Los bosques del Basajaun son bosques con sabor a norte y aroma húmedo y frondoso. Bosques neblinosos, en los que el misterio se colorea de tonos pardos y verdes. Espesuras donde el trino de los pájaros queda suspendido entre las copas de los árboles que ocultan el cielo.

En ellos se escucha desde hace siglos el rumor del nombre del Basajaun. Desde el corazón verde hasta las montañas más altas de Euskal Herria, retumba el eco de sus pasos. Recorrerlos es seguir miles de hilos invisibles formados por las voces de los antepasados de los habitantes de esos lugares. Un tapiz de historias gestadas desde la tradición oral y la leyenda que ha llegado hasta el presente. Por eso, todavía hoy, se sigue hablando de los bosques del Basajaun.

El hayedo de Otzarreta

Ubicado en el Parque Natural de Gorbeia, en la localidad de Zeanuri, Bizkaia, se encuentra este pequeño y mágico lugar que parece sacado de las páginas de un cuento. El color verde predomina y lo invade todo, transformándose en alfombras de musgo o pinceladas de liquen que decoran los troncos de las hayas centenarias. Un paraje de una belleza natural e insólita, por su concentración e intensidad. Además de algunas particularidades que parecen cosa de magia, o quizás capricho de Amari, la madre tierra, señora protectora de la naturaleza.

Bosque de Otzarreta

Colores de otoño vistiendo el Hayedo de Otzarreta| Shutterstock

En el bosque de Otzarreta las siluetas de las hayas son diferentes. Elevan sus ramas hacia el cielo en busca de luz o puede que intentando rozar las nubes. Son Hayas Trasmochadas. Su especial forma se debe a los antiguos carboneros de la zona que, a la llegada de septiembre, podaban las ramas para surtir de leña su frío invierno.

Mientras, más abajo, cerca del suelo, los sonidos crujientes de los pasos se enredan con el rumor del agua del río Zubizabala, que atraviesa el lugar. Los rayos de sol se filtran entre las ramas, y desde allí los pájaros y las ardillas observan a los caminantes que se aventuran por la zona.

A los que tienen la suerte de encontrarse con ellos, los ireltxos les contarán los planes más divertidos. Quizás los lleven a escalar el macizo de Itzina, a jugar con una familia de corzos, o a perseguir caballos salvajes. Y si lo convencen, el Basajaun les enseñará a trabajar el hierro o mostrará para ellos lugares y senderos secretos. Siguiendo sus indicaciones pueden visitarse lugares que conoce y protege, como el Humedal de Saldropo, cercano al Puerto de Barazar. También la Cascada de Uguna o el Bosque de Abetos Douglas que se extiende a los pies del monte Gorbea.

Más allá de los límites de la espesura, acercarse a algunos de los preciosos pueblos de la zona, siempre es una buena idea. Zeanuri, Areatza y Ubide invitan al viajero a tomarse un descanso rural y tranquilo, o incluso a dormir entre las copas de los árboles para soñar con seres mitológicos.

La Selva de Irati

Dar los primeros pasos para adentrarse en la Selva de Irati puede sentirse una intromisión. Casi parece que sea necesario pedir permiso para acceder a un lugar privado, hogar de hadas y escondite del Basajaun. Un paraíso natural repleto de paisajes inolvidables que cuentan historias y ocultan más de un misterio.

Se dice que este ser del folclore vasco era el guardián de estas tierras, en el Valle de Aezkoa. Donde se ubica uno de los mayores bosques de Europa, de 17000 hectáreas. Allí en sus laderas, hayas y robles se alzan como protectores de la montaña y de siglos de historia.

Escenario de las cacerías de la realeza navarra, testigos de guerras y escondite de contrabandistas, es un lugar mágico influido por el curso de las estaciones, pero al margen del tiempo. En primavera las aves entonan las tonalidades más brillantes. Y en otoño una alfombra de follaje cubre el suelo con una paleta de rojizos, cobres y verdes y amarillos.

