El mayor humilladero o milladoiro del Camino de Santiago es la Cruz de Hierro, Cruz de Ferro o Cruz de Fierro, según se diga en castellano, gallego o leonés. Tal tipo de estructuras consiste normalmente en pequeños montones de piedra a la vereda de las sendas. Sin embargo, en este caso tiene varios metros de alto. Un largo poste con una cruz férrea se eleva todavía más, con una ermita y descansadero de fondo, sostenido por las piedras que los peregrinos han ido trayendo de sus lugares de origen. La tradición marca que se debe cargar tal bulto desde la salida para posarlo en este lugar de León. Una historia que vive desde hace siglos.

Peregrinos en la Cruz de Ferro o Cruz de Hierro

Peregrinos en la Cruz de Ferro o Cruz de Hierro. | Wikimedia

El monje que puso la Cruz de Hierro

El abad Gaucelmo es la figura histórica atada a la Cruz de Ferro. Vivió entre el siglo XI y XII y era un monje eremita. Como labor principal optó por prestar servicio a los peregrinos que iban a Santiago de Compostela a través de los Montes de León. Dicha zona era difícil de transitar pero clave en el Camino Francés, ya que daba paso al Bierzo y Galicia.

El monje gestionó la puesta a punto en Foncebadón de una iglesia y un hospital. Esta localidad, abandonada en la práctica hace unos años, ha sido recuperada gracias al Camino de Santiago y el trasiego de caminantes. Era y es la última parada antes de llegar a la Cruz de Hierro. El ermitaño también está relacionado con el albergue medieval de Manjarín. El despoblado de la Maragatería es el actual refugio de Tomás, el último templario. Gracias a todo ello, la zona es de las más folclóricas del Camino Francés.

Cruz de Ferro o Cruz de Hierro

Cruz de Ferro o Cruz de Hierro. | Wikimedia

Volviendo al medievo, se cree que fue Gaucelmo quien erigió el poste con la Cruz de Ferro. La cruz original sobrevive en el Museo de los Caminos hito en el palacio episcopal de Astorga. En 1976 se cambió por una réplica. Además de tener un gran valor simbólico, se considera que el humilladero era una forma de guiar a los caminantes en aquel peligroso entorno. El paso era temido por los peregrinos por las posibilidades de que estuviera nevado y la falta de señalización. Además, no había alternativas cercanas. Por ello, la referencia era muy apreciada.

Leyendas anteriores a Gaucelmo

La Cruz de Hierro es un ejemplo excepcional de humilladero debido a su antigüedad y conservación a lo largo de los siglos. De este modo, su leyenda se extiende hasta antes de su forma actual de la mano de Gaucelmo. Existen diversas teorías sobre el origen ancestral del lugar, algunas de las cuales se remontan a tiempos prerromanos. Así, una de las más extendidas es que el montón de piedras es de origen celta. Está bien documentado que este pueblo tenía la costumbre de marcar los caminos con agrupaciones pétreas. El hecho de que el paso fuera la principal y casi única vía para cruzar los Montes de León habría dotado al lugar de connotaciones mágicas.

Estas estructuras acabaron evolucionando con las culturas que llegaron a la península. Por ejemplo, en época romana pasaron a ser montes de Mercurio. Al ser la deidad de las encrucijadas, los romanos adaptaron el propósito a sus intereses. Acumular pequeños cantos junto a los caminos era el sacrificio que se hacía a este dios. Algo similar ocurrió con la llegada del cristianismo, cuando acabaron derivando en cruceiros o ermitas al coronarse con cruces. En el caso de la Cruz de Ferro, sin embargo, se conservó la costumbre de amontonar guijarros como protagonista.

Amanecer en la Cruz de Ferro o Cruz de Hierro

Amanecer en la Cruz de Ferro o Cruz de Hierro. | Bruno Suárez (Fb)

Otras teoría son más prácticas. De esta forma, podría haber sido un gigantesco mojón para señalar un límite territorial romano. En cambio, los más pragmáticos apuntan a la nieve. De esta forma, habría surgido como un simple elemento señalizador para no perderse en épocas invernales. Cabe reseñar que estas alternativas son complementarias y posiblemente entre ellas se halle la verdad. Es factible que su origen fuera celta y que se aprovechara tanto para señalizar el aislado paso como para marcar un territorio.

La tradición viva de la Cruz del Hierro

Fuentes como Alonso de Castillo Solórzano, escritor barroco español, ya dejaron constancia en el siglo XVI de la existencia de la Cruz de Ferro. El descenso de peregrinos en las crisis de los siglos XVII y XIX no impidió que el montón de piedras siguiera creciendo. Los segadores gallegos que llegaban atravesando El Bierzo a Castilla continuaron portando piedras y acrecentando la montonera. Precisamente ellos, como ocurre en el caso del santuario de la Tuiza y la Vía de la Plata por Puebla de Sanabria, mantuvieron la ruta y las tradiciones.

Ermita de Santiago en la Cruz de Ferro

Ermita de Santiago en la Cruz de Ferro, data de 1962. | MARIANO ORTUÑO GAMBIN (Flickr)

A la actualidad ha llegado la costumbre algo desdibujada en lo práctico. Así, muchos peregrinos primerizos no suelen conocer la tradición antes de verse inmersos en su aventura. Otros deciden recoger su pequeño pedrusco antes de iniciar el ascenso o en Rabanal del Camino, ubicado en la base de la montaña. Hay quien se confunde y decide recoger una roca de la Cruz de Ferro. Un pequeño expolio que se debe evitar.

Las intenciones y motivos que conlleva dejar la pequeña losa son asimismo muy variadas. Por ejemplo, es habitual que dejar la piedra simbolice dejar atrás los problemas que uno tenga. También se suelen hacer peticiones basadas en la fe, bien por uno mismo o bien con un componente solidario. Un momento muy personal que suele compartirse con muchos otros caminantes o ciclistas en las épocas más transitadas. Entonces, hay hasta colas para hacerse una foto en lo alto de este curioso montón de piedras. La hora más buscada es el amanecer, para lo que es recomendable hacer noche en Foncebadón.

Foncebadón en 2009

Foncebadón en 2009. | Wikimedia

Una vez superada la Cruz de Ferro toca asumir la bajada más dura del Camino Francés. No en vano, se pasa del punto más alto de este, a unos 1.500 metros a los poco más de 500 de Ponferrada y su castillo templario o la bella Molinaseca. Un reto que se hace unos gramos más ligero tras contribuir un poco al humilladero más famoso de las rutas jacobeas.