Ruta talayótica por Menorca: la magia de navetas, talayots y taulas envuelta en la tramontana

Realizar una ruta talayótica por Menorca es descubrir una isla diferente, conservada en las huellas de una cultura que respiró su aire hace más de 4000 años. Perseguir los restos de la vida de estos antiguos habitantes significa seguir un rastro de piedras e historia a lo largo y ancho de este enclave mediterráneo.

Menorca es una isla con mucho que ofrecer, concentrado en 702 kilómetros cuadrados y una costa de más de 200 kilómetros. Es Macarella y Macaratella abiertas hacia un mar turquesa en calma. Menorca es un Cami de Cavalls que rodea la isla, la Tramontana y el Migjorn bajo las alas de una gaviota. Pero también es pasado. Volver atrás.

Realizar una ruta talayótica por Menorca es mucho más que recorrer senderos, visitar faros o disfrutar una rica gastronomía. Más que respirar aire puro, o disfrutar de un día de sol bajo una cúpula de cielo azul. Realizar una ruta talayótica por Menorca es montar en una máquina del tiempo. Es viajar atrás durante kilómetros de siglos, quizás hasta el 2100 a. C. Puede que a un día casi primaveral, a principios de marzo.

Panorámica de los restos talayóticos de Cala Morell

Panorámica de los restos talayóticos de Cala Morell. | Shutterstock

El talayótico: un viaje en el tiempo hacia la prehistoria de Menorca

Menorca fue la Isla de Nura, antes de ser Menorca. Fue Meloussa y Portus Magonis. Fue hogar de fenicios, griegos, cartagineses, romanos y musulmanes. Pero antes de ellos, esta isla, hermana de agua y sal de Mallorca, Ibiza y Formentera, fue poblada por los talayots. Ciudadanos de bronce, de la Península Ibérica y de Cerdeña, que se convirtieron en huéspedes permanentes de la isla. En ella dejaron una impronta, que ni el paso de distintas civilizaciones, ni el devenir los milenios, ha conseguido borrar.

Naveta des Tudons

Encontrarse ante la Naveta des Tudons puede hacer pensar al viajero que la Tierra se ha vuelto del revés. O que un barco se ha quedado varado, girado, guardando un montón de secretos bajo su casco pétreo. Se trata de un monumento funerario único y exclusivo de Menorca, similar a las Navetas de Rafal Rubí.

El estado de la Naveta des Tudons es excepcional

El estado de la Naveta des Tudons es excepcional | Shuttestock

En este enclave, cercano a la Ciutadella, quedaron custodiados durante siglos más de 100 almas, junto a sus pertenencias. Brazaletes, botones de hueso, vasos de cerámica, e incluso algún arma, aparecieron como signos de que aquellos que allí descansaban, existieron realmente en algún momento. De ello da fe también un tapón de hueso perteneciente a un estuche ritual para preservar cabellos de los difuntos. Una especie de relicario arcaico, demostración de que las creencias humanas pertenecen a la esencia misma de las civilizaciones que nos precedieron.

La datación de los restos óseos, aproximadamente en el IX a. C, aporta solo una ligera idea sobre la importancia de esta pieza arqueológica. La técnica de construcción, ciclópea, lo convierte en un ejemplar especial, unido a un enclave donde el sol ilumina un horizonte, que todavía hoy sigue, repleto de interrogantes.

Poblado de Trepucó

Casi 5000 metros cuadrados plagados de vestigios talayóticos, convierten a Trepucó en el poblado más grande de Menorca. De los antiguos asentamientos solo queda el testimonio de algunos tramos de murallas, dos torres cuadradas, unos pocos restos de viviendas y dos talayotes. Pero su tamaño hace pensar que, en algún momento, hace millones de días y noches, aquí estuvo localizado un importante centro de poder de la isla.

Taula de Trepucó

Taula de Trepucó. | Shutterstock

Una pista de su grandeza también la conforman los restos amurallados, propios de la defensa de un enclave fortificado. Así como el tamaño de los talayots que, en el caso del principal, llega a los 8 metros de altura y los 26 de diámetro. Muy cerca, detenerse ante el Taula, hace pensar en momentos de ofrendas y sacrificios bajo el cielo nocturno. Casi como contemplando una película, las imágenes pasan ante los ojos del viajero, como una intuición de lo que alguna vez ocurrió.

Ahora, los restos, como un pasado sólido y callado, permanecen custodiados por una estrella. Una pared seca, construida durante el siglo XVIII, con una geometría, que refiere al cielo como único testigo de una historia que, todavía, es un misterio. En el Museo de Mahón pueden encontrare algunos de los objetos hallados durante las excavaciones arqueológicas en la zona. Una cotidianidad doméstica que parece acercarlos, quizás, un poco más al presente.

Necrópolis de Cala Morell

Si la roca hablase, en la Necrópolis de Cala Morell, gritaría mil nombres, contaría historias, infinitos cuentos o leyendas. Puede que, de noche, susurrase también alguna nana, dedicada a los planetas o al sueño eterno de algún niño, habitante de la prehistoria insular.

Necrópolis de Cala Morell

Necrópolis de Cala Morell. | Shutterstock

14 tumbas excavadas en las paredes de tierra conformaron un postrero lecho para los antiguos ciudadanos de la isla, desde la época pretalayótica hasta el siglo II d. C. Allí, hasta las sabinas y los pinos parecen guardar un pacto de silencio con los astros. Puede que a petición de las ofrendas dejadas en su honor en las capades de moro, agujeros tallados entre las cuevas. Ojos ciegos que a veces, también guardaban antorchas para facilitar la visión a quienes recorrían el cementerio.

