Una ruta de 3 días por los Pirineos significa adentrarse en un paréntesis natural entre cielo y tierra. Significa abandonarse a lo que el camino quiera ofrecer. A veces, alzar la mirada hasta rozar las nubes con las pestañas. Otras, bajarla hasta un valle profundo, y pasear la mano por la superficie de un lago helado.

Más de 400 kilómetros es la distancia de esta frontera que la propia naturaleza ha interpuesto entre España y el resto de Europa. Desde tierras navarras, pasando por Aragón, hasta llegar a Cataluña, la ruta transcurre por un paisaje accidentado donde la naturaleza toma el control. En cualquier estación del año, sobre un manto de nieve o bajo los cálidos rayos del sol, el camino está lleno de sorpresas. Altas montañas, ríos caudalosos y hasta yacimientos de huevos de dinosaurio. Flores que surgen entre rocas o colorean prados esmeralda, cielos surcados por quebrantahuesos, orillas frecuentadas por nutrias escurridizas, zorros asomando entre la hierba.

Puede elegirse cualquier punto en el mapa para comenzar una ruta por los Pirineos, pero estas líneas ya han elegido por sí mismas. Arrancan su caligrafía en la zona del Pirineo navarro, para continuar escribiendo su trayecto a través de comarcas aragonesas, hasta un punto final en Cataluña.

Primera jornada recorriendo la vertiente navarra

Comenzar explorando los Pirineos desde el Oeste, en Navarra, bien puede hacerse saltando de valle en valle. Aspirando la hipótesis de lluvia, presente en cada nube y empapándose de la esencia de pizarra y piedra de sus pueblos. Iglesias, dólmenes y chromlecs, hayedos centenarios, ríos indomables… Todo ello y mucho más tiene cabida en este pulmón natural que es el Pirineo navarro.

La literatura se entremezcla con el paisaje misterioso del valle del Batzan. Entre los árboles, el Basajaun, guardián invisible del bosque, contempla el ir y venir de los coches, en su ruta por el Pirineo Atlántico. Siguiendo la estela novelesca, la próxima parada es el pueblo de Elizondo. Donde en la ficción de la Trilogía del Baztán la inspectora Salazar resuelve crímenes, en la vida real los palacios y las casas señoriales pueblan un barrio antiguo repleto de hermosos rincones. El Palacio barroco de Arizkunenea es uno de los más bellos, junto al de Datue o la Casa del Virrey. Pero las construcciones religiosas no se quedan atrás, representadas por la Iglesia de Santiago, con sus dos torres barrocas o, las ermitas de San Pedro y Santa Engracia.

Vista de las casas de Elizondo sobre el río Bidasoa

Vista de las casas de Elizondo sobre el río Bidasoa | Shutterstock

Es imposible visitar la zona sin notar el influjo del Camino de Santiago. Roncesvalles espera a los peregrinos que cruzan el pirineo desde Francia. Su complejo original, de los siglos XII y XIII, estaba formado por un albergue, un hospital y la Colegiata de Santa María. Cerca, la Selva de Irati, custodia un tesoro de hayas y abetos, donde trinan pinzones y petirrojos.

El Valle del Roncal puede ser un buen punto y seguido, una puerta abierta a la grandeza de la naturaleza en pleno corazón del Pirineo navarro. Las orillas del río Esca, salpicadas de pueblos, invitan a un paseo por calles empedradas, a seguir de cerca el devenir de los troncos de los almadieros a través de su curso.

Burgui es una parada imprescindible donde el humo de las chimeneas invernales se confunde entre las nubes de lluvia. El puente romano, al principio del pueblo, es la primera puerta a atravesar para encontrar todo lo demás. Los restos del Monasterio de Urdaspal hablan de un pasado benedictino, mientras las casas, en el margen derecho del río, forman el presente, escalonado y brillante. La naturaleza espera siempre, fiel a su cita con los visitantes de la zona. En la foz de Burgui, declarada Reserva Natural, habita una de las mayores poblaciones de buitres de Europa.

Puente románico en Isaba, Navarra

Puente románico en Isaba, Navarra | Shutterstock

Desde Isaba, la visión de la Iglesia de San Ciprián despide al viajero mientras se dirige hacia el Valle del Belagua. Allí puede tocarse el cielo, alcanzando casi los 2500 metros en La Mesa de los Tres Reyes. Junto a ella, Acherito o Petrechema hablan con las nubes, en un entorno donde los secretos vuelan entre las formaciones kársticas de Larra. Águilas y quebrantahuesos vigilan el tiempo de yeguas, ovejas y vacas entre los pastos comunales y, la continuación del camino.

Parques nacionales y un Monte Perdido en el Pirineo aragonés

Cascada en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

Cascada en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido | Shutterstock

El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido es uno de los protagonistas de esta parte del Pirineo, situado en la comarca de Sobrarbe. Adentrarse en esta zona es una garantía de magia y sorpresas. El Parque Natural, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, envuelve cuatro valles: Ordesa, Añisclo, Escuaín y Pineta. Estos envuelven a su vez el Monte Perdido, para que los ojos de los viajeros puedan siempre encontrarlo.

