Para entender esta historia, primero hay que imaginar un aula dispuesta para la enseñanza, a comienzos del siglo XVI. Una a rebosar de muchachos jóvenes, porque en esta época las enseñanzas universitarias comenzaban a popularizarse. Tal vez entre esos jóvenes se encontrase una muchacha joven también, perteneciente a alguna familia de renombre. Miraría de soslayo a sus compañeros, que seguramente dudasen de sus capacidades. Esta joven, sin embargo, a buen seguro se sentaría en las primeras filas, porque quiere aprender.

Está última parte es solo un “tal vez”. Es más que probable que en ese aula no hubiera ninguna mujer. Al menos, hasta que entró ella. Hay que imaginarla joven también, quizá con un punto de orgullo en la mirada. Aborda la entrada con buen ánimo y se coloca frente a esos muchachos, que la observan en silencio, suponiendo, no sin extrañeza, que se sentará entre ellos. De nuevo, seguramente dudando de sus capacidades.

Pero esa mujer no se sienta. Permanece en pie, delante de todos. Lleva un libro en la mano y sostiene esas miradas, porque va a tener que familiarizarse con ellas. Van a pasar un tiempo juntos. Porque se encuentran en un punto cercano a 1508, ese aula pertenece a la Universidad de Salamanca, esa mujer es Luisa de Medrano y está preparándose para dar su primera clase. Para pasar a la historia, aunque de la manera en la que las mujeres como ella pasan a la historia, como la primera catedrática de España.

“¡Oh felices padres que engendraron tal hija!”

Luisa de Medrano sólo vive en una carta. Su memoria vive en las palabras que Lucio Marineo Sículo, erudito italiano de gran fama en el siglo XVI, le dedicó. Salvo este testimonio escrito tras una experiencia personal, en el que pueden leerse elogios tales como el que precede estas líneas, no hay nada que se haya conservado de Luisa de Medrano. A quien, por cierto, Marineo se refiere en numerosas ocasiones como “Lucía”. Quizá este sea el destino de mujeres como la catedrática. O como Ende la iluminadora. Pasar a la historia sin que ni siquiera su nombre sea concretado.

Universidad de Salamanca

Universidad de Salamanca | Shutterstock

Luisa de Medrano nació en 1484 en Atienza, hoy Guadalajara, antiguamente Soria. Su familia fue uno de los grandes apoyos de los Reyes Católicos en sus conquistas. Por eso se hicieron cargo de Luisa y sus hermanos cuando tanto el padre de Luisa como su abuelo fallecieron en una de estas empresas. Una joven Luisa de Medrano quedó bajo la tutela de Isabel la Católica, que tomó para ella las decisiones que solía tomar para sus protegidas: sería educada como un hombre. Con el mismo conocimiento, dando por hecho las mismas capacidades.

Así fue como Luisa aprendió sobre historia, cultura, filosofía y las materias en las que destacaría más adelante. Hay que imaginar, de nuevo solo imaginar, que Luisa se sintió cómoda y satisfecha con este destino. No se tienen noticias de que contrajera matrimonio, tampoco de que tuviera descendencia. Luisa de Medrano fue una mujer dedicada a las letras y la enseñanza. O eso es, al menos, lo que sabemos de ella.

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“Te debe España entera mucho”

Luisa, a pesar del desconocimiento generalizado, ha sido una mujer muy citada a lo largo de la historia. Claro que “cita” no significa lo mismo que “estudio”. Así que cuando todos los cronistas de Salamanca se dedicaban a retratar la historia de esta bella ciudad, nombrando a sus más ilustres habitantes, citaban a Luisa. Pero ninguno la estudió. Ninguno estudió su vida ni documentó sus logros. Por eso su memoria se perdió en los únicos siglos en los que podría haberse recuperado. En cualquier caso, sin estudios sobre su nombre, quedan estas citas, que se han mantenido con el paso del tiempo, señalando de alguna manera la impresión que esta mujer causó en sus contemporáneos.

Posible retrato de Luisa de Medrano como Sibila Samia. Del conjunto Profetas y Sibilas de Juan Soreda

Posible retrato de Luisa de Medrano como Sibila Samia. Del conjunto Profetas y Sibilas de Juan Soreda | Jo chi san, Wikimedia

“Te debe España entera mucho, pues con las glorias de tu nombre y de tu erudición la ilustras”, escribió Lucio Marineo Sículo en aquella carta. Lo hizo tras asistir a una de sus clases o conferencias en esa Universidad de Salamanca. Había escuchado su nombre, explica, pero nunca antes había tenido un contacto con sus indudables capacidades. Luisa debió hablar muy bien, enseñar muy bien, ilustrar muy bien. Ahí nacen los elogios de Marineo, de los que ha de nacer a su vez la única tentativa de construir un perfil sobre ella.

Este perfil puede edificarse a partir de ciertos elementos: la cultura, el inconformismo, la determinación y la inteligencia. En un momento en que las mujeres apenas podían tener una educación, Luisa de Medrano se atrevió a enseñar.

La acompaña también una polémica, pues la ausencia de su nombre en el Archivo Universitario de Salamanca ha hecho pensar que no fue quien la historia dice que fue. La investigadora alemana Therese Oettel inició un viaje en busca de respuestas que la llevó a lugares tan variados como Santander, Madrid, Salamanca, Alcalá de Henares, Soria, Valencia, Granada, Sevilla y Simancos. Su rastreo de las huellas de la catedrática le llevaron a la conclusión sorprendente. Seguramente Luisa de Medrano ocupase una cátedra extraordinaria. Es más, resulta muy probable que lo hiciera en sustitución de Antonio de Nebrija, cuya vida y obra sí es de fácil acceso.

Luisa de Medrano

“Ahora ya me es más fácil creer lo que antes dudaba”

Creer en lo que antes se dudaba. Esto es, por volver al hilo inicial: que las mujeres tenían capacidades. Que podían no solo pensar como un hombre, también hablar como tal, actuar como tal. Hasta hacerlo mejor. Marineo, el erudito italiano, abrió los ojos con Luisa de Medrano. Dejó de dudar.

Así que decidió incluir su nombre en una primera edición perdida de De las cosas memorables de España, edición que no ha llegado a la actualidad. Como viene sucediendo, nos queda el recuerdo. Y la seguridad de que Luisa de Medrano fue una mujer memorable, pero en fin, su memoria solo existe en una carta. Solo uno de sus contemporáneos, pese a impresionarlos a todos ellos, se molestó en poner por escrito todo lo que fue. Y ni siquiera escribió bien su nombre.

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