Expedición Balmis, la aventura que vacunó a un imperio

Durante siglos hubo una enfermedad que aterrorizó a casi todo el planeta. La viruela y sus brotes eran algo común miles de años antes de Cristo. Afectaban especialmente a niños y tenían un alto índice de mortalidad, normalmente en torno al 30 por ciento. Dejaban marcas, picadas, que permitían saber claramente quién la había superado. En India o África llegó a tener sus propios dioses, Shitalá y Sopona. Una asesina letal, resistente a cuarentenas, a la que la ciencia logró vencer a finales de los 70. Fue tras casi dos décadas de combate a través de la resolución WHA11.54, promovida por la URSS y desarrollada a nivel mundial. Pero antes de convertir al virus Variola en uno de los dos únicos que la Humanidad ha hecho desaparecer de la faz de la Tierra, hubo otras actuaciones cruciales contra él. La más espectacular quizá fuese la Expedición Balmis.

Viruela en un paciente de 1886

Viruela en un paciente de 1886. | George Henry Fox

La eterna lucha contra la viruela

Francisco Javier de Balmis y Berenguer venía de una familia de cirujanos y nació en Alicante. Antes de acometer la mayor aventura sanitaria de la historia, sirvió como practicante militar y adquirió grandes conocimientos médicos. Su servicio militar le valió para curtirse en entornos de frente, por ejemplo en el asedio de Gibraltar que se dio en lo que hoy es San Roque y La Línea de la Concepción. Terminó en América, donde aprendió mucho de los curanderos locales. Fruto de ello obtuvo una gran maestría botánica que le sirvió para introducir el uso de varios remedios herbales traídos a la península del otro lado del Atlántico.

Precisamente allí la viruela era especialmente recordada. La enfermedad fue introducida con la conquista española y provocó una escabechina de proporciones inimaginables en la población local siglos atrás. En el resto del planeta se trató a base de intuición desde tiempos remotos. Por ejemplo, los chinos usaban la inoculación activa del virus desde la Edad Media, elaborando polvos con pústulas resecas. También se daban las infecciones provocadas, por ejemplo a través de la adoración de los enfermos que motivaba el culto a la mencionada diosa india. El concepto tras ello es que era mejor asumir la infección que esperar a un brote. En todo caso, los niños eran las víctimas preferidas.

Jenner vacunando al joven James Phipps

Jenner vacunando al joven James Phipps. | Ernest Board

Sin embargo, los avances fueron llegando a lo largo del siglo XVIII. Por ejemplo, la aristócrata inglesa Lady Montagu se hizo eco de la técnica oriental de inocularse líquido de pus de bóvidos que sufrían la llamada «viruela bovina». Era provocada por un virus muy similar al humano, pero que tenía síntomas leves. Además, inmunizaba contra la variante más dañina. Así, se tenía constancia de que lecheras y gentes relacionadas con caballos eran resistentes a la viruela. Edward Jenner hizo cristalizar tales conocimientos de forma final. En 1796, Jenner tomó líquido de las pústulas de vaqueras y se lo introdujo inyectado a un niño. Siguió demostrando sus teorías y dos años después publicó sus hallazgos. Así, se convirtió en el padre de la inmunología moderna.

Cabe mencionar que en Chile, el fraile y doctor en Medicina criollo Pedro Manuel Chaparro fue todo un pionero. Desde mediados del siglo XVIII trabajó tratando a la población en base al pus de las protuberancias de infectados. El éxito fue total, pero la lejanía de las tierras en que trabajó supusieron que se reconociera antes el trabajo de Jenner. De hecho, como se verá más adelante, cuando la expedición Balmis alcanzó su zona de influencia se encontró con poblaciones totalmente inmunizadas.



La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

La experiencia de Balmis le permitió alcanzar el puesto de médico en la corte de Carlos IV en Madrid. El monarca había visto morir a una hija por culpa de la viruela. Esto le predisponía a tomar acciones serias contra la enfermedad. Cuando estalló un brote en Bogotá, en 1802, el cabildo del lugar cuestionó la actitud del virrey local y acabó llamando la atención del rey de España. A raíz de esto surge la idea de una expedición para vacunar a la población colonial. Consejo de Indias mediante, tras diversas deliberaciones, el plan salió adelante.

