San Sebastián es una ciudad cuya belleza se ata a las desgracias que sufrió en el pasado. Durante el siglo XIX su planta antigua se borró totalmente para generar la localidad que se ve hoy día. Un proceso acelerado que no estuvo falto de problemas. Uno de ellos fue el suministro de agua. Caídas las murallas y adquirida una fama real, la población aumentó y las fuentes tradicionales no bastaron. Así se inicio la relación entre el consistorio y el bosque de Artikutza. Este precioso espacio pasó a ser parte del ayuntamiento pese a una curiosidad muy notable: se halla enteramente en la Comunidad Foral de Navarra.

La frondosidad es una marca de la casa de Artikutza

La frondosidad es una marca de la casa de Artikutza. | Shutterstock

Un origen carbonero atado a Roncesvalles

Durante siglos Artikutza fue parte de los dominios de la Colegiata de Roncesvalles. El poder de la institución religiosa se cimentó en buena medida por su posición. Se trataba de un paso pirenaico idóneo. Gracias a ello el Camino de Santiago Francés lo utilizó casi desde prácticamente el inicio de la ruta. La construcción de un hospital en el siglo XII, así como la capilla de Sancti Spiritus, consolidó su importancia junto a otros hitos jacobeos como el hospital de Santa Cristina en Somport.

A lo largo del tiempo, engrosó sus propiedades gracias a donaciones y compras. Entre ellas estaba el bosque hoy propiedad de Donostia. Era parte de Anizlarrea, en donde se hallaban lucrativas ferrerías. Asimismo, los abundantes árboles hacían que el negocio carbonero también fuera rentable. De este modo fue pasando la historia en el pequeño núcleo de Artikutza.



Durante la Edad Moderna surgieron conflictos entre Roncesvalles y Goizueta, con cuyo territorio lindaba Anizlarrea. Los frutos de hayedo y arroyos era una cuestión candente que finalmente se solucionó a inicios del siglo XIX. Mediante acuerdo, los litigantes decidieron dividir el lugar en dos partes. La llamada «Anizlarrea vieja», actual Artikutza, siguió en manos de los religiosos. Los mojones que marcaron la repartición siguen siendo visibles. Por desgracia, las desamortizaciones acabaron afectando a la colegiata, una vez la regente María Cristina de Borbón Dos-Sicilias no pudo hacer nada. De esta forma la finca pasó a manos privadas.

Puente sobre riachuelo en Artikutza

Puente sobre riachuelo en Artikutza. | Shutterstock

Las minas y la compra final de Artikutza

La explotación minera del lugar se incrementó desde mediados del siglo XIX. Cobre e hierro, en su forma mineral, se extraían más intensamente que antes, mientras que los árboles seguían dedicándose a generar carbón. Incluso un ferrocarril llegó a surcar la finca, procedente de Elama y camino de Rentería. Esto supuso beneficios para los dueños, que variaban con relativa frecuencia, pero empeoró el espacio natural. Algo que se dejaría notar aguas abajo, en San Sebastián.

Bosque de Artikutza

Bosque de Artikutza. | Shutterstock

Donostia vivió entre finales del XIX y principios del XX su edad dorada, conocida como la Belle Époque. El carácter romántico de la ciudad, derivado de estar hecha prácticamente de cero desde inicios de siglo, se vio reforzado gracias a Maria Cristina de Habsburgo-Lorena. A la reina madre de Alfonso XIII le encantó la ciudad de tal modo que decidió veranear en la misma de forma continuada en San Sebastián. El palacio de Miramar es uno de los legados que dejó en la población, además de dar nombre a uno de los puentes y hoteles más famosos del lugar. Cómo no, la aristocracia decidió imitarla.

El éxito conllevó un aumento de la población y esto que no hubiera suficiente suministro de agua. Así, se fijaron en fuentes alternativas como Artikutza. A través de varias presas lograron aumentar el volumen de los cursos que provenían de la finca. Con todo, el espacio era todavía privado. Esto cambiaría a raíz de un brote de fiebres tifoideas ocurrido nada más empezar el siglo XX. Las autoridades donostiarras averiguaron que el conato de pandemia se debió a infectados río arriba que contaminaban el agua. Por tanto, controlar Anizlarrea vieja se tornó una prioridad total para el consistorio.

Copas de los árboles de Artikutza

Copas de los árboles de Artikutza. | Shutterstock

Más de diez años de tira y afloja entre ayuntamiento y propietarios acabaron con el bosque en manos del primero. De este modo, se había consolidado esta isla donostiarra en territorio navarro. Se procedió a juntar a toda la población del lugar en un solo núcleo, Artikutza. Asimismo, se cerró todo tipo de explotación económica que pudiera contaminar las aguas. Décadas más tarde, en los 50, se generó un embalse al elevar la presa de Enobieta. No obstante, nuevos pantanos llevaron a que dejara ser una fuente para Donostia en los 70.

Arroyo en el bosque de Artikutza

Arroyo en el bosque de Artikutza. | Shutterstock

Hayas y un embalse que pasó a ser río

Durante los últimos años Artikutza se ha protegido como espacio natural. Su frondosidad hace que las rutas que recorren la finca sean muy transitadas. Por ejemplo, una de ellas transita los límites de la finca y consta de una extensión de 17 kilómetros, por lo que es perfecta para un día. También es posible seguir los vestigios del ferrocarril minero, rodear el embalse o visitar los restos de las ferrerías. Tales alternativas son más cortas. Tienen once, seis y medio y diez kilómetros de largo respectivamente. Se accede desde el municipio guipuzcoano de Oiartzun y se debe contar con permiso para introducir el coche en la reserva.

Capilla de San Agustín en Artikutza

Capilla de San Agustín. | Shutterstock

En todo caso hayas, robles y algún castaño son compañeros continuos por la senda. Junto a los antiguos edificios de la zona, como la ermita de San Agustín, y el núcleo que da nombre a la finca componen un todo encantador. Asimismo, el factor hídrico es también notable. Los arroyos que tanto interesaron a Donostia han vuelto en buena medida a su estado original gracias a un plan del ayuntamiento.

Edificio en Artikutza

Edificio en Artikutza. | Shutterstock

Durante el mes de febrero de 2019 culminó el proyecto que acabaría con el embalse de Artikutza. Al no tener ya utilidad hidrológica, se eliminó siguiendo directrices que aseguraban la protección del ecosistema local. De esta forma se quería devolver los cauces naturales a los ríos y evitar la acumulación excesiva de sedimentos aguas arriba de los mismos. La anulación de la presa, a través de un paso amplio en la misma, asegura asimismo la correcta distribución de peces y crustáceos. Actualmente el antiguo pantano ya muestra un aspecto verde. Un lugar perfecto para complementar una escapada a la propia San Sebastián o a localidades cercanas como Irún, Hondarribia, Pasajes, Orio o Zarautz. Asimismo, las Peñas de Aya quedan al lado.