En la isla gallega de La Toja, en Pontevedra, se encuentra una edificación singular construida con pequeños tesoros marítimos que realzan una auténtica obra de la naturaleza. Algunos la conocen como capilla de San Caralampio, otros como la de San Sebastián y todos como la capilla de las conchas. No en vano, vieiras recubren toda su fachada. La importancia de este pequeño templo no solo reside en la cautivadora arquitectura que presenta, sino en la simbología de sus recubrimiento en un lugar tan especial como el de La Toja. Los atributos «curativos» de este molusco están estrechamente relacionados con las propiedades salutíferas de la isla y con San Caralampio, el patrón de las enfermedades de la piel.

Las vieiras que decoran la capilla

Ermita de San Sebastián

Ermita de San Sebastían. | Shutterstock

A simple vista y desde la distancia puede parecer una capilla sin más, pero con la mirada bajo sus pies se aprecian las millares de conchas de vieiras que hacen de ella un templo único. No solo representa un esfuerzo de orfebre, sino que simboliza la riqueza natural del entorno en el que se ubica. Aún con su tamaño modesto, sus paredes proyectan un blanco rosado y brillante. Tal colorido destaca entre las breves fronteras azules de la isla y el entorno ajardinado.

Su planta conserva el diseño original del siglo XII, pero el recubrimiento con conchas fue fruto de la remodelación que se llevó a cabo en el XIX. A partir de entonces se dotó al conjunto de cierto aire marinero. Sin embargo, esta originalidad no es exclusiva de la capilla de La Toja. De hecho, en Galicia esa forma de cobertura fue empleada durante años en algunas de las casas más próximas al mar, ya que las vieiras constituían un fenomenal aislante de la humedad marina.

La concha de vieira, un símbolo tan jacobeo como gallego

Además de su función protectora, la concha de vieira presenta una importancia mayor en el imaginario colectivo de Galicia. Este molusco bivalvo muy común de la zona es el símbolo por excelencia del Camino de Santiago, el más universal y representativo de todos. Hoy forma parte del itinerario habitual del peregrino desde que emprende su viaje, al igual que el bordón y la calabaza. Incluso se usa la vieira como icono para indicar por dónde va la senda hasta el Obradoiro.

Conchas de la fachada de ermita la toja

Las conchas recubren la fachada de la Ermita de La Toja. | Shutterstock

La vieira se relaciona con algunas leyendas que le atribuyen atributos curativos, como la relacionada con Santiago Apóstol. Esta cuenta que el santo pidió una concha similar a la que traían los peregrinos tras pasar por  Compostela para curar su garganta. Desde entonces, los peregrinos medievales decidieron coser a sus capas y sombreros una vieira, recordando así al célebre apóstol. Esta también les servía como instrumento para beber o pedir algo de comer durante el recorrido.

Se cree que la coraza de este marisco estaba además íntimamente relacionada con la caridad, virtud muy valorada en el cristianismo. Pero no solo los peregrinos hicieron uso de ella, también los caballeros de la Orden de Santiago, junto con su espada, usaban la concha en forma de emblema. En el terreno práctico, es un material muy abundante. En castros como el de Baroña se han encontrado acumulaciones de conchas y restos de seres marinos llamados concheiros. Una muestra de que la relación con los moluscos es ancestral.

San Caralampio, patrón de las enfermedades de la piel

Capilla de San Caralampio

Capilla de San Caralampio. | Shutterstock

Aunque la mayoría la conoce como capilla de las conchas, su verdadero y actual nombre es el de San Sebastián desde la remodelación y ampliación del templo en el siglo XIX. En ese momento, empezó a guardar devoción a la patrona de los marineros, la Virgen del Carmen. No obstante, la Ermita de La Toja se encomienda especialmente y desde su origen en el siglo XII a San Caralampio. Se trata del patrón de las enfermedades de la piel y el cual guarda una estrecha relación con las propiedades salutíferas de la isla. De ahí que se de culto a este mártir en un lugar tan especial como el de las aguas termales de los balnearios de la ínsula de A Toxa.



Las aguas medicinales de La Toja

A través de un puente construido en el siglo XIX se une la comarca gallega de O Grove con la isla de La Toja, de cuyas tierras emanan aguas dulces y de propiedades inigualables. Conocida por su poder salutífero, este pequeño islote de un kilómetro atrae a cientos de visitantes ansiosos por probar el «poder medicinal» de sus aguas.

La Toja isla

La isla de La Toja. | Shutterstock

Existe una leyenda acerca del descubrimiento de las aguas termales de La Toja, la cual fue plasmada en una de las obras de la escritora gallega Emilia Pardo Bazán. Los cuentos populares decían que todo fue fruto de la casualidad y de un campesino grovense que decidió abandonar a su burro enfermo de la piel en aquella isla, en lugar de sacrificarlo y a sabiendas de que pronto se lo llevaría la muerte. Pasado un tiempo y con la intención de enterrar los restos del animal, el hombre regresó al lugar y lo encontró con vida retozando en unos fangos. Para su sorpresa, el animal estaba reluciente y con las úlceras de la piel curadas. Su efectiva medicina había sido revolcarse en los lodos de la zona.

Fue así como se descubrieron las propiedades curativas de las aguas termales y de los fangos que nacen en la isla de La Toja. Al menos es lo que cuenta la leyenda. Cierta o no, la realidad fue que vecinos y visitantes empezaron a visitarla a partir de finales del siglo XIX para tratase de sus enfermedades. Aquello propició la apertura de su primer balneario en  1899. Pronto corrió la voz sobre sus aguas medicinales ricas en sodio, calcio y magnesio, hasta adquirir la fama que ya tenían otros baños europeos, como el de Vichy.