Que Francisco Javier Balmis fuera el elegido fue resultado de varios condicionantes. En primer lugar, tenía experiencia sobrada en América, a donde había realizado varios viajes. Por otro lado, había traducido la obra del médico francés Jacques-Louis Moreau de la Sarthe, que explicaba cómo vacunar. Esto lo convertía en una suerte de eminencia al respecto, amen de la contada veteranía vacunadora de la que hacía gala. Finalmente, ciertas indicaciones que hizo sobre la organización fueron aceptadas e inclinaron la balanza de su lado.

Grabado sobre la Expedición Balmis

Grabado sobre la Expedición Balmis. | Wikimedia

El 7 de septiembre de 1807 partió la expedición de Madrid. El objetivo era A Coruña, desde donde la corbeta María Pita les llevaría al otro lado del Atlántico. Tal barco llevaba el nombre de la conocida heroína gallega. Portaban con ellos cientos de ejemplares del libro traducido por Balmis. Asimismo, el equipo de expertos reclutados por el propio líder de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna incluía a cirujanos y doctores como José Salvany y Lleopart, Manuel Julián Grajales y Antonio Gutiérrez Robredo. Todos ellos serían vitales para el éxito de la empresa.

Niños para conservar la vacuna

A primera vista puede parecer de una gran crueldad usar a niños como medios de transmisión de la vacuna. Sin embargo, la explicación a esto es que al ser una enfermedad tan extendida, solo se podía asegurar que el paciente no la había adquirido si este era un niño. El dilema moral además llevó a reclutar a «expósitos» o abandonados. Estos recibirían todos los cuidados posibles y quedarían a cargo del estado. De Madrid a la ciudad gallega fue una partida, que se vio complementada con otras de Coruña y Santiago.

Homenaje a los niños de la expedición Balmis

Homenaje a los niños de la expedición Balmis. | Wikimedia

La rectora de la Casa de Expósitos coruñesa en aquella época era Isabel Zendal. Ella pondría uno de los niños, su propio hijo. Su papel en la expedición fue crucial, ya que sería la encargada del bien de los jóvenes. Trató a todos como sus vástagos y el propio Balmis no dudó en colmar de elogios su labor de enfermería. No en vano, la propia OMS la ha reconocido como primera «enfermera en misión internacional». Los críos recibieron ropas y equipamiento variado, como cubiertos. Asimismo, también se les daría educación y un porvenir. En este aspecto, las normas eran claras y buscaban su protección. Al final de la aventura dos murieron y ninguno regresó a la península, sobreviviendo en América.

El método que se usó para conservar la vacuna fue el de ir transmitiendo esta de niño a niño cada diez días. De esta forma se aseguró que el fluido de la vacuna sobreviviera y fuese efectivo a pesar de la duración de la travesía. Todos ellos partieron a las Canarias el 30 de noviembre de 1803. Antes de acabar el año se dio pie a la vacunación de Santa Cruz de Tenerife. Luego tocó volver a hacerse a la mar y cruzar el océano.



Una misión con vistas al futuro

El objetivo de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna era crear juntas de vacunación en enclaves importantes. De esta forma, se enseñaba y creaba un legado duradero que se expandía de forma radial. Para eso servían los libros impresos y las muestras de material llevadas. Puerto Rico fue la primera parada, pero al llegar se descubrió que la vacuna ya había llegado de la isla de Saint Thomas. Asimismo, dependían de los gobiernos locales para asegurarse suministros y les fue difícil. Muy distinto fue el recibimiento en Caracas, Capitanía General de Venezuela. Se creó una junta permanente para inmunizar contra la viruela y se facilitó la continuidad de la misión.

La expedición Balmis apenas había comenzado y tuvo que dividirse. Ya que el objetivo era tratar a todo el Imperio Español, un equipo iría a Sudamérica y otro a México, desde donde partiría a Filipinas. El líder, se hizo cargo de esta última, junto a Isabel Zendal y Antonio Gutiérrez Robredo. Fue a La Habana, donde de nuevo el remedio ya estaba campando a sus anchas. El responsable fue el médico Tomás Romay. De este modo, no le quedó más que continuar a la Capitanía General de Guatemala, haciendo escala en Mérida, y tras ello al Virreinato de Nueva España, actual México. Allí estuvieron durante meses preparando el salto a Manila.

