Cuando se habla de los inventos españoles más famosos, como si de una película se tratase, es sencillo imaginar a un científico en un imponente laboratorio. Pero la realidad supera a la ficción, con su capacidad para convertir los capítulos redactados por Julio Verne en 1865 en la transmisión en directo de un alunizaje en 1969. Con su poder para transformar los sueños de un niño granadino en un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad.

Desde la Galicia más occidental al Cádiz más oriental, desde la Sierra hasta las Islas Canarias, a muchos lectores les sorprenderán las historias que se relatan a continuación. Todas protagonizadas por algunos de los inventos más importantes de la historia, y todos ellos procedentes de distintos lugares de la Península Ibérica. Quedarán sorprendidos también cuando tengan noticia de que algunos productos convertidos en exponentes de la vida cotidiana de generaciones, también han nacido en España. Para eso servirá esta lista, para recordar a algunos inventores y genios olvidados. Y para tener presente que muchas grandes ideas nacen de las situaciones más inesperadas.

El submarino

¿Sospecharía el Capitán Nemo que, dejando el Nautilus varado entre las páginas de su novela, podría seguir sumergido en las profundidades marinas gracias a Isaac Peral? Es imposible decirlo, pero sí puede afirmarse que desde la llegada del ilustre capitán a la Ría de Vigo en 1870, solo fue necesario esperar 18 años para que el submarino torpedero impulsado por baterías fuese una realidad.

Nacido en Cartagena en 1851, Isaac Peral destacó en una sólida carrera militar que inició con su ingreso en la armada en el 1866. Avezado navegante a bordo de la corbeta Villa de Bilbao o la fragata Almansa, dejó el mar durante un tiempo a causa de unos problemas de salud, siendo destinado a Cádiz. Allí, en la Escuela Naval de Ampliación de Estudios de la Armada, bosquejó la construcción de una embarcación subacuática. Tiempo más tarde, convirtió en realidad.

Submarino construido por Isaac Peral

Submarino construido por Isaac Peral | Shutterstock

Durante las primeras pruebas realizadas a su prototipo, este consiguió sumergirse a nueve kilómetros de profundidad. Además de disparar un torpedo, dando en el blanco a un objetivo situado a 300 metros, sin necesidad de salir a la superficie. Pero, a pesar de sucesivas pruebas favorables, realizándose las oficiales en el año 1889, la construcción del submarino de Isaac Peral continua hoy rodeada de un halo de misterio.

Con un presupuesto de 5000 pesestas, recorrió varios países europeos, decidido a conseguir los mejores materiales para ocuparse personalmente de la construcción del submarino. Un proyecto de alto secreto de la Marina española que, sospechosamente fue descubierto por otros países que consiguieron boicotear su construcción. Del mismo modo, inexplicable, el Gobierno español nunca llegó a dar el permiso para seguir adelante con el proyecto, a pesar de que la Junta de Valoración había dado su aprobación tras el simulacro contra el acorazado Cristóbal Colón.

¿Sabrá algo de esto el Capitán Nemo? ¿Querría quedarse para él solo este milagro de la ingeniería? Quién sabe…

El teleférico

De las profundidades del mar a un paseo entre las cumbres en teleférico, capaz de alzarnos hasta picos, pistas de esquí o miradores con vistas inolvidables. También invención española, a cargo de Leonardo Torres Quevedo, responsable además del primer dirigible A-T o el Telekino, por control remoto.

Este cántabro fue científico, matemático, y una de las mentes más inquietas del siglo XIX, dejando para la posteridad una larga lista de artefactos. De joven ya apuntaba maneras, en cuanto a ingenio y creatividad, creando en su casa de Molledo el primer transbordador de tracción animal. Aunque, el primer transbordador que trasladó a personas, a través de un complejo sistema de cables y contrapesos, lo construyó en San Sebastián, en el Monte Ullía. El invento y la empresa constructora, también española, vivieron momentos de auténtica gloria. Llevó su tecnología por todo el mundo, desde Río de Janeiro a la estación de Chamonix.

Su modelo, aunque actualizado, todavía opera hoy sobre las Cataratas del Niágara. En un trayecto de casi un kilómetro, a más de 3500 pies de altura. Para la posteridad queda la imagen de Marilyn Monroe subiendo a la cabina del Niágara Whirpool, como se llama el transbordador, durante el metraje de la película Niágara, en 1953. Para la posteridad queda también el recuerdo del nombramiento de Leonardo Torres Quevedo como doctor honoris causa por la Universidad de la Sorbona. O como miembro asociado de la Academia de Ciencias de París. Ocupó el lugar dejado por Benito Pérez Galdós en la Real Academia Española y publicó varios libros y tratados. Aún así la fama de este Leonardo español no responde a lo asombroso de sus logros, a diferencia de su homólogo del renacimiento italiano.

