Las ciudades más antiguas de España son el eco de un tiempo pasado. Una impronta imborrable que ha quedado marcada en los actuales mapas, representante de un pasado que las vio nacer y crecer. No importa dónde señale la brújula, porque la geografía española ofrece historias magnéticas que imantan presente y pasado. Como dos polos cargados de millones de días y noches transcurridos, cuyo legado permanece, ajeno al paso del tiempo.

Es posible acercarse a estas antiguas ciudades en el norte, sobrevolando nubes grises y compactas, contemplando las milenarias piedras que erigen la Catedral de Santiago de Compostela, surcando el océano hasta las Islas Baleares. Pueden encontrarse también rozando con la punta de los dedos el perfil blanco de la Bahía de Cádiz. Continuar el viaje planeando sobre los tejados de la zaragozana Basílica de El Pilar, o alcanzando el Valle de Arán, en tierras catalanas, explorando Lleida. Romanos, fenicios o celtas, antepasados de hierro o bronce, fueron los encargados de plantar semillas que han viajado en el viento. Volando entre arena y polvo, hasta germinar en las palabras de este texto.

Santiago de Compostela

Este lugar mágico, capaz incluso de transformar la lluvia en arte, se convirtió en ciudad gracias a la intervención de Teodomiro, obispo de Iria Flavia. Este, tras entrevistarse con Pelayo, un ermitaño que habitaba aquellas tierras, supo de la presencia del sepulcro del Apóstol Santiago, y enseguida lo puso en conocimiento de la Iglesia.

No tardó en llegar Alfonso II de Asturias que ascendió, para comprobar en persona su existencia, a lo alto del Monte Libredón. Tras corroborarlo, Santiago pasó a ser Santo Patrón del Reino de Asturias. Convertido en un principal centro de peregrinación, se le dotó de carácter urbano, aunque había constancia de asentamientos romanos anteriores, y de un mausoleo del siglo I, al que ya acudían algunos creyentes.

El espíritu religioso y casi divino que hilvana la historia de Santiago es también el responsable de la coincidencia de la fecha de fundación oficial de la ciudad, con la de la construcción de la primera iglesia, en el año 830. Más tarde, un ataque musulmán que dejó la ciudad prácticamente destruida, salvándose únicamente el sepulcro del Apostol. Fue Diego Gelmirez el que impulsó, en el siglo XI, una reconstrucción realizada a su alrededor. Y la construcción un hermoso templo, con la consideración de Catedral Metropolitana. Responsable también del Codex Calixtinus y la Historia Compostelana, fue un visionario, capaz de adivinar la importancia que iba a tener esta ciudad. En todo el mundo, en toda época.

Catedral de Santiago de Compostela

Catedral de Santiago de Compostela | Shutterstock

En el siglo XII, el Camino de Santiago fue reconocido oficialmente a través de la declaración del 1122 como el primer Año Santo Jubilar. Eso no fue más que el principio del camino, en todos los sentidos. Pues el significado de la peregrinación ha trascendido al propio terreno por el que discurre.

Llegar a Santiago de Compostela, recorrerlo e incluso imaginarlo, es casi un sentimiento espiritual. Igual que alcanzar la compostela, contemplar la fachada de la catedral desde el centro de la Plaza del Obradoiro. Acercarse, frente con frente, al Santo dos Croques. Aspirar el incienso del humo del botafumeiro, asistir a la misa de los peregrinos, traspasar la Puerta del Perdón… Cerrando los ojos es posible conjurar el trazado de la antigua muralla medieval, aunque conviene abrirlos para apreciar el Arco de Mazarelos. O la torre y el foso que se conservan tras un cristal en la Rúa Senra, número 18.

Caminar esta ciudad significa perderse en un túnel del tiempo. Rodearse de pasados que flotan entre las diminutas gotas del orballo gallego, o se reflejan en el brillo de las piedras medievales que pueblan sus calles. Antes de despedirse, es obligado contemplar una última vez la catedral, un sueño que el Maestro Mateo materializó para la posteridad, deseando volver a contemplarlo de nuevo.

