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Entre acogedoras montañas, imponentes valles y carreteras tranquilas, resiste Búbal, una pequeña localidad de piedra que, parece, ha tenido que entregarse a una existencia llena de lucha. Por circunstancias diferentes, ante enemigos distintos, pero siempre en el mismo escenario. Perseveró, como sus vecinos, ante los invasores de la Galia, la antigua Francia, que dio nombre al río Gállego tan característico de la zona. Su historia habla de tiempos en los que tuvo que enfrentarse a todos aquellos que quisieron, y no pudieron, conquistar el Valle de Tena. Un valle majestuoso, sereno, antiguo como el tiempo, que lucha hoy en día, como puede, contra otro temido enemigo: la despoblación. El vacío y el abandono.

Resistió esta pequeña localidad: Búbal. A su manera, en su propia historia. Trató de combatir a esa inmensidad de los Pirineos, a ese abandono, a un embalse y a las inundaciones, pero cayó ante estos últimos. Búbal fue abandonado a finales de los años sesenta, pero también esto forma parte de su historia antigua. Poco a poco, ha vuelto a llenarse de vida. Búbal es otro de esos pueblos que han conseguido renacer, llenarse de esperanza y confiar en una nueva era.

Embalse de Bubal en el valle de Tena

Embalse de Bubal | Shutterstock

El abandono antes del renacimiento

Como Granadilla y Umbralejo, en 1987 pasó a formar parte del Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados, conocido simplemente como PRUEPA. Estos preciosos espacios, antaño habitados, se aprovechan dentro de un proyecto educativo que involucra a jóvenes de toda España. Gestionado desde hace una década por el Gobierno de Aragón, Búbal puede presumir de ser uno de los mejores entornos en los que aprender sobre naturaleza, convivencia y recuperación cultural.

La historia de Búbal es semejante a la de Granadilla. Sus habitantes, apenas 90 a mediados del siglo pasado, tuvieron que dejar atrás sus casas, sus vidas, los lazos que habían creado entre ellos. La Confederación Hidrográfica del Ebro expropió el pueblo. Su objetivo: construir el embalse de Búbal. Aunque hoy en día constituye uno de los paisajes más impresionantes de nuestro país, las aguas de este embalse provocaron la marcha de sus habitantes. Las tierras de las que se servían para subsistir quedaron anegadas y, con el paso del tiempo, cruel cuando se le deja, muchos de los hogares se vinieron abajo. La piedra se fundió con la naturaleza de la zona y durante veinte años no hubo otra cosa que ese silencio escalofriante de las montañas.

Uno de los bosques que rodean el embalse de Búbal

Uno de los bosques que rodean el embalse de Búbal | Shutterstock

La reconstrucción del pueblo comenzó a mediados de los años ochenta, cuando Búbal fue uno de los elegidos para formar parte de PRUEPA. Por entonces, todavía no eran plenamente conscientes de que, un día, cientos de niños y niñas llegarían a disfrutar de la calidez de estos nuevos hogares. Cada año, desde hace tres décadas, decenas de institutos de toda España tienen la oportunidad de apuntarse a este proyecto educativo que promueve el acercamiento de los jóvenes a la vida rural.

Tal vez no haya lazos de sangre en las calles de Búbal, pero durante los días en los que está en marcha el proyecto se crean auténticas familias. Así lo aseguran quienes han tenido oportunidad de vivir esta experiencia. Una experiencia que ha vuelto a llenar estas calles antiguas de voces, de pasos, de griterío, de cariño, de alegría y de historias.

Pasado, presente y futuro

Las tradiciones de los Pirineos, su forma de vida y sus creencias, sirven como base para que se desarrollen actividades que enseñan a estos jóvenes a respetar los entornos rurales y naturales. También a respetarse a sí mismos, a respetar a los compañeros, a su historia, nuestra historia, y al futuro que tienen por delante. Los talleres destinados a este fin toman formas diferentes, pero el fondo es siempre el mismo: conocer la vida rural, respetarla y amarla. Conocerse a sí mismos.

Dentro de este programa encontramos talleres de telares, albañilería, mantenimiento, carpintería o incluso pastoreo, con la colaboración de las personas de la zona. También excursiones diversas a localidades vecinas que, de momento, no han conseguido renacer. Quién sabe si terminarán haciéndolo, tal vez, incluso, gracias a estos jóvenes que en una edad crucial comprendieron la importancia y el valor de lo rural.

Búbal

El pueblo de Bubal, provincia de Huesca | Wikimedia

Jóvenes que disfrutan del tiempo libre, de entretenimientos diversos y de rutas de senderismo en las que el camino conduce a un haya milenaria, lugar de reunión de antiguos aquelarres. El origen celta de estas montañas permite que parte de su cultura esté condicionada por la existencia de brujas, druidas y otras figuras que no han dejado de impresionarnos siglos después. Muchos talleres tienen que ver con el descubrimiento, y el disfrute, de lo que hoy es leyenda pero antaño fue costumbre.

Todavía visitan este pequeño rincón del Valle de Tena quienes un día lo habitaron, con el mejor ánimo de compartir sus propias vivencias y sus enseñanzas. También para evitar caer en otro enemigo relacionado con el tiempo: el olvido. Búbal, como Granadilla, no olvida su origen pero, como todos nuestros pueblos renacidos, busca un futuro. Una nueva vida.