Teleférico suspendido sobre las Cataratas del Niágara

Teleférico suspendido sobre las Cataratas del Niágara | Shutterstock

El autogiro

Suspendidas entre nubes quedan estas palabras a bordo de un autogiro, precursor del actual helicóptero, desarrollado por el aviador e ingeniero español Juan de la Cierva. Aunque en la primera demostración de viabilidad, en 1917, el girocóptero solo consiguió desplazarse durante 200 metros, al año siguiente voló ya entre los aeródromos de Getafe y Cuatro Vientos. Más adelante, durante los años 30,  incluso la famosa aviadora Amelia Earhart pilotó uno en Los Angeles.

Imagen de Amelia Earhart sobre un autogiro

Imagen de Amelia Earhart sobre un autogiro | Shutterstock

Con solo 16 años, Juan construyó un avión biplano que fue capaz de volar, lo que, unido a la posterior fundación de la compañía B. C. D. junto a dos compañeros, lo colocó entre los más importantes cimientos de la aeronáutica. El autogiro era una especie de nave similar a un avión, pero con un ala en forma de rotor. Gira gracias a la acción del viento, de abajo a arriba. Puede decirse que es una suerte de mezcla entre helicóptero y aeroplano, pues tiene alas pero, al mismo tiempo, cuenta con ese rotor giratorio, que no está conectado con el motor.

A finales de los años 20 del siglo pasado, gracias al apoyo financiero de un aviador escocés, construyó, en el marco de la denominó Cierva Autogiro Company, varios modelos de su aparato. El destino, irónicamente, hizo que su vida terminase unida a la aviación. Falleció a los 41 años, al estrellarse, durante su despegue en el aeropuerto de Croydon, el aparato en el que viajaba.

El desarrollo progresivo de sus primos, los helicópteros, postergó al autogiro a una decadencia obligada. Pero todavía puede disfrutarse de un modelo británico en una cinta de James Bond, que posiblemente le encantaría visionar a de La Cierva, Sólo se vive dos veces.

El traje de buceo

El traje de buceo es otro de los muchos inventos españoles que han servido para explorar y recorrer distancias entre el mar y el cielo. Este traje, inventando por dos ingenieros españoles en el siglo XVII, destaca por sus aplicaciones prácticas y científicas, ya que permitió al hombre, descender y permanecer en las profundidades marinas. El auge del tráfico marítimo a raíz del descubrimiento de América, potenció la aparición de distintos inventos, sobre todo para recuperar mercancías o enseres hundidos. Tanto era así que ya en el siglo XVI, en presencia del rey Felipe III, se probó un equipo de buceo con una exitosa inmersión en el río Pisuerga.

Pero fue en el siglo XVII cuando Diego de Ufano y Pedro de Ledesma desarrollaron lo que puede considerarse el primer traje de buzo en sentido estricto. Aunque sus inventos fueron mejorados en el siglo XVIII por el modelo de Alejandro Durat, siendo el modelo precursor de la escafandra rígida.

Imagen de un submarinista con un antiguo traje con escafandra rígida

Imagen de un submarinista con un antiguo traje con escafandra rígida | Shutterstock

Todo ello, inmersiones, pruebas y aventuras quedó documentado en distintos ejemplares con ilustraciones adjuntas, que hoy, resultan más increíbles que nunca. Muestran a buceadores pertrechados con chaquetas de piel de cabra y gafas de buceo con lentes de cuerno. Unidos a una especie de manguera con la que recibían aire del exterior. Una vestimenta que difícilmente alguien se atrevería a vestir hoy en día, mucho menos para explorar el fondo del océano.

El traje de astronauta

En las exploraciones oceánicas mucho han tenido que decir los españoles a lo largo de los siglos. Del mismo modo, el español Emilio Herrera contribuyó sin saberlo, pero de modo decisivo, a la exploración humana del espacio. Amante de las novelas de Julio Verne y apasionado por la aviación desde su infancia, en 1903 ingresó en la Academia de Ingenieros de Guadalajara. Se convirtió, once años después, tras pilotar dirigibles en la guerra de África, en el primer hombre en volar sobre el Estrecho de Gibraltar.

Ocupó las portadas internacionales por participar, como segundo comandante, en el vuelo del dirigible alemán que cruzó el Océano Atlántico. Más adelante ayudó a Juan de la Cierva en el desarrollo del autogiro, colaborando también en la creación del Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos.

