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Ruta sin cobertura por la Guadarrama segoviana: historia y montaña

Ruta sin cobertura por la vertiente segoviana de la Sierra de Guadarrama

Tomar la carretera con un destino establecido pero sin prisa es uno de esos placeres que uno no se cansa de perseguir. Buscar la naturaleza, respirar el aire que fluye en los rincones más solitarios, sentirse muy lejos de todo lo demás. Casi como si uno se hubiera quedado sin cobertura, aislado de todo contacto al margen del que ofrecen los cinco sentidos. Mirar, escuchar, oler, tocar y saborear. Conectado, pero sin conexión.

Eso es lo que proponemos aquí. Preparar una escapada en la que servirse de toda ayuda e información disponible, y después disfrutarlo con plena conciencia, olvidando que existe un mundo al margen del que se experimenta en ese momento presente. La experiencia por la que aquí apostamos se localiza en la vertiente segoviana de la Sierra de Guadarrama. Concretamente, en los Montes de Valsaín, declarados Reserva de la Biosfera por la UNESCO. Estos montes esperan al recién llegado sin títulos ni aires de grandeza, solo con las promesas que siempre ofrece la montaña. Silencio, inmensidad, senderos, agua, historias. Móvil en modo avión y los cinco sentidos activos.

Valsaín, saboreando un pueblo segoviano

Valsaín, a los pies del monte
Valsaín, a los pies del monte. | Shutterstock

La carretera que conduce hasta el pueblo de Valsaín es ya una experiencia en sí misma, sobre todo cuando se aborda en los meses de invierno. Los árboles que custodian el camino se tiñen de blanco, el frío lo envuelve todo y las curvas, una vez que esos altos árboles se agotan, dan paso a la bella pradera de Navalhorno.

En pleno corazón del Parque Nacional de Guadarrama, en tierras segovianas, Valsaín conforma, junto a La Pradera, Riofrío y La Granja de San Ildefonso, el Real Sitio de San Ildefonso. Es un lugar histórico, antaño frecuentado por la realeza, hoy consagrado a una vida tranquila a los pies de la montaña. Ese carácter sereno inunda las primeras sensaciones, todavía en carretera, mientras las casas de madera se van sucediendo. Valsaín está íntimamente ligado a esta, como está ligado a sus montes.

Establecer este enclave como punto de partida para todas las excursiones que vayan a realizarse supone acudir al encuentro de un pueblo segoviano. Supone saborear sus calles antiguas, sus típicas casonas, la gastronomía castellana y ese sentirse próximo a la naturaleza, en pleno valle, con la sierra custodiando la rutina. Apenas tiene 200 habitantes, así que sorprenderá, al menos en un primer contacto, descubrir la riqueza de su historia y con ella las ruinas del palacio real.

Ruinas del Palacio Real de Valsaín
Ruinas del Palacio Real de Valsaín. | Shutterstock

Se sabe que los montes de Valsaín fueron objeto de deseo de la realeza desde el siglo XII, cuando se unieron a una aristocracia que había entendido pronto la riqueza de la zona. A comienzos del siglo XIV, este lugar era un pabellón de caza al que la casa Trastámara solía referirse como Casa del Bosque. Ya en tiempos de Felipe II y con la dinastía de los Austrias, se convirtió en palacio. Desde 1552 hasta 1556 se llevaron a cabo las obras de remodelación del conjunto, impulsadas por Felipe II y en manos del arquitecto Gaspar de Vega. Este proyectó un edificio alrededor de un gran patio, flanqueado por torres en las esquinas y con estructuras accesorias que se añadieron en años posteriores. En su época de esplendor se advertía bien las influencias flamencas que el arquitecto recogió en sus viajes por Europa.

Hoy solo quedan ruinas, en parte por un gran incendio que se desató a finales del siglo XVII, bajo el reinado de Carlos II. Decadente y abandonado, no hay mucho del palacio en el que la corona ocupó su tiempo. Pero las vistas del valle desde su ubicación siguen siendo las que eran y este palacete es todavía el gran legado artístico e histórico que la realeza dejó en Valsaín.

Donde la vista no alcanza

La cascada de la Chorranca
La cascada de la Chorranca. | Shutterstock

La conexión que proponemos con el entorno, en cualquier caso, pasa más por abandonarse a la naturaleza. A los Montes de Valsaín, surcados por el río Eresma, donde parece que la vista no alcanza a contemplar todos los elementos de interés que se esconden entre pinos, robles, encinas y helechos. Las diferentes rutas de senderismo conducen al viajero entre arroyos, cascadas y formaciones rocosas, descubriendo miradores a medida que se avanza.