Cádiz

La historia se refleja en el azul de la Bahía de Cádiz como en un espejo. Fluctúa en las olas, el ir y venir de distintos pobladores y épocas. La tradición, en palabras del historiador Patérculo, cuenta que se fundó en el año 1104 a. C, tan solo 80 años después de la Guerra de Troya. Según el geógrafo romano Estrabón, la fundaron los fenicios que llegaron desde Tiro, el actual Líbano, cumpliendo los designios de un oráculo. El nombre, Gadir, se refería a la muralla que rodeaba la ciudad, ya que así llamaban los fenicios a los recintos amurallados. Su forma era muy similar a la de otros asentamientos fenicios vinculados al agua, como Asido Fenicia, la Medina Sidonia actual, también situada en la provincia de Cádiz.

Una isla, separada de la Península por un estrecho canal, el actual Caño de Sancti Petri, que además disponía de acceso a los ríos Guadalete o Iro, era el lugar ideal a efectos estratégicos, defensivos y comerciales. Agradecidos por las condiciones favorables, los marinos fenicios construyeron en la ciudad distintos templos. A la Diosa Astarté y al Dios Melkart, con el tiempo mimetizado con la figura romana de Hércules. De su fe dan muestra distintas figuras religiosas que hoy en día pueden contemplarse en el Museo de Cádiz. Su carácter marino se representaba en el puerto natural entre las islas de Eritheia y Kothinoussa, San Fernando y San Pedro. Guardaba similitud con asentamientos fenicios cercanos como el Cerro del Prado o Doña Blanco.

Antigua catedral de Cádiz | Shutterstock

Antigua catedral de Cádiz | Shutterstock

La huella fenicia va más allá de las palabras narradas en antiguos textos, y se vuelve sólida en la antigua necrópolis, redescubierta como fenicia a principios del siglo XX por el arqueólogo Pelayo Quintero. En el solar de su casa se descubrió un sarcófago antropomórfico femenino que se unió a uno masculino hallado con anterioridad.

Estos, junto a los objetos cotidianos aparecidos durante la construcción del Teatro Cómico, además de los sustratos de historia conservados en el espacio entre catedrales, son pistas indispensables para perseguir el pasado fenicio de Cádiz. El yacimiento de la Calle Ancha sirve como último golpe de efecto. Con sus sardas de Túnez, Cartago y una inscripción de caracteres fenicios hallada en un plato. Todo ello esperaba, dormitando, a que Gadir fuese redescubierta.

Mahón

Vista panorámica de Mahón

Vista panorámica de Mahón | Shutterstock

La geografía de esta ciudad isleña acoge el punto más oriental del territorio español, y atesora uno de los puertos naturales más importantes del Mediterráneo. Motivo por el que Mahón se convirtió en una zona disputada y deseado por tantos pueblos a lo largo de su historia.

Al igual que ocurre con el resto de la Isla de Menorca, los primeros asentamientos en Mahón se vinculan con la Edad de Bronce, la cultura argárica y su representación en los talayots. Pero fue el hermano del general Aníbal el que, tras tomar Menorca, anteriormente en manos de griegos y fenicios, la colocó en el mapa de los lugares más disputados de la antigüedad.

Desde ese momento, en el siglo III a. C, comenzó un desfile de pretendientes que intentaron y, en ocasiones, lograron, añadir Mahón a sus territorios. Así, en el 123 a. C, las tropas de Quinto Cecilio Metelo la convirtió en Portus Magonis, parte del Imperio Romano, y un enclave privilegiado y próspero. Pero la querencia por Mahón, por parte de otros pueblos, no cesó y fue víctima de sucesivos ataques.

La caída del Imperio romano la colocó en manos de los vándalos, llegados del Norte de África y, más tarde, de los bizantinos, gracias a la intervención de Flavio Belisario, en el año 534. Finalmente fue anexionada al Califato de Córdoba y, en el siglo XIII, conquistada para el reino de España por Alfonso III de Aragón.

Las vicisitudes de Menorca y el puerto de Mahón se sucedieron, intermitentes e insistentes. Los habitantes del lugar se encontraron protagonizando, el 4 de septiembre de 1535, una de piratas, cuando las tropas de Barbarroja asaltaron la ciudad, tomando venganza por la victoria de Carlos V en Túnez. El pirata y sus compinches engañaron a propios y extraños vistiendo su flota con la bandera del emperador, y tomando por sorpresa a los habitantes del lugar.

Con la ciudad devastada y la resistencia local aniquilada, las autoridades de Mahón vendieron la villa a sus verdugos, en pago a un prometido respeto a sus propiedades. Finalmente, esta decisión supuso un alto precio para aquellos que comerciaron con la titularidad dela ciudad, que fueron públicamente ajusticiados, e implicó también la decisión de fortificarla ante el temor de futuras incursiones enemigas.

