Riaño, la descomunal belleza renacida de las cenizas

El banco más bonito de León, Riaño

En la parte oriental de los Montes de León, la antesala a los Picos de Europa, se muestra, imposible decir se esconde, un hermoso paraje. Las montañas son cobijo y guardianas de un embalse que acaricia las orillas de un pequeño pueblo. Idílico. De cuento. Mágico. Y todos esos adjetivos que muchos verán reflejados en los trazos de Riaño.

En el agua, paseos en barco, piraguas, incluso paddle surf. En la tierra, senderismo, escalada, alpinismo. Pura naturaleza, podría pensarse. Pero hace 40 años Riaño no era esto. Riaño siempre ha sido verde, sí. Pero el tizne azul del agua vino de la sangre escurrida de las manos de un embalse no deseado. Un embalse que anegó siete pueblos y parte de otros dos bajo sus aguas. Pueblos que ya no son. Pueblos a los que ya nunca se podrá volver. Riaño es este hermoso paisaje y la herida que aún hoy supura dolor.

Parque Regional Montaña de Riaño y Mampodre
Parque Regional Montaña de Riaño y Mampodre, desde el pico Gilbo, una de las rutas que se pueden hacer en la zona | Shutterstock

“El asesinato del pueblo donde yo nací”

“Riaño es un pueblo nuevo nacido de un accidente de la vida. Bueno, más bien de un asesinato, el asesinato del pueblo donde yo nací”. Con estas palabras Alfonso González, vecino de Riaño y presente en la demolición del paisaje precedente, se refería al que fue su hogar durante 22 años en una entrevista publicada por RTVE en el año 2010. El conocido como Fonso en el pueblo, acaba de publicar, por cierto, una novela titulada Tocan las campanas a Concejo, un libro que narra la lucha vecinal que se libró en Riaño.  Pero, ¿qué fue tan grave que aún después de 30 años no se puede olvidar?

Riaño es un municipio y una villa alojada en el cruce de carreteras entre Asturias, Cantabria y Palencia. Se eleva a 1.133 metros sobre el nivel del mar en un León integrado en la Cordillera Cantábrica, de la que forma parte. Es también el pueblo más joven de la provincia, puesto que fue levantado en 1987 como cruel sustituto del viejo Riaño, aquel que quedó enterrado por el embalse junto a otros seis pueblos y parte de otros dos. Así, los escombros de Anciles, Salió, Huelde, Éscaro, La Puerta, Pedrosa del Rey, Riaño y parte de Burón y Vegacerneja se deslizan bajo la superficie de este bello páramo.

Antiguo puente del desaparecido pueblo de Pedrosa del Rey
Antiguo puente del desaparecido pueblo de Pedrosa del Rey. Cuando el nivel del embalse está muy bajo aún se le puede ver. | Shutterstock

El viejo Riaño

Antes de quedar anegado por las aguas, Riaño era un valle habitado por aquellas nueve poblaciones. Uno en el que la ganadería consistía en la principal fuente de riqueza. De hecho, desde mediados del siglo XIX, era referente pecuario para toda la provincia leonesa. También el campo era un medio de subsistencia para aquellos paisanos, junto con un sector turístico que proliferaba a buen paso. Un vecino y una vecina recordaban en la entrevista de RTVE que “en el Riaño de antes tenías de todo”. “Había dos farmacias, llegó a haber cuatro panaderías, un campamento nacional, un parador de turismo, juzgado de primera instancia, un par de ferreterías y de alimentación por lo menos media docena de tiendas…”, afirman.

Una sombra sobre Riaño

Sin embargo, ya a principios del siglo XX una sombra de alas negras comenzó a planear sobre aquel paraíso natural. El nombre de Riaño se incluyó por primera vez en un plan de obras hidráulicas que preveían un nuevo futuro para este municipio leonés. Por suerte, aquel proyecto quedó paralizado en el limbo durante décadas. Mientras tanto, el tiempo no pasaba en balde para España. El país atravesó el final de una monarquía, el inicio y fin de una república y una guerra civil. Fue ya en 1963, con un franquismo ya maduro y asentado, cuando aquella amenaza asomó sus temibles garras de nuevo.

Aquel año el Plan Hidrológico Nacional, en plena vorágine de construcción de pantanos, volvió a fijar su vista sobre Riaño. En 1965 las obras empezaron y la sombra cobró forma propia con la construcción de un descomunal muro de hormigón de 110 metros de altura, que se terminó en 1971. Pero las obras volvieron a quedar paralizadas de nuevo durante más de 10 años. ¿Por qué?