El ascenso al monte no siempre resulta sencillo, pero en cada ocasión merece la pena. Solo gracias al esfuerzo puede uno contemplar el agua cayendo por la cascada de la Chorranca, sin duda uno de los rincones más espectaculares de la sierra segoviana. Allá arriba no hay cobertura, de eso va esta ruta, pero es que el paseante no la necesita. La naturaleza envuelve y aísla, el agua truena en su caída y los ojos se pierden, con agrado, entre las rocas y los recovecos de los árboles. Hay moras, setas, el piar de los pájaros. Mucha vida.

Cueva del Monje bajo un manto de nieve
Cueva del Monje bajo un manto de nieve. | Shutterstock

En este amplio monte se tiene también la oportunidad de abordar una bella pradera que en los meses estivales sorprende por su verdor y en los meses invernales por su blancura, casi siempre cubierta de nieve. Las leyendas moran en sus formaciones rocosas. Especialmente conocida es la que atañe a la llamada cueva del Monje. Habla de un tiempo remoto en el que la búsqueda de la eterna juventud y la piedra filosofal era el deseo de muchos. Un joven llamado Segura, cuenta la leyenda, estuvo dispuesto a vender su alma al diablo para lograrlo. Este, atado a la provincia segoviana de muchas maneras, accedió, pero el joven terminó por arrepentirse y marchó a vivir, como un eremita, al monte.

Cuando Satanás acudió a reclamar su parte del trato, el joven se encomendó a la Virgen, que se apareció para espantar a la criatura. Por el camino, el diablo perdió la dentadura, que quedó transformada en las piedras que hoy pueden observarse en esta pradera. El paseo hasta la misma, desde Valsaín, es de lo más agradable. Los ojos vuelven a perderse sin remedio.

Como se debieron perder los del rey consorte Francisco de Asís de Borbón, que a comienzos del siglo XIX mandó tallar en una piedra, en el cerro del Moño de la Tía Andrea, un privilegiado asiento. A unos 1.600 metros de altitud contemplaba desde este lugar, entonces, La Granja de San Ildefonso. Hoy los pinos han invadido las vistas, aunque todavía dejan espacios para que los ojos se atrevan a ir más allá.

Cascada del Chorro Grande
Cascada del Chorro Grande. | Merce, Flikr

En la dirección opuesta, pero sin abandonar el monte, aguarda un rincón también especial: el salto de agua más alto de la sierra. La cascada del Chorro Grande, que se desliza por unos 80 metros a través de roca granítica, creando una imagen espectacular. La subida hasta la misma no conlleva gran dificultad. Sin embargo, en los meses invernales, con ciertos tramos congelados, conviene tener precaución y dar cada paso con cuidado. Quizá la época perfecta para perseguir este sonido del agua sea la primavera, cuando el deshielo permite que el caudal se vuelva inmenso.

Buena parte del camino hasta la cascada queda resguardado bajo los pinos segovianos, que se alzan entre riachuelos y arroyos. El de Peña Berrueco primero, el de la Fuente del Infante después, el de arroyo Grande para concluir. El último tramo incluye una fuerte pendiente, pero las vistas finales compensan cualquier respiración agitada por el esfuerzo. Allí plantada, una gran mole de granito dice mucho de la fuerza de la montaña, así como el agua que se desliza sin descanso. Aun con todo, las consecuencias del gran incendio que asoló esta zona de la sierra en verano de 2019 todavía se sienten y se lamentan.

Así lucen los Siete Picos
Así lucen los Siete Picos. | Shutterstock

Pero el agua sigue fluyendo. Hubo un tiempo en que el de la sierra de Guadarrama estuvo considerado casi un agua sagrada, destacando dentro de esta fascinación rincones como la Fuente de la Reina, en la Pradera de la Fuenfría. Desde este lugar se aprecian bien los Siete Picos, una de las formaciones montañosas más admiradas. Las leyendas surgen de nuevo, también relacionadas con la búsqueda de la eterna juventud, en este caso realizada por un dragón que encontró aquí, después de recorrer el mundo, el descanso perpetuo. Los Siete Picos que hoy se divisan son, cuenta ese mito, las formas de la cresta de este dragón que quedó aquí congelado, conservando su aspecto, tal como él deseaba.

Pinares segovianos: un olor único

Boca del Asno, naturaleza pura
Boca del Asno, naturaleza pura. | Shutterstock

Hay que detenerse también a tomar aire y capturar el olor de los pinares segovianos. Es un olor característico, que llena las fosas nasales de forma agradable y empapa el cuerpo de sensaciones intensas, pero nunca abrumadoras. El agua que fluye de forma constante también se cuela en los pulmones y tiene efecto, genera una humedad con la que se respira mejor. Un paseo por el pinar es renovador.

