La ciudad de Madrid nunca se involucró por completo con el movimiento romántico. A pesar de que José Zorrilla, ayudado por su Don Juan Tenorio, sí logró ser, entre el público, un dramaturgo apreciado. Pero los excesos de su fundamento, la elección de los temas sobre los que se construían las historias y las formas de los espectáculos teatrales provocaron que, con contadas excepciones, el romanticismo cayera pronto en el olvido. Uno de los principios sobre los que se asentaba esta corriente era la distancia con la sociedad en la que se movían los autores. Esa distancia siempre existió, y se llevó a la práctica. Terminó por condenar al movimiento romántico a un lugar secundario en este siglo XIX. Perteneció, en sus inicios, al neoclasicismo, y en sus últimos años, al realismo. Y en Madrid, a Galdós.

El Madrid del realismo

El siglo XIX fue un siglo de cambios para una ciudad que seguía creciendo. En sus últimos años, alcanzaba ya el medio millón de habitantes, se había ensanchado su disposición y se habían creado los primeros medios de transporte público. El tranvía evolucionó hasta ser eléctrico, los mercados empezaron a cerrarse, las tiendas se pusieron bonitas para los potenciales clientes, con esas portadas que terminaron conociéndose como “portadas galdosianas”. Tal fue la influencia que tuvo esta figura en la ciudad de Madrid, y Madrid en su figura.

Fue en este contexto de cambios y evolución, tanto sociales como políticos, cuando llegó la corriente realista a la capital. Y llegó para quedarse. El público quería que los escenarios fueran un espejo de sus vidas, de sus preocupaciones y de las discusiones que se tenían a pie de calle. El público quería reflexionar, debatir, implicarse con algo. El realismo respondió a todas estas necesidades.

Podemos situar su origen en Francia, pero pronto se extendió por toda Europa. Como había sucedido en los siglos anteriores, este nuevo movimiento proponía una ruptura total con el inmediatamente anterior. El romanticismo y sus formas fueron rechazados para dar paso, en este caso, a un teatro humanista. Este teatro puso la vida de las gentes en las tablas, abordando temas mundanos, con personajes corrientes con los que todos podían identificarse y con un lenguaje que huía de la poesía y se asentaba en lo cotidiano. Por eso fue esa figura que paseaba sin descanso por las calles madrileñas la que consiguió lo que nadie más hizo. Un 15 de marzo de 1892, ese paseante inquieto y tímido, estrenaba en el Teatro de la Comedia de Madrid su primera obra: Realidad. El realismo había llegado a Madrid.

El autor enamorado de Madrid

Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria un 10 de mayo de 1843. Murió en la ciudad en la que encontró la vida, un 4 de enero de 1920. El que terminaría siendo uno de los autores más importantes de nuestra historia siempre se mostró inclinado hacia las letras: con veinte años, ya colaboraba con la prensa local enviando poesías satíricas, ensayos y algunos cuentos. Se dice que fue por un deslice emocional con una prima suya por lo que partió hacia Madrid, sin esperar que en sus calles y sus teatros encontraría su hogar.

Galdós lo fue todo en las calles de Madrid. Fue ciudadano, amigo, novelista, dramaturgo, amante, intelectual, académico de la Real Academia Española desde 1897, vecino, político, periodista, paseante, traductor, cronista. Se levantaba con el sol y aprovechaba las primeras horas para escribir. Esta constancia le permitió producir, además de sus novelas, veinticinco obras de teatro, muchas adaptaciones de las primeras. Cuando no estaba escribiendo, estaba contribuyendo al crecimiento de la ciudad. Frecuentaba teatros, cafés y tertulias literarias e intelectuales, donde llegó a formar buenos amigos.

Sobre las tablas lo vieron durante casi treinta años. Estrenó un buen puñado de obras. Comenzando por esa Realidad en 1892, con grandes éxitos como La de San Quintin, en 1894 y con la escandalosa Electra, cuyo estreno, en 1901, le llevó a enfrentarse a la mismísima Iglesia. Pero el público lo quería, y lo quiso hasta el final, gracias sobre todo a su faceta como novelista, pero sin olvidar nunca una pasión por el teatro que le nació de joven y que consiguió trasladar a los espectadores.

Librería Perez Galdós en Hortaleza, abierta en 1942 por sus descendientes

Librería Perez Galdós en Hortaleza, abierta en 1942 por sus descendientes | Shutterstock

Lo que sobre todo hizo Galdós fue pasear por las calles madrileñas, que lo acogieron como si siempre hubiera pertenecido a ellas. “Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en “flanear” por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias”, escribiría en sus Memorias de un desmemoriado. Galdós caminó, escuchó a sus vecinos madrileños, reflexionó en torno a las conversaciones con las que chocaba en las calles, observó detalles que incorporaría, poco a poco, a sus obras, que son ese espejo que buscaba el público. Un retrato preciso y precioso del Madrid de finales del siglo XIX.

Un amor correspondido

Galdós fue un enamorado de Madrid hasta el fin de sus días. Enriqueció con su talento y su sensibilidad a la ciudad de tal manera que, cuando tuvo que despedirse de ésta, la ciudad quiso despedirse de él. Galdós fallecía la madrugada del 4 de enero, en casa. Esa noche, víspera de la Noche de Reyes, todos los teatros de la capital permanecieron cerrados. “No hay función”, se leía en la entrada de éstos, en señal de duelo y respeto por el tan querido vecino que se marchaba.

Estatua de Galdós en el parque del Retiro

Estatua de Galdós en el parque del Retiro | Shutterstock

Medio pueblo acudió a despedirlo al cementerio de la Almudena, demostrando que Galdós, como novelista y como dramaturgo, como vecino y como enamorado de Madrid, había sido una figura de influencia para esas calles como pocas otras. Tras estrenar aquel 15 de marzo de 1892 su Realidad en el Teatro de la Comedia, escribió sobre cómo aquella noche había sido “solemne, inolvidable para mí”. Seguramente no imaginaba que su nombre quedaría escrito con letras imborrables en la historia de la ciudad que tanto amó.

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