El castillo de Santa Bárbara es una fortaleza medieval situada en el Monte Benacantil, el punto más estratégico de la ciudad de Alicante, elevado a 166 metros de la playa del Postiguet. Hasta no hace mucho, si alguien quería llamarse dueño del Levante tenía que correr el riesgo de enfrentarse a sus imponentes muros, los cuales han pasado a convertirse a día de hoy en un pacífico y bello mirador desde el que se puede disfrutar de una de las mejores vistas del Mediterráneo.

Los más de mil años de vida que posee el castillo de Santa Bárbara esconden una apasionante historia de encrucijadas entre reinos y culturas, siendo escenario de importantes episodios en tiempos de la Reconquista y también durante la Guerra de Sucesión. En el año 1961 fue declarado Monumento Histórico Nacional.

El mirador del castillo de Alicante

Mirador del castillo de Santa Bárbara | Shutterstock

En la actualidad se puede visitar y recorrer los varios recintos que lo componen, los cuales se dividen según la época de dominación: una parte islámica, otra cristiano-musulmana, seguida de la época renacentista y la más reciente del siglo XVII y XIX. Con todo, el aspecto actual de la fortaleza se adquiere a partir del reinado de Felipe II, cuando se construyen muchas de sus dependencias, algunas de las cuales dan cabida al museo de la ciudad.

La Alcazaba medieval

El monte Benacantil presenta una situación estratégica de gran valor, al dominar todo el llano de la Bahía de Alicante. Es por ello, quizá, que fue elegido por todas las culturas que pasaron por estas tierras para su asentamiento, pues en lo alto de la ladera se encontraron restos arqueológicos de la Edad de Bronce y de la época romana. Si bien, la primera descripción que hay acerca del Castillo de Santa Bárbara es de época islámica y se remonta a finales del siglo IX y principios del X. La construcción del mismo se pudo dar como sistema de defensa ante el crecimiento militar de los fatimíes de Egipto, que en ese momento comenzaban a extender su autoridad por la costa del Levante.

El castillo desde lo alto del monte Benacantil

El castillo de Santa Bárbara en lo alto del monte Benacantil | Shutterstock

El nombre actual de la fortaleza, no obstante, surgió tras el final de la ocupación islámica en tierras levantinas, cuando el infante castellano, futuro Alfonso X el Sabio, conquistó la ciudad de Alicante el 4 de diciembre de 1248, día de la onomástica de Santa Bárbara.

En esta zona del Levante confluyeron las dos olas de la Reconquista, la castellana y la catalano-aragonesa. De esta manera, pocos años después de la dominación de Castilla, intervino la presión del norte y Jaume II tomó el castillo, pasando aquellas tierras a manos de la Corona de Aragón y su posterior incorporación al Reino de Valencia, en 1308. Esta ocupación no solo resultó militar, también cultural y lingüística, ya que Alicante fue el último reducto del catalán-valenciano en la costa.

 

Pasadizo empedrado del castillo de Alicante

Parte del interior del castillo de Santa Bárbara | Shutterstock

Pese a la autoridad cristiana, la fortaleza mantuvo su estructura islámica hasta la llegada del monarca Pedro IV el Ceremonioso y la guerra castellano-aragonesa de los “Dos Pedros”, cuyo origen fue precisamente la reivindicación de la Corona de Castilla de las tierras centro-meridionales alicantinas. Como no podía ser de otra forma, los muros del castillo sufrieron daños importantes, por lo que tuvieron que realizarse abundantes obras de reparación a fin de adaptarse a las nuevas formas de lucha. Estas reparaciones siguieron durante el siglo XV, dotándolo de un estilo típico medieval con un nuevo frente amurallado.

El recinto de esta época se le conoce por el nombre “La Torreta”, ya que allí se encuentra la vieja Torre del Homenaje, en cuyos cimientos albergan piedras de la fortaleza árabe original. En este recinto se conservan los vestigios más antiguos de toda la fortaleza situados entre los siglos XI y XII.  En esta primera parte del recinto también se puede ver el Baluarte de los Ingleses y la Casa del Gobernador, así como el “Macho del Castillo”,  que es la explanada más elevada y donde se encontraba la antigua alcazaba. Desde allí se dan las vistas más espectaculares de la ciudad.

El castillo de Santa Bárbara en época moderna

La era moderna sería un auténtico lavado de cara para el Castillo de Santa Bárbara, no solo por la completa e interesada remodelación de sus muros en tiempos de Felipe II, sino también por los daños que sufriría tras la explosión de la mina durante la Guerra de Sucesión.

puerto de alicante desde el castillo

Vistas al puerto de Alicante desde el castillo de Santa Bárbara | Shutterstock

Aunque Carlos I ya había ordenado la fortificación de la ciudad y del castillo a principios del siglo XVI, no fue hasta el reinado de su hijo Felipe II cuando se llevó a cabo la reforma más importante del castillo de Santa Bárbara. El monarca convirtió la fortaleza en una estructura militar renacentista, afectando directamente la estructura defensiva medieval. Entre todas las obras del recinto intermedio destacan el Salón de Felipe II, una muralla que recae frente al mar, la Gran Tenaza, y el Baluarte de la Reina y el de Santa Ana como nuevo sistema de defensa.