Felipe II ordenó la construcción del Fuerte de San Felipe, ingente obra de ingeniería militar que no consiguió evitar el traspaso a manos inglesas de la Isla de Menorca, primero durante la Guerra de Sucesión y, más tarde, voluntariamente, a raíz del Tratado de Ultrech. Los británicos convirtieron a Mahón en capital comercial y militar.

Bajo su tutela vivió un esplendor apreciable, en la actualidad, durante un paseo por la ciudad. Basta contemplar el Ayuntamiento y su reloj, el primero de tipo mecánico que tuvo la isla, adquirido en el siglo XVIII por Richard Kane, gobernador de la isla. Las influencias británicas se perciben en las arquitecturas que visten las calles, narrando épocas de opulencia y prestigio. Aunque también es posible adivinar un pasado anterior en el Bastión o Pont de Sant Roc, donde se situaba la entrada y salida de la ciudad.

Tras distintas conquistas y reconquistas, en medio de las que Carlos III ordenó la demolición de San Felipe, se construyó, por mandato de Isabel II, la Fortaleza de la Mola. Todavía puede visitarse. Su enorme tamaño la convirtió en una armadura que envolvió a Mahón en un manto de paz y calma. Ahora es posible recorrer la ciudad sin temor a un asalto pirata, o un ataque de ansiosos conquistadores.

Pasear sus mercados, el del Pescado o del Claustro, la Calle de Isabel II o visitar la Iglesia del Carmen, junto al claustro del mismo nombre, siempre es un placer. Pero el Puerto impone su presencia, desgranando sus islas en las aguas, cada una con sus historia, la del Rey, la del Lazareto, la de la Cuarentena y la Pinto. Más de cinco kilómetros de un corte de costa que se adentra en la isla, inevitable, indescifrable. Incluso para el que se detiene un momento a pensar todo lo que ha vivido.

Lleida

La vida de la más antigua de las ciudades catalanas data del siglo VI a. C. Con el nombre de Iltrida, poblada por los ilergetes, bajo el mando de los jefes Indíbil y Mandoni, se alió con los cartagineses. Buscaba defenderse del ejército romano. Pero la victoria de estos, en la batalla del Ebro, fue inevitable y el territorio pasó a llamarse Ilerda. Hubo varios intentos de sublevación por parte de los indígenas que terminaron con la muerte de los caudillos y, al final de la segunda guerra púnica, con la adaptación indígena a la cultura romana. Incluso las murallas de la ciudad fueron escenario de una batalla, inmersa en la Guerra Civil romana, entre Julio César y Pompeyo Magno.

Las crónicas se refieren a Ilerda como una provincia creada en tiempos de Augusto. La describen como una ciudad fortificada, con tierras fértiles y un puente de piedra. Los bárbaros la arrasaron, dejándola estéril y sumida en una época de oscuridad y temor durante mucho tiempo. Después, los musulmanes la tomaron, al igual que hicieron con Monzón y muchos otros territorios de la Península Ibérica.

Existen pruebas de que, durante esa época, convivieron en la ciudad otros cultos religiosos, pues se conoce la existencia de un barrio mozárabe situado a la derecha de la Calle Cavallers. La presencia de cierta población judía la verifica el fossar dels jueus, existente en una Lleida musulmana, que comenzó su declive con la muerte de su último rey, Sulayman.

Ya en el siglo XII se le otorga la Carta de Población como ciudad cristiana, rendida a las tropas de Ramón Berenguer IV y Ermengol VI. A partir de ese momento el desarrollo de la ciudad es continuado en muchos aspectos. Empezando, en el siglo XIV, por la creación del primer centro de enseñanza superior de la corona aragonesa, el Estudi Generali. Hasta la transformación del Palacio de los Sanajüa en Palay de la Paeria, como sede gubernamental. O la edificación del Hospital de Santa María, aún en pie.