Riaño
Vistas del pueblo de Riaño junto al embalse | Shutterstock

“El proceso de expropiaciones fue todo un disparate porque no se evaluaron los bienes y seguidamente se indemnizó, sino que en ocasiones pasaron muchos años, nadie reclamó nuevas tasaciones, nadie asesoró a los vecinos.. ”, afirmaba el que fuera alcalde de Riaño en los años 80, Guillermo Hernández. En 1975 a la empresa que tenía la contratación de las obras se le rescindió su contrato. Franco murió y el país entero permanecía pendiente de un futuro incierto. La construcción del embalse debería de esperar. Con la llegada de la democracia, los riañeses empezaron a creer que el proyecto no seguiría adelante.

La construcción del embalse, una garrota como símbolo de impotencia

Llegó entonces el año 1983, momento en el que se celebraron las primeras elecciones de la Junta de Castilla y León. Jaime González, que fue elegido como consejero de agricultura, le propuso al gobierno central retomar las infames obras del embalse. El Gobierno de Felipe González accedió. La sentencia de aquellos nueve pueblos estaba firmada con la excusa de que así podrían regarse decenas de miles de hectáreas de las tierras del sur de León. Anegar unas tierras y regar otras. Dar vida a unos y matar a otros. Así fue.

En 1986 las obras se retomaron. Aquel año se tiró parte del municipio para construir el viaducto. En 1987 máquinas y policías volvieron para acabar el trabajo. En medio quedaron cargas policiales, vecinos asidos a los tejados de sus casas y gente que se quedó sin nada, sin su ganadería, sin sus casas, sin sus raíces. La fotografía disparada por Mauricio Peña que dio la vuelta al mundo como síntesis de la impotencia y del dolor. En ella, el vecino Vicente Alonso empuñaba una garrota en un arrebato de rabia, una garrota contra los agentes. Su hermana Paz interponiéndose en su camino. Los vecinos no abandonarían sus casas sin prestar lucha. Lo peor de todo fue el suicidio de Simón Pardo, un inquilino que no pudo soportar la situación.

Aún con todo, las máquinas de demolición echaron abajo el municipio. En total, 60 viviendas fueron derruidas y desalojadas a la fuerza. Al menos 33 familias abocadas al exilio. Tras la debacle, muchos se fueron de Riaño, sobre todo los jóvenes. Otros se enfrentaron a un nuevo hogar que se presentaba yermo y extraño. Un Riaño sin Riaño. Al principio tuvieron que asentarse en segundas residencias, en hoteles, en viviendas de familiares, en tiendas de campaña… Ya que, por entonces, del Nuevo Riaño solo estaba edificado el ayuntamiento y alguna casa particular.

El nuevo Riaño

“Ahora la vida nuestra se va, porque nosotros vivimos con esto, con lo llano, y esto queda tapado de agua. Yo recogía unos 16, 18, 20 kilos de albahacas y ahora no tengo dónde recoger nada. Y el ganado hubo que venderlo porque, si no, estábamos expuestos a perderlo”, relataba uno de los antiguos residentes de Riaño. La población disminuyó de forma drástica: en los años 70 había más de 1500 personas y en los 90 apenas 500.

El banco más bonito de León, Riaño
El llamado banco más bonito de León, Riaño | Shutterstock

Por suerte, los vecinos de Riaño han sabido reinventarse y, aunque con gran pesar, muchos se pasaron de la ganadería a la hostelería o el ladrillo, apostándolo todo por un nuevo estilo de vida: el turismo. Aunque ha habido años difíciles, parece que el pueblo vive ahora un buen momento. El pantano, que no ha cumplido ni de lejos la función para la que se concibió, se usa ahora como espacio recreativo. Un banco reposa junto a la ermita de Nuestra Señora del Rosario, bautizado con el nombre de “banco más bonito de León”. El columpio más grande de España también se instaló hace no mucho aquí, un columpio de ocho metros de altura que se balancea sobre un paisaje de ensueño.

El columpio más grande de España
El columpio más grande de España, Riaño | Shutterstock

Del enclave que pereció bajo las aguas del embalse quedan algunos vestigios. La iglesia de San Martín fue trasladada piedra a piedra desde el sepultado Pedrosa del Rey. La plaza de Cimadevilla acoge entre sus límites más retales de otro tiempo. Un hórreo, un potro de herrar o un chozo de pastores son algunos de los elementos que se agolpan en la explanada. Aún más antiguas son las piezas que se exponen en el Museo Etnográfico, que exhiben otros estilos de vida de épocas muy remotas. Además del turismo activo en embalse, las rutas que ofrecen las montañas.

Riaño forma parte de uno de esos pueblos renacidos que ha luchado con uñas y dientes para volver a salir a flote. Se trata de un pueblo perfecto para el descanso o, todo lo contrario, para la actividad física. Pero, en cualquier caso, un pueblo perfecto para desconectar. Mientras tanto, los vecinos se encargan de que la memoria no se pierda porque como reza una canción “aunque mi tierra no exista, yo la llevo aquí en mi ser”.