La Ruta de las Ermitas de Tella es algo más que un paseo, más que un tiempo de ocio en contacto con la naturaleza. Esta ruta es un camino de vuelta a los orígenes ancestrales de las primeras poblaciones de esta zona del Pirineo aragonés. Poblaciones que han dejado el eco de sus ritos, el sonido de aquelarres pretéritos resonando entre montañas.

De brujas, piedra y viento helado se componen las leyendas que se concentran a las puertas del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Siglos de historia, valles infinitos y fe han tallado este recorrido por un trío de ermitas con muchísimas cosas por contar. Pero es conveniente no dejarlo aquí, sino elegir dejarse llevar. Atreverse a mirar más allá de los vestigios románicos para empaparse de todo lo que ha significado esta tierra a través del tiempo. Cuevas cavernarias, dólmenes, ríos de cursos milenarios, donde cada gota de agua es historia viva.

Desde Tella al Puntón de las Brujas

En la comarca de Sobrarbe, en pleno corazón de la Huesca pirenaica, se encuentra un pequeño pueblo cercado por tres ermitas. Un anillo protector ante hechizos y conjuros, salvaguarda además del grito de los truenos chocando contra las cumbres. Flanquean sus calles empinadas casas que se abrazan entre sí, clausuradas contra la influencia de la magia por espantabrujas que coronan chimeneas y engalanan balcones. Adornan las fachadas símbolos defensores que toman distintas formas, desde hombres hasta plantas o animales.

Callejeando por Tella se encuentra el punto de partida de esta ruta cargada de misterio, la Iglesia de San Martín, del siglo XVI, que también es posible visitar. En su interior reposan tres imágenes rescatadas de la desaparecida ermita de San Sebastián, antigua ocupante del Paso de las Devotas, sobre las aguas del río Cinca.

La Iglesia de San Martín de Tella de noche

La Iglesia de San Martín de Tella de noche | Shutterstock

Dejando atrás Tella y su iglesia parroquial, a 1340 metros de altitud, comienza un ligero ascenso por la parte alta del pueblo que conduce a un espacio habitado por arbustos de boj y robles que sombrean el camino. El terreno sembrado de frondosa naturaleza es un espectáculo en sí mismo. La música cobra vida en el movimiento de los árboles. Mientras, los zapatos se esconden en cada paso, confundidos entre el verdor de los prados plagados de pinceladas amarillas. A partir de mayo, parecen robados a un cuadro impresionista que retrata el principio del verano, rendidos a un ejército de plantas de erizón. El paisaje parece decir que todo es posible.

Al poco aparece la primera parada, en el Collado de la Bellanera, la ermita de San Juan y San Pablo, del siglo XI. Guarda sus espaldas una estructura rocosa, la Peña de San Juan, también conocida como el Puntón de las Brujas. Las leyendas sitúan en este lugar historias de reuniones secretas. Localizan en el aire sonidos de aquelarres y rituales mágicos espiados, a lo lejos, por el macizo del Monte Perdido y el Cañón de Añisclo. Es imposible apartar la vista del paisaje, protagonizado por la panorámica del Valle del Cinca, las Garganta de Escuaín, recortadas por el río Yaga.

Ermita de los Santos Juan y Pablo con el Puntón de las Brujas detrás

Ermita de los Santos Juan y Pablo con el Puntón de las Brujas detrás | Shutterstock

La ermita, la más antigua de Sobrarbe, es una de las mejor conservadas del románico aragonés, y un hermoso ejemplo de su estilo. De cuerpo pequeño, con forma de bóveda de cañón y, en el altar, ábside de estilo visigodo. Unos mágicos siete peldaños descienden hasta una pequeña cripta, un misterio subterráneo que envasa siglos de silencio. La ermita no cuenta con ornamentación, pero toda ella es un adorno que el tiempo se ha permitido conservar entre montañas.  Al salir de nuevo al exterior es obligatoria una última mirada para intentar retener el paisaje en el fondo de las pupilas.

Ermita de la Virgen de Fajanillas

El camino prosigue hacia la izquierda, hasta el punto intermedio de este círculo mágico. Eje, todavía siglos después de su trazado inicial, de arraigadas creencias, creciendo como hiedra alrededor del pueblo de Tella y sus habitantes. Ascendiendo escasos metros, se alcanza la siguiente parada, la ermita de la Virgen de Fajanillas. Está situada, como revela su nombre, sobre una ladera o fajanilla, una parte de tierra ganada a la montaña. Desde allí, mira a sus ermitas hermanas y a las cumbres que alojan los huéspedes alados que guardan sus secretos.

