte de la minería local. Una vertiginosa debacle que se veía remontable en los 60. El número de almas se situó por debajo de 100 y pese a ello se construyó una escuela. Tan fantasma como el pueblo, apenas pudo enseñar a nadie. Inaugurada en 1965, los niños brillaban por su ausencia en aquel entonces.

Turruncún y su colina

Turruncún y su colina. | Shutterstock

El núcleo se redujo más y más hasta quedar oficialmente tres personas en el albor de los años 80. Con el último cambio de siglo se confirmó la despoblación total. Diversas fuentes, como Pueblos del Olvido, señalan que la terna de vecinos eran un joven hippie cuyo proyecto de comuna fracaso, un anciano que se negó a irse y un pastor que tenía en las ruinas un buen lugar donde guardar el ganado.

Un final al que se vio abocado pese a sobrevivir a un evento de corte apocalíptico. Fue en 1929. Un seísmo de intensidad similar al que azotó Lorca en Murcia tuvo su epicentro casi exacto en Turruncún. Con 5,1 grados, afectó al lugar de forma severa. Las vibraciones llegaron a sentirse en el resto de La Rioja, Navarra, Euskadi y Aragón.

Turruncún invernal

Turruncún invernal. | Shutterstock

Los huesos de Turruncún

Sobre la colina en que se asienta esta población riojana destaca la iglesia de Santa María. De aspecto compacto y ruinoso, transmite aún cierta sensación de robustez. El cuerpo principal es todavía reconocible, con marcadas líneas cuadradas. Restos del coro, la sacristía o la capilla principal se unen a los de una galería a dos alturas. Su torre aparece separada de las naves, exenta. Los orígenes de este edificio se hallan en el siglo XV. Pese a ello, siguió evolucionando en épocas posteriores hasta consolidar el edificio parroquial final, del que hoy perdura una sombra. Destaca su aire mudéjar, habitual en la arquitectura local.

La parte más alta de Turruncún

La parte más alta de Turruncún. | Shutterstock

Como en otros lugares de España, era el centro neurálgico de la población. Antes de la instauración de los cementerios modernos, el suelo santo era el de las iglesias. Por eso no es raro que hubiera enterramientos en Santa María de Turruncún. Una leyenda al respecto, reciente, cuenta que el suelo del templo aparecía roto y huesos se desperdigaban por toda la localidad. El mito, por tanto sin confirmar, señala que eran humanos. Así, la teoría de que fueran restos profanados ha hecho que el lugar se tiña de un halo algo macabro.

Restos de Turruncún nevados

Restos de Turruncún nevados. | Shutterstock

Hay otros «huesos», los arquitectónicos. Viviendas ruinosas de color ocre, ejecutadas en adobe junto a edificios de labor. Vacíos se han ido deteriorando poco a poco, aunque todavía son muchos los muros que perviven. Contrasta algo la mencionada escuela. La edificación más novel y, posiblemente, la que menos sirvió a su propósito del lugar.

Como ocurre en pueblos de buena parte de España, de Guadalajara a Granada, el subsuelo de Turruncún está plagado de pequeñas despensas y bodeguillas que conformaban un inframundo aparte. Finalmente, es digna de mención la ermita de las Vírgenes. De estilo barroco, tan ruinosa como el resto del lugar, se ubica al oeste de la iglesia. El conjunto recuerda a Granadilla en Extremadura o Belchite en Aragón, pese a que las razones de que acabaran así son muy distintas en cada caso.

Vistas desde la zona baja de Turruncún en invierno

Vistas desde la zona baja de Turruncún en invierno. | Shutterstock

Un pueblo perfecto para andar

Entre la iglesia y la ermita queda un merendero contemporáneo. Un punto que sirve de ancla para ejecutar distintas rutas, ya tengan a Turruncún como destino o punto de partida. La orografía local ayuda a esta faceta senderista o ciclista en gran medida. Varios montes ofrecen miradores accesibles y espectaculares. A este respecto, el destino más recurrido es la peña Isasa. Son unos 12 kilómetros en formato circular que salvan en la primera mitad casi 600 metros de desnivel para luego bajarlos.

Menos conocido es el trayecto, también circular, al Gatún. Si antes se iba al noroeste, ahora se va justo en dirección contraria. Para llegar a esta altura la distancia es parecida, en torno a once kilómetros. Aunque solo hay que ascender unos 300 metros, la subida inicial es dura. A partir de ahí se transita por lo alto. De esta forma se puede conocer el paisaje que rodea Turruncún, repleto de pinares replantados y tierra ocre.

Peña Isasa

Peña Isasa. | Wikipedia

 

Si las anteriores opciones eran ideales para andar, las siguientes son mejores para bicicletas debido a que son más largos. La ubicación de Turruncún pegada a Navarra, Zaragoza y Soria hace que las opciones sean enormes. Por ejemplo, desde Arnedo distan unos 14 kilómetros lineales y desde Enciso 31. En este tipo de travesías se pasa por otros puntos de interés, como Arnedillo.

Ruinas de Turruncún

Ruinas de Turruncún. | Shutterstock

Las buenas conexiones por carretera, finalmente, hacen que Turruncún sea un complemento a escapadas a Quel, Tarazona, la zona del Moncayo, Tudela o Alfaro. Asimismo, media hora al sur, todavía en La Rioja, perviven otras ruinas que permiten dedicar todo el día a las poblaciones fallecidas. Se trata de Contrebia Leucade, una antigua urbe que pasó por manos celtíberas, romanas y visigodas. Un rincón perfecto para verse inmerso en lo que fue y dejó de ser.