Para empezar este relato hay que imaginar a una mujer de no más de veinte años disfrazada de hombre. Una mujer que cree en sí misma y que, por extensión, cree en todas las mujeres. Aunque, quizá, no haya tomado todavía conciencia de esto último. Lo resolverá más tarde, cuando ya no necesite ni la levita ni el sombrero de copa. Entonces los colgará.

Pero para llegar hasta ese momento hay que recorrer un largo camino que empieza en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid, en los años cuarenta del siglo XIX. Esta mujer entra en un aula cualquiera, vestida de hombre. Las mujeres, por entonces, tenían vetado el acceso a las enseñanzas superiores, pero ella tiene bien claro que quiere aprender. Siente interés por el derecho, por los idiomas, por la ciencia. Tiene una curiosidad indómita y una fortaleza de hierro, que no decae ni siquiera cuando se descubre el engaño. Porque ese joven silencioso, de aspecto extraño, resultó ser una mujer.

Quieren expulsarla, pero ella expresa también su deseo de aprender. Permanecerá en completo silencio, no molestará, renunciará a cualquier título oficial, no alardeará de sus logros, pero que le dejen aprender. Que le dejen formarse. Su educación, hasta ese momento, había sido excelente. Así se constató en uno de los exámenes más extraordinarios realizados en esa facultad durante aquel convulso siglo. Con esa evaluación en mano, el rector de la universidad no tiene más remedio que ceder ante la evidencia. Es una mujer, sí, pero merece estar allí. En silencio, sin molestar, sin título oficial, sin un futuro por delante, pero aprendiendo. Sin volver a ponerse el disfraz, porque ya todos la conocían.

Con las cosas siempre claras

Concepción Arenal nació en Ferrol el 31 de enero de 1820. En realidad, tras su paso por la universidad, en la que estudió en silencio y sin molestar durante cuatro cursos, volvió a disfrazarse. Lo hizo para acompañar a su marido, Fernando García Carrasco, a las diferentes tertulias literarias que se celebraron en Madrid a mediados de siglo. García Carrasco, quince años mayor que ella, apoyó siempre las aspiraciones intelectuales de su mujer. Fue un duro golpe para ella que este falleciera apenas nueve años después de contraer matrimonio, con hijos en común y toda una vida por delante. Era 1857, Concepción tenía 37 años y su carrera no había hecho más que comenzar.

No tuvo comienzos sencillos. Su padre falleció, bajo el absolutismo de Fernando VII, cuando Concepción no había cumplido diez años de edad. De él heredó esa fortaleza de espíritu y la firme convicción de que debía luchar por sus ideas, independientemente de lo que dijera la sociedad al respecto. Con su madre nunca tuvo una gran relación. Aceptó que sus hijas fueron educadas, pero esta educación no debía sobrepasar el mero comportamiento en sociedad.

Concepción, que había crecido en el campo libre de prejuicios y expectativas, no solo rechazaba la firmeza de las normas sociales: tenía también una curiosidad infinita por todos los campos de estudio. Su madre nunca llegó a comprender a su hija ni a aceptar sus aspiraciones. Así que puede imaginarse también que cuando esta falleció, en 1941, aquella joven de veinte años se sintió liberada. Tomó la herencia moral de su padre, la herencia económica familiar y forjó su destino.

Concepción Arenal en un sello de correos

Concepción Arenal en un sello de correos | Shutterstock

Demasiado pronto para una mujer, demasiado tarde para un disfraz

A su etapa en la universidad, su feliz matrimonio y las charlas literarias siguieron años de formación y descubrimiento. En 1855, Concepción y su marido comenzaron a colaborar en el periódico liberal La Iberia. Hacía tiempo que se había decantado por las letras. Escribía poesía, fábulas, obras teatrales y una novela que, por desgracia, no se ha conservado. Concepción era reflexiva y analítica.