La construcción, de origen románico, se levantó en el siglo XII con planta cuadrada y ábside en semicírculo. El siglo XVI la vio crecer, con el regalo de una torre, en mampostería, adosada a la pared del muro que mira al norte. Su campanario servía para llamar a los feligreses de Tella cuando la ermita de Fajanillas era iglesia parroquial, hasta el año 1597.

Ermita de la Virgen de Fajanillas rodeada de frondosa vegetación

Ermita de la Virgen de Fajanillas rodeada de frondosa vegetación | Shutterstock

En su interior, completamente encalado y sencillo, flotan los recuerdos en el aire. Sencillos servicios, bautismos y despedidas, felicidades y recogimiento. Fuera, parece dormida, apacible y callada, esperando la llegada del próximo septiembre, las fiestas de Tella y la romería de San Gil.

El mirador de la Virgen de la Peña

Dejando Fajanillas, los ojos chocan de frente con la ermita más joven de las tres, la de la Virgen de la Peña. Un mirador natural que atrapa la vista y la obliga a detenerse, enredada como en un cazamariposas, revoloteando entre nubes y gargantas rocosas. Desde la Peña Montañesa y la Garganta de Escuaín, hasta Punta Llerga y el Castillo Mayor.

Peña Montañesa y Castillo Mayor, vistas desde la Ermita de la Virgen de la Peña

Peña Montañesa y Castillo Mayor, vistas desde la Ermita de la Virgen de la Peña | Shutterstock

Aunque sus orígenes datan del siglo XIII, la estructura que puede contemplarse hoy en día se fecha en el siglo XVI. Sobre el arco de medio punto que da entrada a la ermita una hornacina da cobijo a la imagen de la Virgen de la Peña. Dentro, una inscripción acompaña la figura de otra Virgen, junto al niño y una rosa. “Santa María de La Peña, protectora de la Naturaleza”. Una Naturaleza que aquí, se escribe con mayúsculas, cursivas o minúsculas, a imagen de las caprichosas formas del terreno. Asciende y desciende en renglones que se tuercen y se suceden narrando un camino que entrelaza las huellas del presente y del pasado.

Siguiendo ese camino, el hechizo conduce de nuevo al pueblo. En su parte baja, los susurros suben de volumen al llegar hasta las puertas de la Casa de la Bruja. Allí pervive, alojado en una extraña atmósfera en la que se confunden realidad y leyenda, el testimonio de la etnobotánica del alto Aragón. Una disciplina que atendía los mensajes de la naturaleza, conversando en el dialecto de las plantas, enlazando sílabas entre raíces y pétalos.

Cerca, a unos 700 metros a la salida del pueblo, el tiempo retrocede, todavía un poco más, hasta los primeros habitantes del valle. Allí espera la Piedra Vasar, conocida también como Dolmen de Tella, abierta al Sureste, excavada durante los años 50 al 70 del siglo pasado. La asimetría de sus piedras de roca caliza crea una ilusión de movimiento que ha pervivido desde el neolítico.

Dolmen de Tella, datado en el Neolítico

Dolmen de Tella, datado en el Neolítico | Shutterstock

Más allá, otros habitantes han dejado su huella, en un yacimiento de más de 30.000 años de antigüedad, a 1600 metros de altitud. La Cueva del Oso Cavernario se abre en una pared bajo el Portillón de Tella, a través del que se accede al Valle del Pineta. El interior, decorado por estalactitas y estalagmitas, guarda los restos de más de 100 plantígrados de las cavernas, extinguidos antes de la última glaciación. Hibernaban año tras año en esta gruta, donde hiberna ahora su memoria, a la espera de guías y visitas. Puede que esperen un sueño que los devuelva a la vida. Una fantasía que los traiga al presente, aunque sea en la cabeza de un niño, o en la imaginación de un excursionista.

A veces, en el exterior de la cueva, el aire se hace más pesado. Una sensación provocada por el peso de los siglos que caen de golpe, como un chaparrón de inmediatez. La ruta termina aquí, o quizás empieza. Casi una hora de interrogantes, viajes en el tiempo y descubrimientos llenos de magia. Lo mejor es cerrar los ojos y seguir, siempre en silencio, sin dar pistas al destino ni a las brujas que, dicen, todavía sobrevuelan Tella.