El viaje continúa por el área recreativa Boca del Asno. Quien quiera hacer caso a otra leyenda, encontrará la explicación a este curioso nombre en una historia para la que hay que remontarse al siglo XIX. Se celebraba, entonces, en este excepcional entorno, la elección de un nuevo alcalde. Poco dado a las palabras, parecía no terminar de arrancar en su discurso con tan mala suerte que, al disponerse a hacerlo, un asno rebuznó. Todos los presentes, alcalde incluido, estallaron en carcajadas. Otra explicación, quizá más plausible, pone la mirada en otra gran mole de granito que guarda cierta relación con una cabeza de asno. Esta formación espera al caminante al margen izquierdo del río Eresma.

Este cauce condiciona un paraje hermoso, de magnífica flora y fauna, que ofrece incluso la posibilidad de bañarse en un par de pozas formadas de manera natural. Las posibilidades senderistas son casi infinitas, pues los caminos se cruzan, el bosque se ensancha en ciertos tramos y el río conduce a otros rincones de igual belleza, como la propia Valsaín. Esta senda que lleva al pueblo discurre por pesqueras que Carlos III mandó adecentar. Estas Pesquerías Reales formaban parte de las zonas de recreo donde la realeza y la nobleza tanto disfrutaron del inigualable frescor que, en verano, proporciona el pinar segoviano.

Atended: estamos en un lugar histórico

Jardines de La Granja de San Ildefonso
Jardines de La Granja de San Ildefonso. | Shutterstock

No solo de baños de naturaleza vive el Real Sitio de San Ildefonso. De hecho, uno de los paseos más estimulantes surge al amparo de la más grande de las opulencias: la que Felipe V construyó en el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso. El primero de los Borbones que gobernó en España se enamoró, como sus antecesores y predecesores en el trono, de este paraje natural a los pies de Guadarrama. El monarca había vivido buena parte de su infancia en el palacio de Marly, donde su abuelo, el soberano francés Luis XIV, pasaba sus jornadas de descanso. El Rey Sol levantó la impresionante Versalles, pero fue Marly el lugar que se hizo un hueco en el corazón de Felipe.

A partir de esos recuerdos, y de los deseos que estos generarían, el Borbón compró a los jerónimos la granja de San Ildefonso y construyó su Real Sitio. Teodoro Ardemans fue el responsable del palacio, René Carlier, pupilo del arquitecto de Luis XIV, de los jardines. El estilo de uno y otro, español y francés respectivamente, se hizo notar. Ciertas estancias del palacio pueden recorrerse todavía hoy, y todavía hoy se siente la grandeza de la construcción.

Aunque si algo impresiona son los jardines, con sus veintiséis fuentes monumentales, la gran mayoría dedicadas a la mitología clásica. En ellas trabajaron varios de los escultores franceses más importantes de la época, que aprovecharon aquello que se decía de que las aguas de esta montaña eran las mejores. Los colores del jardín, el reflejo en los estanques, el contraste con el palacio… todo cambia con el paso de las estaciones, posibilitando que esta visita sea grata y diferente en cada momento del año.

Tocando el cielo

La Mujer Muerta, un símbolo para los segovianos, desde la distancia
La Mujer Muerta, un símbolo para los segovianos, desde la distancia. | Shutterstock

Esta escapada de desconexión para reconectar con lo importante puede concluir tocando el cielo de la sierra de Guadarrama. Descubriendo la Mujer Muerta y la leyenda que rodea a esta bella cadena montañosa, que habla del sacrificio de una madre por amor hacia sus dos hijos. Desde este lado segoviano y en la distancia, sus formas se asemejan a las formas de una mujer reposando. Es un símbolo para los segovianos. Es llegar a casa. En esta legendaria cordillera hay montañas que superan los 2.000 metros de altitud. Es el caso de La Pinareja, con sus 2.197 metros, o el Montón de Trigo, cuyos 2.161 metros de altura también cuentan con leyenda propia. Es lo que sucede con aquello que se siente inalcanzable: que se imagina y se reinventa.

Pero esta segoviana sierra de Guadarrama, a pesar de esa primera sensación de inaccesibilidad entre frondosos bosques, grandes montes y rincones escondidos, es cercana, amable y muy hermosa. Un lugar en el que los cinco sentidos se despiertan, atentos a los numerosos estímulos que se reciben en este paseo por la historia entre montañas.