Algunas columnas, coronadas por capiteles, ventanas, ábsides o patios interiores, delatan la influencia de las culturas clásicas en los últimos tiempos talayóticos. A lo lejos, hacia punta Nati, el sonido del mar en los acantilados habla de otra Menorca. Una lejana, escondida bajo la profundidad azul, a cuya vida los isleños permanecían tan distantes, como nosotros de ellos.

Poblado talayótico de Torrellafuda

Un bosque de acebuches guarda en su espesura un núcleo de población habitado hasta la época islámica. Al llegar, reciben al visitante cuatro cuevas excavadas en la roca. Una pequeña necrópolis, que complementa un talayot, los restos de algunas viviendas y los vestigios de una muralla ciclópea, con dos entradas. En el recinto de taula reposan, rotos sobre el suelo, el capitel y la columna. Pero todavía queda una enorme pilastra, para contar, alto y claro, que estuvieron allí. Muy cerca se une el poblado Son Catlar, que conserva su muralla casi intacta. Ambos vinculados para siempre por las segundas guerras púnicas.

Torrellafuda

Torrellafuda. | Wikimedia

A tan solo 9 kilómetros de Ciutadella, penetrando en el predio de Son Sintes, se encuentra el ligero eco de esta población que, como ahora, vivía rodeada de sembrados, pastos y rebaños de corderos y cabras. Al caer la tarde, el sol tiñe el cielo del color líquido de las olivas primigenias que consumían las gentes de este poblado. El viento mueve las ramas de los olivos silvestres formando una melodía que acompaña el paseo hasta el talayot circular, en la parte más alta.

Torralba d’en Salort

Una enorme taula en forma de T, de 5 metros de altura llama la atención de todo aquel que contempla el poblado de Torralba d’en Salort. Uno de los más famosos y fotografiados de la isla, debido a su gran tamaño. Aunque junto a él conviven otras construcciones y un gran talayot, igual de impresionante.

Taula de Salort

Taula de Salort. | Shutterstock

Una visión nocturna del conjunto dota a la atmósfera de un aura de misterio. Como quien ve algo a escondidas, a través de un velo, casi traslúcido, que permite adivinar formas en el cielo. Una agrupación de estrellas dibujan un toro. La forma reflejada en una estatuilla de bronce hallada en la zona, convertida en símbolo talayótico de la isla, y expuesta en el Museo de Menorca.

Además, durante las excavaciones aparecieron los restos de una hoguera, ánforas y objetos rituales. Además de Tanit, la divinidad púnica de la luna, la fertilidad y la guerra, moldeada en terracota. Una diosa celestial cuyo influjo aún se percibe en el aire, sobre todo en las noches de luna llena.

Talatí de Dalt

Solo hace falta un segundo, tras llegar al poblado de Talatí de Dalt, para percatarse de que se ha alcanzado un lugar diferente. Sobre la losa horizontal de la taula descansa una columna. La pregunta obligada de si la habrá tirado algún gigante enseguida se olvida cuando el entrono cobra protagonismo. Muy cerca se encuentran algunas cuevas y un grupo de casas, que aún conservan una cubierta de losas de piedra colocadas de forma radial, cimentadas sobre columnas.

Talatí de Dalt

Restos del Talatí de Dalt. | Shutterstock

Fruto de las excavaciones realizadas en el terreno durante la década de los 60 del pasado siglo, ha madurado la certeza del uso ritual de las construcciones. El hallazgo de restos óseos de corderos y cabritos, ánforas de vino, y alguna hoguera así lo indican.

Necrópolis de Calescoves

Un paraje espectacular, por el entorno natural y por la propia necrópolis, en plena simbiosis con sus alrededores. Más de 90 tumbas, excavadas en los barrancos y en las paredes costeras, narran una historia que duró más de 1000 años, desde el siglo XI a. C hasta los albores de la romanización de la isla.

En toda la extensión del terreno conviven algunas cavidades naturales, cerradas con una construcción ciclópea, con otras artificiales, de las edades de bronce y hierro, diferenciadas en cuanto al tamaño y a los objetos hallados en su interior. Desde torques o puntas de lanza, en las primeras. Hasta cuchillos, espadas o brazaletes. Y hasta cuentas de vidrio procedentes de la vecina Ibiza.

Necrópolis de Cales Coves

Parte de la necrópolis de Cales Coves. | Shutterstock

La historia de la cala no se detiene aquí, como demuestra la huella romana grabada en las paredes de la Cova des Jurats, situada en el lado oeste de la cala. En esta cavidad de origen natural se han localizado diversas inscripciones románicas. Lo cual ha relacionado su utilización con interpretaciones sagradas o rituales dedicadas a la fundación de Roma.

A la importancia de la estructura colmenar, de cuevas y excavaciones, hay que sumar su papel de puerta marítima. Gracias a su ubicación, en una espectacular cala al Sur de la isla, Calescoves fue utilizado como fondeadero. Protegida, entre paredes de piedra y el silencio de los difuntos, recibía la llegada de embarcaciones de los más importantes protagonistas del comercio mediterráneo. Sumergirse en las profundidades de sus fondos cristalinos no solo da la oportunidad de observar de cerca una fauna marina particular. Sino también de comprobar in situ la presencia de las huellas subacuáticas de los antiguos pobladores de Calescoves.

Todo el que persigue los pasos de los primeros pobladores de la isla de Menorca se queda con ganas de más. En un mapa repleto de tesoros no hay que dejar atrás Cornia Nou, o el Talayote de Torelló, uno de los mejor conservados. También merecen un minuto y un suspiro el poblado de Torretrencada. Las promesas se suceden a cada paso de este camino milenario. Y el viajero también promete siempre lo mismo. Regresar.