Utilizando un Ojo de Buey perforado en la roca para contemplar el cielo es fácil soñarse pasajero de un barco flotante. Un navío que navega entre montañas y nubes sobrevolando la parte central de Asturias, persiguiendo los rayos del sol. Allí, casi a punto de coronar el Pico de Peña Mea, parece imposible hallarse a menos de 40 kilómetros de la capital del principado, Oviedo. Increíble imaginar el paseo marítimo de Gijón bordeando el mar a condición de recorrer 50 kilómetros.

La ciudad, en esta montaña caliza, se vuelve únicamente un susurro que se pierde entre sierras, cordilleras y valles. La panorámica es absorbente, dejando las pupilas adheridas al verde intenso que colorea los prados del Valle del Nalón. Solo un anticipo para una visión donde las tonalidades cambian y transforman el paisaje. La introducción de una travesía que exige sumergirse, dejarse mecer por las corrientes de aire como un ave migratoria, hasta llegar al final del viaje.

El ascenso para dibujar un círculo en el cielo

Entre Laviana y Aller se encuentra el Cordal del Retriñón, un conjunto montañoso que separa las aguas de los ríos Caudal y Nalón. Lugares, testimonios de la historia minera de Asturias, donde la naturaleza, recuperada de un pasado teñido de carbón, palpita con fuerza. Un latido que empieza a sentirse, muy adentro, cuando se dan los primeros pasos por la zona.

Coronando estas elevaciones rocosas de la parte central del Principado está Peña Mea. 1557 metros hacia el cielo que sirven como un punto de encuentro invisible de los vértices del triángulo Oviedo, Gijón y Avilés. Una montaña famosa por albergar un secreto de 20 metros de diámetro agujereado en La Canal de las Cuevas, el Ojo de Buey. Una erosión kárstica abierta en el macizo de piedra caliza.

Impresionante primer plano del Ojo de Buey, contemplado desde abajo

Impresionante primer plano del Ojo de Buey, contemplado desde abajo | Shutterstock

Es posible comenzar una ruta de ascenso hacia L’Arcón tanto desde Aller como tomando Laviana como punto de partida. Eligiendo la primera opción, Pelúgano será la línea de salida. Allí puede dejarse el coche, junto a la Iglesia del barrio alto, para iniciar la subida. Siguiendo un camino que recorre la parte alta del pueblo se accede a una pista que, al cabo de un rato escalando metros, regala unas hermosas vistas. El pueblo de Pelúgano, con sus casas bajas y sus hórreos, se despide esperando el regreso de los caminantes.

Tras alcanzar la Casería de La Vallina, la ruta se pierde y se encuentra entre prados color esmeralda, hasta la Fuente de El Truncu, muy cerca de La Collá de Pelluno. El ganado vigila los movimientos de los senderistas, reposando aquí y allá, a lo largo de las praderías del Cerro. Antes de subir la Collada de Pelúgano surge un cruce de caminos. Tomando uno a la derecha se encuentran unas cabañas de piedra que parecen sacadas de una pintura, tan realista que es posible tocarla.

La Canal de las Cuevas aparece de repente, como parte de un camino que se va estrechando. Esta parte indica la incipiente llegada, que ya puede adivinarse. Un último esfuerzo conduce a la vista más esperada, el azul a través del Ojo de Buey. Subiendo todavía un poco más, la cara Oeste de esta escultura kárstica parece enmarcar un paisaje en un círculo milenario. Pero las sorpresas no terminan aquí. Merece la pena coronar Peña Mea para contemplar un panorámica irrepetible, el Torres, el Retriñón, el oriente asturiano, a casi 1600 metros de altitud.

Paisaje de Valle de Pelúgano, en ascenso hacia el Ojo de Buey

Paisaje de Valle de Pelúgano, en ascenso hacia el Ojo de Buey | Shutterstock

Si la ruta desde Pelúgano escenifica toda la magia de la montaña asturiana, lo mismo sucede empezando el camino desde Laviana. En este caso, partiendo desde la pequeña capilla de Les Campes, un camino guía los pasos hasta Collado Pelúgano. De nuevo, el Ojo de Buey. De nuevo Peña Mea. Pero esta vez, el descenso por Collada Doñango marca el fin de la ruta. Un regreso a tierra firme, que obliga a dejar atrás una embarcación estratosférica en la que… ¿Quién sabe? Quizás hayan navegado el cielo antepasados, habitantes de este occidente verde llamado Asturias.

Recorrido por los alrededores

Una apertura kárstica en la roca, descubriendo un océano de cielo y nubes, es una meta de la que cuesta mucho apartar los ojos. Pero los alrededores pueden convertirse en un fin en sí mismos. Un recorrido por pueblos, valles y riberas. Bosques habitados por espíritus, destellos de hades y bruxes que se ocultan entre una espesura de cuento. Ramas de Abedules, castaños, hayas y robles juegan con la luz del sol y dialogan con las ráfagas de viento.

Puente del Arco sobre el río Nalón, en Laviana

Puente del Arco sobre el río Nalón, en Laviana | Shutterstock

Si hay suerte, puede que una curuxa insomne se ofrezca a guiar los pasos de los que visitan este territorio mágico, vestido de una diversidad de flora y fauna de leyenda. Cuando cae la noche, los murciélagos de herradura se acercan a las farolas de los pequeños pueblos. Uno, Laviana, novelado como La aldea perdida por la pluma de un vecino ilustre, Armando Palacio Valdés. Un paseo por la zona invita a cruzar puentes, como el de la Chalana o el del Arco. Pero también a quedarse en la misma orilla visitando la iglesia parroquial de Pola de Laviana o el edificio que alberga el Ayuntamiento.

La denominación Alto Nalón une Laviana con los territorios de los concejos de Caso y Sobrescobio, mucha de cuya geografía se encuentra en el Parque Natural de Redes. Un increíble espacio natural declarado Reserva de la Biosfera de la UNESCO desde 2001. Adentrarse en él significa caer preso de un tiempo marcado por las estaciones y los pasos de unos habitantes, escondidos a la sombra de estas palabras. Osos pardos, urogallos, alimoches y lobos cuyos aullidos pueden verse cruzando el firmamento claro del verano.

Curso del río Nalón en un paisaje otoñal del Parque Natural de Redes

Curso del río Nalón en un paisaje otoñal del Parque Natural de Redes | Shutterstock

Aller presenta un paisaje que aparece herido por profundos surcos en la roca, abiertos por el cauce de los ríos que surcaban las montañas. Gargantas que gritan su nombre, Las Hoces de Aller y las del Pino, un monumento natural que vale la pena conocer. Es posible también seguir los pasos de antiguos pastores a través de rutas por bosques y tierras de pastos. Retroceder en el tiempo, en medio de la penumbra de una cueva prehistórica. Perderse cerca de orillas sombreadas, dormitar bajo el arrullo de trinos y gorjeos. Desconectar.

La historia de estas tierras se entreteje con una naturaleza indomable, trazando dibujos de tiempo y espacio. Es conveniente repasarlos con la mirada atenta y el alma dispuesta a emprender un viaje que significa mucho más que caminar kilómetros o escalar montañas. Una travesía en la que, contemplando la vista a través de un Ojo de Buey, es fácil olvidar y recordarlo todo al mismo tiempo, gracias al milagro de la naturaleza.