Estatua a Balmis en San Juan de Alicante

Estatua a Balmis en San Juan de Alicante. | Wikimedia

Mientras tanto, José Salvany y Lleopart viró al sur junto a Grajales. Su misión se extendería hasta 1812, momento en el que la realidad española había cambiado mucho desde que se iniciara la expedición Balmis. Con el apoyo del virrey de Nueva Granada pudieron actuar en Cartagena de Indias y Bogotá durante 1804. Usaron habitualmente la táctica de desdoblar al grupo para abarcar más terreno. Llegados al Perú, la situación se complicó. Las poblaciones del lugar llegaron a rechazarlos con violencia y les costó encontrar niños para portar la vacuna. Con todo, logran alcanzar Lima, ya en 1806, donde pueden reposar.

La decisión fue que Salvany se adentrara en las tierras del Virreinato de la Plata y Grajales bajara a Chile. Tras enormes penurias, el primero acabaría muriendo en 1810, en Cochabamba. Por su parte, Grajales tendría más éxito y se dedicaría a expandir la vacuna. Aunque estaba bien asentada en tierras chilenas por Pedro Manuel Chamarro, como se dijo, consiguió que llegaran a provincias alejadas. En 1812 fue cuando obtuvo el permiso para concluir la tarea, considerada todo un éxito.

La expedición Balmis en Filipinas

Volviendo a 1804, el grueso de la empresa partió al Pacífico. Manila era la ciudad que encaraban. Zendal, Balmis y Gutiérrez habían logrado reclutar a niños mexicanos. Eran 26 los jovencitos que quedaron a cargo de la enfermera Isabel. En Filipinas el gobernador les recibió con los brazos abiertos y les facilitó la labor. Ellos mismos se vacunaron y siguió el resto de la población. Lo diseminado e isleño del lugar complicó algo la situación.

Sin embargo, el propio Balmis abandonó la expedición mucho antes de que terminara. Con el estado de salud deteriorado, optó por usar la vía portuguesa para realizar la vuelta. Por ello, se fue a Macao, colonia lusa en China. Su intención era extender la vacuna contra la viruela por el país asiático. Civiles y religiosos celebraron su actuación, lo que llevó a hacer escala en Cantón, donde enseñó a los propios chinos a aplicar la inmunidad contra la viruela, además de aprovechar para aprender de su cultura. Finalmente, emprendió la vuelta a la península a comienzos de 1806. Durante el alto obligado en la inglesa Santa Elena también pudo crear una junta de vacuna.

Balcón Balmis en la Casa del Hombre de A Coruña

Balcón Balmis en la Casa del Hombre de A Coruña. | Wikimedia

Al resto de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna le quedaron años de penurias y labor. Gutiérrez y Zendal hicieron una encomiable labor que se extendió hasta 1809. En dicho año retornaron a Nueva España. Cansados, decidieron no volver a lo que hoy es España. Tampoco lo hizo ningún niño, de los que solo murieron dos. Isabel se instaló junto a su hijo Benito en La Puebla de los Ángeles, actual Puebla de Zaragoza. También se quedó en México, ejerciendo como facultativo, Antonio Gutiérrez Robredo. Los niños mexicanos regresaron junto a sus familias una vez concluida su hazaña.

La gloria fue para Balmis, que vio in situ cómo se desmoronaba la monarquía hispánica. Sin embargo, todos los nombres de quienes participaron permanecen en el recuerdo, algunos como el de Zendal incluso nombran premios. Brillan especialmente los homenajes monumentales de A Coruña. Una labor catedralicia, a la altura de gestas como la primera vuelta al mundo, en pos de una sanidad que evolucionó hasta ser pública y gratuita. El propio descubridor de la vacuna, Jenner, alabó a la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. «No puedo imaginar que en los anales de la Historia haya un ejemplo de filantropía más noble y amplio que este», llegó a afirmar. Si hay otro, desde luego es difícil encontrarlo.

 

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