Allí, resguardados bajo la sombra de imponentes montañas y profundos bosques, se expanden infinidad de universos, todos únicos, todos especiales. Es difícil elegir solo uno… El Cañón de Añisclo, las Gargantas de Escuaín, el Bosque de las Hayas, la Cascada de la Cola de Caballo… Es sencillo darse cuenta de que la naturaleza aquí adopta distintos dialectos, el acuático, en poderosos ríos y cascadas, a veces caudalosos, a veces glaciares. Otros, el de la frodonsidad de hayas y pinos que susurran hablando con el cierzo.

También hay lugar para hermosos pueblos en los que detenerse. Torla dibuja, en el valle glaciar del río Ara, la típica arquitectura del alto Aragón, destacando la Casa de los Viu, del siglo XIV. Siguiendo el curso de este curso de agua, uno de los últimos vírgenes del Pirineo, aparece la antigua capital de la comarca, Ainsa. Un rincón donde el medievo se ha instalado para quedarse, con su plaza mayor, la Iglesia Románica de Santa María, y su castillo. Los pueblos que persiguen el río son todos increíbles.

Vista panorámica de Ainsa, con la torre de la iglesia surgiendo entre los tejados

Panorámica de Aínsa | Shutterstock

El Valle de Benasque es un punto y aparte natural donde detenerse a concluir la jornada. En este enclave, de majestuosas montañas y pueblecitos de calles empedradas, es posible practicar esquí y recorrer senderos casi inexplorados. Pero, para esperar al día siguiente, lo ideal es hospedarse en uno de sus tres pueblos. Es posible pasear por Benasque, descubrir el Palacio de los Condes de Ribagorza, o el Torreón de la Casa Juste. Pero también disfrutar de la arquitectura de Anciles y sus casas solariegas, de los siglos XVI y XVII. Además de minas, iglesias, santuarios y, alrededor siempre, la montaña.

Último día partiendo del Valle de Arán

A tan solo 85 kilómetros de Benasque se encuentra el Valle de Arán. Desde allí, todavía con la cumbre del Aneto a la vista, se accede a una zona fronteriza. Situada entre la milenaria Aquitania y un entorno mágico, es posible perseguir huellas de osos pardos o mirar de frente a los Ojos del Diablo.

La esencia del Valle de Arán puede conducir a quienes lo visitan por distintos caminos, en función de sus gustos y de la estación que rige el calendario. En invierno, es posible optar por disfrutar de las nieves del valle, reconocidas como de excelente calidad. En otoño, primavera o verano, hay senderos por caminar, orillas en las que descansar, paisajes por descubrir. Además, en cualquier momento pueden visitarse cualquiera de sus increíbles pueblos. Entre ellos, Vielha es la capital del valle y el centro del condado de Vielha e Mijaran, pero todos tienen mucho que ofrecer.

Puente sobre el río en Vielha, Valle de Arán

Puente sobre el río en Vielha, Valle de Arán | Shutterstock

Bossot es una visita obligada, por la hermosa iglesia románica de la Asunción, del siglo XII, además de por su condición de línea divisoria con el Pirineo aragonés y con Francia. Desde aquí puede tomarse la ruta de las 7 ermitas protectoras, o continuar descubriendo pueblos. Si elegimos la segunda alternativa, Baussen exige una parada. La atmósfera que allí se respira, casi irreal, se comparte con la del cercano Bosque de Carlac, un hayedo impresionante, según cuentan, poblado por hadas y otras mágicas criaturas. La magia y el misterio persisten en el cementerio, habitado por una única tumba, la de Teresa, negada a consagrar por el párroco del pueblo.

A casi 200 kilómetros se encuentra otro impresionante comarca de esta parte del Pirineo, la de la Cerdanya, ubicada entre Lleida y Girona. Estaciones de esquí alpino, como la Molina, la Masella o Aransa, el Parque Natural del Cadí-Moxeiró y el río Segre son las protagonistas. En estas tierras, divididas entre clima atlántico y mediterráneo se alza Tosa de Alp, de 2536 metros de altura. Desde Cal Jan de la Llosa, recorriendo el valle, puede descubrirse un castillo, un anfiteatro glaciar o un bosque de pino negro.

Lago en el parque de Shierbeck, Puigcerdá

Lago en el parque de Shierbeck, Puigcerdá | Shutterstock

Puigcerdá, capital de la comarca, tiene mucho que ofrecer. Acercarse a disfrutar de un tiempo cerca del lago Malniu, de origen glaciar, a la sombra de la sierra del Home Mort. Callejear entre sus casas rojas, pasear en barca en el Parque Shierbeck o visitar el Convento de Santo Domingo.

El tiempo de ruta finaliza en Girona, de nuevo pisando asfalto y mirando el reloj. Un reloj que es necesario pausar, a la espera de darle cuerda de nuevo. Tres días en los Pirineos españoles saben a poco. Han quedado muchas cosas en el tintero, líneas por escribir, parajes que visitar, vientos que domar, platos que saborear.

Gargantas insondables y picos infinitos, monasterios, santuarios, castillos, callejuelas llenas de rincones y una gastronomía muy especial. La definición de los Pirineos transita entre fronteras geográficas que se diluyen en un ambiente único, tan solo posible intuir en tres días. Recordarla será inevitable y repetirla, imprescindible.