Réplica de el traje espacial diseñado por Emilio Herrera

Réplica de el traje espacial diseñado por Emilio Herrera | Shutterstock

Con una mente siempre unida al vuelo, su sueño era llegar todavía más lejos. A la estratosfera, a 26000 metros, y más tarde hasta las estrellas. Soñaba con la conquista del espacio y para ello, en 1933, comenzó a diseñar un traje para proteger, del frío y la presión, al piloto de su soñado globo. En su prototipo utilizaba lana, caucho y articulaciones en forma de acordeón para el traje y, para el casco, al que había incorporado un micrófono, usó acero, una cobertura de aluminio y tripe cristal.

El comienzo de la Guerra Civil puso punto y final, en la práctica, a sus anhelos espaciales, y lo situó como director técnico de la aviación republicana. Al finalizar la guerra se exilió a Francia, donde cultivó una buena amistad con Albert Einstein. Con su ayuda se convirtió en consultor de física nuclear de la UNESCO.

Durante la Segunda Guerra Mundial rechazó servir al Tercer Reich. Continuó con sus investigaciones durante el resto de su vida, tras presidir el gobierno republicano durante dos años. Falleció en Ginebra, justo dos años antes de poder contemplar la llegada de Neil Amstrong a la luna, vistiendo un traje inspirado en sus diseños. De aquella proeza póstuma quedó una roca espacial que el astronauta norteamericano regaló al colaborador de Herrera, Manuel Casajust.

El futbolín

Detener las exploraciones para echar unas partidas también es posible gracias a un inventor español, de nombre Alejandro Finisterre. Nacido en el año 1919 en la localidad coruñesa que, como su apellido, señala el fin del mundo, fue un poeta inquieto y creativo que luchó durante la Guerra Civil.

Fue herido en Madrid y evacuado a Cataluña donde, en el hospital de Montserrat, preocupado por la imposibilidad de los heridos para jugar al balompié, imaginó para ellos un fútbol de mesa. Con esa idea en la cabeza encargó a un ebanista la realización de su invento, y lo patentó en el año 1937.

Detalle de los jugadores del modelo de Finisterre

Detalle de los jugadores del modelo de Finisterre | Shutterstock

Más tarde vivió en el exilio por todo el mundo, desde Francia hasta México, perdiendo en el camino los papeles que acreditaban su autoría. Dedicó los años siguientes a colaborar en revistas culturales, volcado en su amor hacia la poesía. Lo que posiblemente no podía imaginar era que la visión del fútbol de mesa que tuvo a los 18 años seguiría, tantos años después, de plena actualidad. Basta decir que en España el futbolín de Finisterre, en el que los jugadores tienen las piernas separadas, cuenta con más de 18000 federados.

Los Chupa Chups

Nada hacía presagiar, en los años 50 del siglo pasado, que la unión de un caramelo con un palo iba a convertirse en uno de los dulces más vendidos de todos los tiempos. Hoy en día las cifras alcanzan los mil millones de unidades anuales, prórroga de un éxito que disfrutó desde sus inicios, en 1959.

Salió al mercado de la mano de Enric Bernart, confitero experimentado en la fabricación de caramelos, por haber trabajado en la fábrica que su abuelo poseía en la calle Carders, en Barcelona. Fue desde allí desde donde imaginó un caramelo con el que los niños no se mancharan los dedos al comerlo, gracias a sujetarse sobre un palito de madera, que en los 60 se sustituyó por uno de plástico.

El logo para su primer nombre, caramelo Chups, fue encargado a Salvador Dalí. Convirtió el envoltorio del caramelo en otra de sus obras de arte. Más tarde Bernart incluso ideó las máquinas más adecuadas para su fabricación masiva, que dieron soporte a una demanda cada vez mayor e internacional. Cruzó con éxito a Francia, Inglaterra, Alemania y a Estados Unidos.

En China, Chupa Chups International se considera la empresa extranjera más importante. Pero el viaje más lejano que ha hecho un Chupa Chups va más allá del país asiático. En 1995 la fábrica rusa de este caramelo hizo llegar Chupa Chups a la estación espacial MIR. Nada se sabe de si los cosmonautas pudieron ofrecer uno a un extraterrestre amigable, pero está claro que, si hablamos del Chupa Chups, todo es posible.

Montón de coloridos Chupa Chups

Montón de coloridos Chupa Chups | Shutterstock

Desde partidos de fútbol en miniatura o caramelos con palo, hasta embarcaciones para explorar de cerca los restos del Titanic. Desde la fregona, hasta la jeringuilla desechable. Muchos de los inventos españoles más importantes de la historia ya son eso, pura historia con la que se convive cada día. Un cóctel, mezcla de la fantasía de mentes visionarias y la realidad que puede disfrutarse en primera persona.