Sevilla, en la comunidad autónoma de Andalucía, es una ciudad ligada desde sus inicios al Guadalquivir. Es el único navegable de España y la relación entre ambos ha sido siempre complicada. Por un lado, gracias al curso fluvial este núcleo consiguió ser el epicentro del comercio con América. No en vano, la salida al mar que ofrecía fue realmente clave para sus relaciones con el Nuevo Mundo. Actualmente sigue siendo fuente de riqueza y un símbolo de la ciudad. En el otro extremo de la balanza quedaban las inundaciones, las riadas y la contaminación. Sea como fuere, hace 1.400 años el río tenía un aspecto muy diferente, bifurcado. Una batalla visigoda fue la responsable de que esto cambiara, marcando para siempre la historia de la urbe.

El Guadalquivir, una influencia continua en Sevilla

Puente de Triana

Puente de Triana | Shutterstock

Desde sus orígenes el Guadalquivir fue un importante puerto fluvial, un puente entre el Atlántico y el interior de Andalucía. Las primeras referencias se remontan a Tartessos, cuyo nombre proviene de Tarssis tal y como era conocido en ese momento el río, y fenicios. Así, las excavaciones realizadas en la Cuesta del Rosario demuestran que el primer asentamiento humano tuvo lugar hacia el siglo IX a.C. La leyenda cuenta que un comerciante fenicio, tras aventurarse más allá del estrecho de Gibraltar límite del mundo conocido, fundó la ciudad de Cádiz. Luego decidió remontar el Guadalquivir fundando una colonia en el lugar que hoy en día ocupa la plaza de la Alfalfa.

Por aquel entonces el Guadalquivir tenía mareas hasta la altura de Alcalá del Río, 20 kilómetros por encima de Sevilla. En aquel momento existía un antiguo estuario, llamado Iacus Ligustinus. Estaba formado por las marismas atravesadas por varios de los brazos del río. Ispal, la primera Sevilla, se emplazó en sus orillas.

El Guadalquivir a su paso por Sevilla

El Guadalquivir a su paso por Sevilla | Shutterstock

Inicialmente la población estaba situada entre uno de los brazos del Guadalquivir y el arroyo Tagarete y nació como ciudad portuaria. Más adelante cuando esta creció, se expandió por encima de ese brazo, que fue desecado e incorporado a la ciudad. Discurría por la Alameda, Trajano, Plaza Nueva, García de Vinuesa. Finalmente desembocando en la actual Torre del Oro, llegando hasta el cauce principal. Esta ciudad vinculada al comercio se mantuvo en funcionamiento hasta el 216 a.C. En aquellos momentos los conflictos entre Cartago y Roma, que dominaba por aquel entonces la península, acabaron con su incendio y destrucción.

En el 206 a.C. con el triunfo de Roma se produce la fundación de Hispalis, la reconstrucción de Sevilla, así como la de Itálica. Con Julio Cesar, la ciudad pasó a ser una oppidum o plaza fuerte y se levantaron nuevas murallas. En el 45 a.C. adquiere el título de Colonia y reforzará su papel como encrucijada de vías marítimas y terrestres. El río que tenía un valle fértil que permitía buenas cosechas, se encontraba flanqueado por Sierra Morena rica en minas sobre todo de plata.

Los romanos hicieron transformaciones en el caudal y curso del río para controlarlos mejor. No en vano, era básico mantener el servicio de abastecimiento y transporte fluvial de mercancías. Se crearon diques transversales, los llamados puertos, para contener la velocidad del agua y aumentar su nivel. La preocupación por la navegabilidad fue una constante en los siglos.



 

La modificación visigoda, el principio del cambio

Sevilla en el siglo XVI

Durante el siglo XVI, la Flota de Indias llegaba a Sevilla a través del río Guadalquivir | Wikimedia

Los visigodos dominaron Hispania durante 300 años, con Barcelona, Sevilla, Mérida y Toledo como diferentes capitales de su reino. Durante este periodo no faltaron las peleas intestinas como la que acabó modificando el curso del Guadalquivir. Corría el final del siglo VI cuando surgió la cuita en cuestión.

