Cuando a Hércules le dio por fundar Sevilla | Leyendas de la Andalucía Ancestral 3

Hércules, Heracles para los griegos, no es el dios del amor, pero como si lo fuera. Hace mucho, pero que muchos siglos, entre los brazos del río Guadalquivir hizo de celestino. Se enamoró de su tierra fértil y rural, para más tarde presentársela al resto de civilizaciones que no se atrevían a cruzar al Océano Atlántico. Fundó y bautizó a este enclave con el nombre de Sevilla. Pero, ¿cómo se conocieron Hércules y la capital de Andalucía?

Cita a ciegas

Los viajes de navegantes por el mediterráneo cada vez eran más frecuentes en el 1000 a.C. Los más valientes conseguían llegar hasta el continente africano, paraban en el actual Egipto para enriquecerse y poco más hacia el Oeste se atrevían a surcar. En este punto el héroe tiene que hacer ya su aparición. El protagonista de la historia no es otro que el semidiós de la cultura clásica, Hércules. Es hijo del dios Zeus, pero peleó para ganarse su propio nombre y no ser el “hijo de”.

Hércules y su fuerza sobrehumana. | Shutterstock

Hércules y su fuerza sobrehumana. | Shutterstock

Su valentía y poderes eran sobrehumanos. Nada consiguió frenarlo cuando se puso frente a frente con lo que une o separa, según se quiera mirar, el Océano Atlántico del Mar Mediterráneo. La leyenda cuenta que donde ahora hay agua, antes había tierra. Fue el propio Hércules el que la derribó con su fuerza para poder cruzar a la península. Hijo de Zeus y con una fuerza casi ilimitada, aún así le costó cruzar por la gran corriente sobre la que navegaba. El esfuerzo pronto trajo recompensa.

Siguió su viaje exploratorio bordeando la rica costa del sur peninsular hasta llegar a la desembocadura del río que abarca Andalucía de este a oeste, el Guadalquivir. Hércules dónde pone el ojo pone la bala, o la maza, que antes pistolas no había. Y ahí que se adentró en el desconocido y misterioso caudal. Embelesado por el paisaje, llegó un territorio que se sitúa entre los brazos del curso fluvial. Y así comienza esta parte de la historia del héroe.

El flechazo de Hércules

Como se vio en anteriores capítulos, Hércules acabó con la vida del rey de Tartessos, Gerión, con una flecha envenenada. Pero no es de este flechazo sobre el que se escribe ahora. El primer flechazo de Hércules fue el que sintió por aquella tierra a la orilla del Guadalquivir que acababa de descubrir. Lo denominó Híspalis que significa llanura junto a un río, más tarde fue la actual Sevilla.

Río Guadalquivir y Sevilla. | Shutterstock

Río Guadalquivir y Sevilla. | Shutterstock

Por lo que cuentan las leyendas, el ya mencionado rey Gerión, también era el monarca de estas tierras. Sin embargo, Hércules siempre supo arrebatarle todo a este gigante de tres cabezas. El territorio era rico en ganado y estaba repleto de toros. El héroe muy pronto se hizo al terreno y a sus habitantes. Creó en Híspalis una industria comercial tan importante que consiguió hacerse con el control del comercio de pieles en todo el territorio de Andalucía. Vamos, que además de ser el más fuerte era un empresario que ni los de Wall Street.

Un relato muy fantástico a primera leída, pero que contiene algunos datos que pueden tener cierta base histórica. No el más importante, el de que Hércules de veras fue el fundador de la ciudad. Aunque así lo que expresa la placa que Sevilla tiene colocada en Puerta Jerez. Aunque la leyenda cuenta que el héroe lo hizo bajo el nombre de Melkart. Más Tarde, se le conoció como Heracles, hasta que finalmente se le otorgó la denominación de semidiós y su nombre pasó a ser Hércules.

Su relación en la actualidad

Desde el instante que se conocieron Híspalis y el héroe, se sabía que el amor iba a durar. Los regalos no son lo más importante en una relación, pero Sevilla le ha dedicado muchos al semidiós. Hércules sigue presente en muchos lugares de la capital y en diferentes tipos de formatos.

Arquillo con figura de Hércules Ayuntamiento de Sevilla

Arquillo con figura de Hércules Ayuntamiento de Sevilla. | Shutterstock

El más destacado está en el Ayuntamiento de Sevilla en Plaza Nueva que cuenta con una estatua que conmemora la figura del fundador en el arquillo. En la fachada también aparecen las dos columnas de Hércules. Sí, las que señalan dónde se encuentran la Atlántida, historia narrada en el episodio anterior. Finalmente, el elemento arquitectónico se convirtió en un emblema de Sevilla y también Andalucía. Tan importante es este semidiós en la comunidad Andaluza que aparece representado también en su bandera.

La Alameda de Hércules no solo lleva el nombre en honor a este heroico navegante que más tarde se convirtió en un semidiós. Entre el homenaje destacan las columnas que decoran el espacio. Coronando la cima de una de ellas está Hércules divisando todo lo que un día vio y enamoró por primera vez. Esta característica plaza es una visita turística indispensable si se pisa suelo sevillano. También es un lugar de reunión en terrazas o bancos para el disfrute de los habitantes de la capital andaluza.

Pero no termina ahí. En esta historia hay un héroe protagonista querido por su ciudad. Solo falta una muralla y dragones. Dragones desde luego que no, pero muralla sí que había, sí. Sevilla estaba rodeada en el periodo romano por una, de la que aún quedan restos en el casco antiguo junto al Real Alcázar. La puerta se situaba en la mítica plaza sevillana de Puerta Jerez. En una placa en su puerta, mencionada ya, se podía leer: “Hércules me fundó, Julio Cesar me cercó de muros y torres altas y el Rey Santo me ganó con Garci Pérez de Vargas”. De ahí la placa actual.

Columna de Hércules en La Alameda de Hércules de Sevilla. | Shutterstock

Columna de Hércules en La Alameda de Hércules de Sevilla. | Shutterstock

Esta relación es el ejemplo perfecto de que mito y realidad pueden ir de la mano. O de que los polos opuestos se atraen. Lo que es una realidad es la magia del pasear oliendo a azahar de Sevilla. No es una casualidad. Fue fundada no por un mortal, sino por un héroe, y eso se puede respirar en sus calles. Un flechazo mutuo, una relación consolidada. Pero no todas las leyendas acaban igual de bien. No lejos, en la Córdoba romana, hay un ejemplo claro. ¿Qué pasó? Atento a la próxima entrega.

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