Interior de La Seu Vella, Lleida

Interior de La Seu Vella, Lleida | Shutterstock

Pasaron años, transcurrieron tiempos de guerras y enfermedades para una ciudad que fue perdiendo el brillo, hasta quedar completamente en ruinas. Así la encontró Felipe V a su entrada. Hubo que esperar hasta el siglo XVIII, con la construcción de la Catedral Nueva, bajo el régimen de Carlos V, para ver resurgir a Lleida de nuevo. Empresa que hubo de acometer una vez más tras la invasión napoleónica, y que impulsó agarrándose con fuerza a la llegada del ferrocarril en 1860. Lleida no dejó pasar su tren y creció, más fuerte y mejorada, adornada por los jardines de los Camps Elisis, dos catedrales y un guardián, el Castillo del Rey, vigilante ante los susurros del pasado, traídos con la brisa desde el Valle de Arán

Zaragoza

Pensar en Zaragoza conduce, casi de forma automática, a perfilar, con los párpados cerrados, la silueta de la Basílica de El Pilar. Pero la ciudad nació, creció y respiró mucho antes de albergar este tesoro barroco, primer templo mariano de la cristiandad, según cuenta la leyenda.

El territorio de la actual Zaragoza ya estaba habitado sobre el siglo VII a. C, como atestiguan los restos arqueológicos de un poblado de la Edad de Bronce. El nombre de este asentamiento íbero, ubicado en el lugar donde confluyen los ríos Ebro y Huerva, era Salduie. Tal como rezan las monedas que comenzaron a acuñar desde la mitad del siglo II a. C.

Convertidos en socii, aliados de los romanos, lucharon junto a ellos durante la segunda guerra púnica en contra de los ilergetes, seguidores de Cartago. La romanización se materializó en la creación de una vía de comunicación para conectar el Valle del Ebro hasta Calahorra, y la lucha de jinetes de Salduie, junto al ejército romano.

Zaragoza se convirtió en una colonia romana durante la reorganización de las provincias de Hispania. Ostentó el nombre de Caesar Augusta y pasó a formar parte de la tribu Aniense. Durante esta época vivió momentos de gran esplendor, traducidos en la realización de diversas obras que hoy siguen esperando visitantes. Las termas, el puerto fluvial y distintas fuentes y aljibes hablan del fuerte vínculo que la ciudad, desde siempre, ha tenido con el agua. El foro, el teatro y el anfiteatro narran la historia de unas influencias romanas.

Están conservadas entre los restos de las murallas, junto al Torreón de la Zuda y bajo el Convento del Santo Sepulcro, declaradas Bien de Interés Cultural en 1933. Sobre ellas, cuenta la leyenda, pasearon los ciudadanos la túnica de San Vicente Mártir, para lograr el cese del asedio franco a una Zaragoza ya perteneciente al reino visigodo de Tolosa.

El Monasterio de Santa Engracia se convirtió en epicentro de un florecimiento cultural, nacido entre las paredes de su biblioteca, donde se forjó el Liber Iudiciorum. Pero el auténtico florecimiento artístico de Zaragoza llegó con los musulmanes, que la convirtieron en capital de la Marca Superior del Al- Andalus. Ellos embellecieron la ciudad con el Palacio de la Aljafería, la cerámica vidriada y los azulejos de las iglesias de La Magdalena o San Miguel, el Torreón de la Zura o el muro de la Catedral de La Seo.

Tras la conquista de la ciudad a los musulmanes por Alfonso I El Batallador, en Zaragoza se vivieron tiempos complicados y convulsos, sublevaciones y batallas. Pero el siglo XVI también trajo momentos de esplendor. Quedaron reflejados en los Palacios de los Condes de Arjillo o de Sástaga. La Lonja, la Iglesia de Santa Engracia o el Patio de la Infanta. Y, en el siglo XVIII, con la Basílica de El Pilar, de Ventura Rodríguez. Es posible viajar en el tiempo, pasear las calles de Zaragoza, subirse el cuello del abrigo y dejarse guiar por el cierzo, escuchando lo que cuenta sus silbidos entre las calles de piedra.

Imagen de la Basílica de El Pilar, en Zaragoza

Imagen de la Basílica de El Pilar, en Zaragoza | Shutterstock

Concluye este pequeño repaso por alguna de las ciudades más antiguas de España, solo cinco, únicamente los dedos de una mano. Pero son necesarios los otros cinco, obligados a comenzar de nuevo la cuenta una y otra vez por Huelva, Úbeda, Ibiza o Granada… Por Ávila, Sevilla o Salamanca

España está llena de vestigios de antiguas ciudades en forma de asentamientos, murallas que asoman entre asfalto y edificios, toponimias cargadas de significados y, muchas veces, leyendas. Una madeja de días para desenredar y descubrir, para entenderlos y entender, quizás, un poco mejor, el presente.