Hermenegildo era hijo del rey Leovigildo y hermano mayor del famoso Recaredo. Cada vez se sentía más cercano a la fe cristiana gracias a la influencia de su mujer y su entorno. Finalmente, se acabó bautizando bajo el nombre de Juan. Eso produjo un importante distanciamiento entre padre e hijo, que culminó en un conflicto armado en el año 581. Hermenegildo, sitiado en Sevilla por su padre, esperaba la ayuda de los bizantinos que debía llegar por el Guadalquivir.

Hasta aquel momento, como se ha comentado, el río tenía dos cauces. Los refuerzos orientales debían llegar por el que discurría por la actual Alameda Trajano y Plaza Nueva para desembocar en la situación actual de la Torre del Oro. Leovigildo, para evitar el socorro a Hermenegildo, construyó un dique con grandes bloques de piedra que acabaron por secar esa parte del cauce sevillano. De igual manera sobornó a sus aliados para que se mantuvieran neutrales.

Finalmente, Leovigildo conquistó Sevilla en verano del 583, y aunque Hermenegildo consiguió escapar en el último momento, fue capturado finalmente en Córdoba y desterrado a Valencia. Un año más tarde fue trasladado a Tarragona y un godo llamado Sisberto le cortó la cabeza probablemente bajo las órdenes de Leovigildo. La configuración del Guadalquivir cambió y el río se secó por el centro. Se cortó el paso de agua al brazo que circulaba por la actual Alameda de Hércules, quedando en su lugar una laguna de agua estancada junto a las primitivas murallas romanas. Todo ello explica el hecho que se hayan encontrado restos de embarcaciones antiguas en pleno centro de la ciudad.

A pesar de ello, el Guadalquivir fue, sobre todo, un eje de comunicación interior y de circulación de riquezas, aunque con diferencias en sus distintos tramos. En el periodo Al-Andalusí se mantuvo la importancia del río por su actividad comercial. A partir del siglo XIII, siguió su importancia que se extendió hasta el período de la Corona de Castilla. Durante el siglo XVI Sevilla fue el centro mercantil del mundo occidental gracias a su río, principal vía marítima de tráfico atlántico. Así llegó a ser conocida como «la ciudad donde late el corazón del mundo».

El Guadalquivir ahora y siempre

Río Guadalquivir

El Río Guadalquivir visto desde arriba | Shutterstock

Todos los cambios y actuaciones en el cauce del Guadalquivir a partir del siglo XVIII estuvieron encaminados a prevenir las inundaciones derivadas de las crecidas. En el siglo XIX cuando la ciudad empezó a derribar sus murallas, el Targarete tuvo que ser también soterrado para facilitar la expansión de la población. Medidas aún más agresivas se tomaron durante el siglo XX, momento en el que se crearon canales artificiales, las llamadas cortas ya iniciadas en siglos anteriores. Su objetivo era acortar el recorrido del río aumentando su profundidad y el caudal, permitiendo así una mayor velocidad de navegación.

Gracias a estas actuaciones, se consiguió una zona portuaria amplia y moderna, hoy conocida como el Arenal y un desarrollo urbano ordenado hacia el sur. Todavía tendría espacio para evolucionar más. Por ejemplo, en 1950 se produjo la creación del tapón de Chapina, la corta de la Vega de Triana y la esclusa de la Punta del Verde. Con ello se consiguió reducir más el efecto de las crecidas. Posteriormente, durante la Expo 92, se produjo la incorporación de la isla de la Cartuja a la urbe.

Gracias a todas esas actuaciones Sevilla se ha mantenido a salvo de inundaciones graves. Por otro lado, como parte negativa, hay que tener en cuenta que toda esta intervención humana ha eliminado durante siglos los bosques y protecciones naturales de la cuenca del Guadalquivir. Por ello, ha contribuido a la pérdida del aporte de agua dulce y aumentado la salinidad del curso, con su consecuente efecto en el ecosistema. Sin embargo, todo ello habría sido distinto de no haberse producido el lejano conflicto visigodo. Una batalla entre padre e hijo que marcó la fisionomía de una de las ciudades más importantes de España.