Imagen de la Selva de Irati en otoño.

Selva de Irati durante el otoño | Shutterstock

Hay auténticos tesoros en estos valles, que gritan para ser vistos y encontrados. Desde formaciones megalíticas hasta un embalse, donde reinan las lamias. Azpegi, cerca de la frontera con Francia, atesora un rincón donde la prehistoria mantiene viva su huella en el presente. Allí, dólmenes y crómlechs dibujan sobre la pradera la historia de un pasado remoto y místico. Y en el mismo corazón de la selva, se abre el embalse de Irabia.

Desde allí pueden iniciarse distintas rutas para recoger setas o acercarse al Mirador de Azalegui, a unos 1200 metros de altura. Rodeado de robles, arces y fresnos, entre ellos pastan vacas pirenaicas y se esconde la Ermita de San Esteban, invitando a unos instantes de recogimiento y recuerdo sobre todo lo vivido.

Ataun. Bosques, dólmenes y cuevas

Situado en Guipúzcoa, Ataun es su municipio más largo, extendiéndose en paralelo al margen del río Agauntza, bajo la presencia dominante de la sierra de Aralar. En esta formación geológica el agua ha ido moldeando las rocas calizas hasta formar cuevas y grutas subterráneas, como las de Usategui o Troskaeta. Durante miles de años han servido para conservar increíbles huellas del paso del tiempo. En la primera, piezas del Paleolítico Superior y en la segunda, restos del extinto oso de las cavernas.

Rayos de sol traspasando la niebla que fluye entre los árboles en el Parque natural de Aralar

La niebla entre los árboles en el Parque natural de Aralar| Shutterstock

Casi todo el territorio pertenece al Parque Natural de Aralar y su geografía alberga una hermosa parte del Camino de Santiago. En concreto, el tramo que unía Estella, en Navarra, con la vía de la costa. Recorrer esa zona, desde el puente de Atxurrene, significa para el caminante, encontrarse agradables sorpresas. Empezando por un precioso bosque con una diversidad impresionante de árboles. Además, en las alturas, la cima del Intsusburu.

Pero eso no es todo: también pueden contemplarse diversos megalitos. De hecho, hay 80 catalogados, considerando menhires, túmulos y dólmenes. Entre estos últimos destaca el dolmen de Bernoa. Lugar en el que las historias tradicionales de la zona sitúan reuniones de brujas y misteriosos akelarres. Cuna de dragones y secretos.

En este ambiente mágico no es de extrañar la fama del Señor de Bosque, encargado de cuidar el ganado y avisar a los pastores de la cercanía de los lobos. Según la leyenda, el Basajaun recorría, vigilante y protector, estos terrenos que conocía mejor que nadie. Es posible que todavía camine en silencio, entre las sombras, contemplando a todo aquel que se acerca de visita por estos parajes.

Puede encontrarse también el legado de su presencia deambulando como él, entre susurros y senderos a través de los valles de Tena, Ansó y Broto. Pues también en el Pirineo aragonés hay indicios de la visión de su figura legendaria. Desde las cumbres montañosas hasta los valles que descienden hasta los ríos, puede aparecer de repente. Pero únicamente cuando desea ser visto. Quizás caminando a grandes zancadas entre hayas, robles o avellanos. O puede que comiendo bayas agazapado entre un grupo de helechos.

Imagen del bosque en Ansó, rodeando el cauce del río.

El bosque se extiende rodeando el río en Ansó (Huesca)| Shutterstock

El arraigo en la cultura popular de esta leyenda trasciende el paso del tiempo. Se conserva en las canciones que acompañan la cosecha, en las historias contadas a los niños, y en los otoños templados junto al fuego. De cualquier manera estos han sido y son los bosques del Basajaun. Porque la realidad de su presencia no necesita probarse cuando la magia se percibe en el ambiente. Su sombra alargada desciende sobre los árboles al atardecer. Y su alarido se confunde con el bostezo de las montañas perezosas cuando amanece.