La explosión de la mina

El dramático episodio que vivió el castillo de Santa Bárbara y la ciudad de Alicante se desarrolló durante la Guerra de Sucesión (1706-1709) cuando Felipe V y el Archiduque Carlos se disputaban el trono español. La fortaleza vivió uno de los peores momentos de su historia, sobre todo cuando se produjo la explosión de la mina. Al comienzo de la contienda, las naves inglesas dirigidas por el archiduque Carlos bombardearon Alicante hasta hacerse con ella. Cuentan que el castillo sirvió como refugio para muchos de los habitantes. Tuvieron que pasar más de dos años para que los borbones recuperaran la ciudad, momento en el que se produjo el hecho más crítico de toda la contienda.

Ante la dificultad de echar a los ingleses del castillo, Felipe V ordenó excavar una mina llena de pólvora en las entrañas del monte Benacantil que hizo estallar el 4 de marzo de 1709. Muchas de las dependencias del castillo quedaron sepultadas bajo los escombros, como la casa del gobernador o el baluarte. Con la toma del castillo de Santa Bárbara, Felipe V de Borbón recuperaba el último lugar del territorio valenciano que había estado en dominio enemigo.

Interior del castillo Alicante

Parte del interior del castillo de Santa Bárbara | Wikimedia

La ciudad no volvería a vivir otro conflicto como este hasta la Guerra de la Independencia contra Napoleón, ya en el siglo XIX. Temiendo vivir una nueva invasión, los alicantinos decidieron complementar el sistema defensivo de la ciudad con un nuevo castillo, el de San Fernando, en 1813. Para su fortuna, nunca llegó a entrar en servicio, ya que Alicante logró resistir y no caer bajo dominio francés.

A esta parte histórica corresponde el recinto inferior del castillo, que data del siglo XVIII. Allí se ubica el «Revellín del Bon Repós”, donde actualmente se celebran diferentes exposiciones.

La Prisión militar de Santa Bárbara

A partir del siglo XIX, el castillo de Santa Bárbara fue perdiendo la importancia militar que le había caracterizado desde los tiempos más remotos, convirtiéndose en una prisión militar. En sus calabozos albergaron personas anónimas y algún que otro personaje histórico, como el general Juan Prim.

Castillo de Santa Bárbara en el siglo XIX

El castillo de Alicante en 1875 | Wikimedia

El castillo pudo vivir su última defensa militar en 1873, cuando rebeldes de Cartagena trataron de tomar la ciudad desde la Bahía de Alicante durante la I República. Los alicantinos, organizados por Eleuterio Maisonnave, defendieron la ciudad desde el puerto y el castillo con éxito. Años después, en 1893, el Gobierno retiraría la artillería del Castillo de Santa Bárbara, al considerar que ya no ofrecía ningún interés táctico.

Posteriormente, en 1919, se convirtió en una especie de hospital para los enfermos de cólera y algunos mendigos. Sin embargo, el curso de la vida llevaría a recuperar la función presidiaria del castillo durante la guerra civil y la posguerra, siendo usado como lugar de detención por las tropas franquistas.



 

La leyenda de la Cara del Moro

A su notable pasado también le acompañan otras tradiciones e historias populares que, a pesar del paso del tiempo, siguen atrayendo el interés de todo el que las escucha. La más popular entre todas es la leyenda de la Cara del Moro, un relato amoroso que da nombre a la falda del monte Benacantil.

Una de las puertas del castillo

Una de las puertas del castillo con vistas al mar | Wikimedia

Cuenta la leyenda que cuando las tierras alicantinas se encontraban bajo dominio musulmán, la ciudad estaba gobernada por un califa árabe. De entre todos sus vástagos, sentía una gran predilección por su hija Cántara, quien destacaba por su gran belleza. Cuando la joven alcanzó la mayoría de edad, el califa decidió desposarla. Entre la gran cantidad de pretendientes que se presentaron, solo dos se ganaron el beneplácito del padre: el general cordobés Almanzor y un joven noble llamado Alí.

Ante la duda de a quién escoger entre los dos candidatos, el califa decidió que los encantos de su hija solo corresponderían a aquel que mejor supiera cortejarla. Sin pensarlo dos veces, Almanzor corrió hacia la India en busca de las mejores sedas y especias. En cambio, el humilde y bondadoso Alí se decidió por abrir un canal que llevase agua desde el municipio de Tibi y así poder permanecer cerca de la joven. Así fue como Alí se ganó el amor de Cántara.

Cuando Almanzor regresó de su viaje cargado de regalos para la princesa, el califa quedó tan encantado que decidió entregar la mano de su hija al general cordobés. Esta desgarradora noticia impulsó a Alí a precipitarse al vacío, cuyo  impacto del cuerpo con el suelo abrió la tierra en dos y, milagrosamente, empezó a brotar agua del fondo del barranco. Hoy este lugar es conocido como Pantano de Tibi.

la cara del moro

La Cara del Moro en el monte Benacantil | Shutterstock

Al enterarse Cántara del triste final de su amado, la princesa decidió seguir su mismo destino y se lanzó al vacío desde la sierra de San Julián. La pérdida de su hija hizo que el califa muriera de pena. Cuentan que, desde entonces, el rostro del califa quedó grabado para siempre en la falda del monte Benacantil, emblema que hoy se conoce como Cara del Moro. Por esa razón, los vecinos sobrecogidos por el romance de los jóvenes, decidieron unir los nombres de Alí y Cántara para cambiar el nombre de la ciudad por el de Alicante. Desde la playa del Postiguet se puede observar lo que parece el perfil de una cara en las montaña del castillo. Esta es una de las imágenes más icónicas de la ciudad costera.