Su salto al periodismo lo vivió con la tenacidad con la que vivió todo, pero todavía escondida. Sus primeros artículos, sin firma, dieron buena cuenta de una voz sobria, contundente y segura. Pero dos años después de aquel comienzo, el gobierno sentenció como obligatorio firmar todos los textos de carácter político o religioso, así que el periódico tuvo que prescindir de su colaboración constante. Era demasiado pronto para que firmase una mujer y era demasiado tarde para un disfraz.

Por entonces, Fernando García Carrasco ya había fallecido, también la mayor de sus tres hijos. Puede suponerse que Concepción vivió, durante este periodo, los años más complicados de su vida. Entonces volvió al norte, la tierra en la que se había criado. El norte le ofreció aire fresco y allí terminó de nacer la gran figura que hoy se recuerda.

La mujer del porvenir

Potes, valle de Liébana

Concepción creció en el Valle de Liébana y cuando tuvo oportunidad regresó para instalarse en Potes | Shutterstock

Concepción Arenal escribió su primer trabajo de corte claramente feminista en 1861. No lo publicó hasta 1869, en el contexto de las famosas Conferencias Dominicales para la Educación de la Mujer, pronunciadas en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid. La Mujer del Porvenir fue el título que escogió para reivindicar las capacidades intelectuales de las mujeres, semejantes a las de los hombres. En este volumen reflexionó sobre la situación de sus compañeras y sobre su derecho a una educación igualitaria que a ella le había sido negada. Fue el primero de muchos libros. Concepción Arenal estuvo en la ola de las primeras mujeres que lucharon por todas.

En el norte, entre Potes, Gijón y Vigo, escribió también sobre los más desfavorecidos, sobre los olvidados de la sociedad. Un amigo cercano la introdujo en la Sociedad de San Vicente de Paúl y Concepción decidió crear, en la localidad cántabra, la sección femenina de esta organización católica caritativa. Así comenzó su interés por las preocupaciones sociales y humanitarias.

Poco a poco, a medida que su fama crecía, fue adoptando diferentes funciones en esa sociedad en la que creía, pero en la que encontraba muchos defectos. Se convirtió en Visitadora de Prisiones de Mujeres, a petición de la reina Isabel II. Escribió sobre la necesidad de abolir la esclavitud en las colonias que todavía conservaba el país, llevándose con su creación Oda a la Esclavitud el primer premio de un certamen literario.

Fundó La voz de la Caridad, un periódico caritativo a través del cual puso en marcha proyectos que miraban por el pueblo. Por ejemplo, la iniciativa conocida como El Patronato de los Diez, por la que diez familias de buena posición se comprometían a ayudar a una en situación de pobreza. También sacó adelante la Constructora Benéfica, cuyo objetivo era crear hogares para los obreros. Dirigió personalmente un hospital durante la tercera guerra carlista. Después escribió sobre su experiencia emocional en Cuadros de Guerra, publicado en 1880.

Escribió, da la sensación, sobre todo. Sobre el compromiso de ayudar a los demás y los fallos del sistema (La Beneficencia, la Filantropía y la Caridad, 1860), sobre cárceles (Cartas a los Delincuentes, 1865), sobre la educación (La Instrucción del Pueblo, 1878), sobre derecho (Ensayo Histórico sobre el Derecho de Gentes, 1879), más sobre mujeres (La Educación de la Mujer, 1892).

Vivió, da la sensación, todo. Formó parte de una familia y creó la suya propia. Fue una esposa feliz y realizada que quiso contribuir a la economía del hogar, que se empeñó en poder hacerlo y lo hizo. También fue una gran profesional: periodista y escritora de gran producción, concluyó su vida entre reconocimientos. Y siempre fue mujer, incluso, quizá sobre todo, bajo aquel disfraz. Una mujer que no solo sabía que podía: también sabía que tenía el derecho de poder. Concepción Arenal escribió y vivió de esta manera hasta el último de sus días.

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