En casi cualquier ciudad española es fácil que se recomiende echar un vistazo al edificio del casino. Aunque el primer pensamiento pueda retrotraer a imágenes de juego y apuestas, lo más habitual es que se tratara del lugar donde se asentaba, o lo sigue haciendo, el casino cultural. Estas instituciones surgieron en el siglo XIX, dando muestra de que el mundo estaba cambiando. Además de permitir a sus miembros jugar al mus o al billar, sirvieron como epicentros de debate. Acogieron tertulias, asociaciones y más tarde incluso ateneos. Una mezcla que conformó espacios decisivos para el avance de la sociedad y cultura española.

Sala árabe del Real Casino de Murcia

Sala árabe del Real Casino de Murcia. | Shutterstock

De las casas de conversación a los casinos culturales

La asociación entre la palabra casino y el juego no es casual. Esta vertiente, al igual que la charla que suele acompañar a esta actividad, ya fue protagonista de espacios antes del siglo XIX. Se trata de los tablajes, garitos o casas de conversación. En resumen, tales locales se dedicaban a dar baraja a los tahures. Las casas de juego iban de antros a locales más o menos decentes y funcionaron especialmente en la Edad Moderna.

El Siglo de Oro fue especialmente prolijo para ellas. Allí acudieron literatos importantes como Quevedo o Góngora, pero también personajes de todo tipo. Mientras se desplumaban unos a otros, podían comprobar de primera mano la decadencia del Antiguo Régimen. A las casas de conversación, un eufemismo, se les suponía algo más de categoría y daban lugar a tertulias mientras se repartían cartas o se echaba una partida a un juego de mesa de la época.



Las conversaciones culturales tenían otros entornos para discurrir, como las academias literarias. Estas se extendieron en la misma época, en muchas ocasiones impulsadas por nobles. Basadas en un espíritu humanista, sirvieron en buena medida como precedente a instituciones ilustradas como la actual Real Academia Española. En la horquilla de los siglos XVII y XVIII también cabe destacar a los salones literarios, reuniones privadas lideradas por mujeres y de carácter mixto, una costumbre importada de Francia. Con todo, el Antiguo Régimen no permitía que el concepto de casino se desarrollara. Todavía faltaba el liberalismo y el auge de la burguesía para que fueran posibles.

Casino de Cartagena

Casino de Cartagena. | Shutterstock

Espacios para una nueva élite

Tras la Guerra de la Independencia España estaba en una crisis total. Liberales y tradicionalistas chocaban en cualquier tipo de concepto. No obstante, Europa bullía y mostraba ejemplos de que la burguesía era ya un agente a tener en cuenta. Una puja que se saldó con conflictos pero también con la apertura de espacios hasta entonces impensables en el país. Los casinos culturales son un claro ejemplo. Mezclaron el juego legal, al menos oficialmente, con la expansión de la cultura y las libertades individuales. Que muriera un tirano como Fernando VII ayudó sobremanera a que proliferaran.

Parte superior de la fachada del casino de Madrid

Parte superior de la fachada del casino de Madrid. | Wikimedia

Estas instituciones se crearon siguiendo el modelo de club inglés. Así eran entornos masculinos, burgueses y en muchas ocasiones elitistas. De «buena sociedad», como solían describirse. La cuestión clave es que la sangre azul se vio sustituida por el pragmatismo de la época. Políticos, hombres de negocios y nobles se juntaban para divertirse con estilo. Al tiempo, generaban redes de contactos basadas en la exclusividad que aportaba ser socio del casino. La entrada se solía realizar por recomendación. De esta forma, un miembro de la clase alta era apadrinado por otro ya miembro de la sociedad para acceder a la membresía.

Los casinos culturales españoles también tenían influencia italiana. En dicho país las asociaciones solían incorporar tanto un café de tertulia como un espacio de juego. Sin ir más lejos, el Casino de Madrid, uno de los más exclusivos del país, tuvo origen en el Café de Sólito. Además, el propio nombre «casino» proviene del idioma italiano. Sin duda eran lugares eclécticos, como el mismo siglo XIX. Un espíritu que se traslada a sus edificios, que van de lo mudéjar y árabe a lo neoclásico. Por ejemplo, el Real Casino de Murcia luce de forma espectacular su variedad de estilos.

Sala Pompeyana del Real Casino de Murcia

Sala Pompeyana del Real Casino de Murcia. | Shutterstock

Respecto a los juegos más habituales en los casinos, el billar era una de las estrellas indiscutibles. El juego causaba furor en toda Europa y no iba a ser menos en España. Adquirir una mesa era una prioridad, casi tanto como tener un buen piano. Los naipes eran otra actividad común, con diversos tipos de juego que incluían el mus. También había espacio para partidas de ajedrez. Asimismo, las bibliotecas eran otra estancia básica.

A la tertulia y el factor lúdico se sumaban actividades como la lectura de prensa de forma conjunta, que solía derivar en debate. También fueron incorporando espacios como salones para bailes y fiestas o salas para representaciones de teatro o conciertos. A pesar de que intentaron en un comienzo mantener cierta neutralidad política, el pasar de los años supuso que los clubes se politizaran y sirvieran de base para los típicos contubernios decimonónicos. Así, el Casino de Madrid fue uno de los lugares donde se gestó La Gloriosa, la revolución de 1868.

Biblioteca del casino de Madrid

Biblioteca del Casino de Madrid. | Wikimedia

Lugares condenados a adaptarse

Si la burguesía fue la primera en sacar cabeza en el XIX, no tardarían en seguirle otros. Artistas y obreros emularon el concepto de los casinos. No en vano, ellos también querían acceso a la cultura y divertimento. El ambiente relativamente progresista que encarnaban este tipo de espacios generó que crecieran, muchas veces directamente junto a ellos, asociaciones de recreo más abiertas. El ejemplo más claro está en Soria. Su Casino Numancia vio la luz a mediados de siglo y casi un par de décadas después lo hizo el Círculo de la Amistad. Ambos se ubicaban en el mismo edificio y tenían misiones francamente parecidas. Finalmente, en 1961 se acabaron fusionando, habiendo sobrevivido hasta hoy.

Casino de Llanes

Casino de Llanes. | Shutterstock

Los círculos culturales paralelos prosperaron, especialmente en los años finales del reinado de Isabel II y tras la Gloriosa. En un principio, contaban con un carácter más artístico que los clubes, por lo que era el espacio ideal para creadores y mecenas. Esto no significa que importantes pensadores y literatos participaran en la vida de los clubes, como hicieron Gerardo Diego o Machado en Soria. Asimismo, los casinos se diversificaron su origen. Fue habitual que los gremios tuvieran su espacio propio en forma de este tipo de institución. Su popularidad hizo que fueran el tipo de asociación de recreo y cultural más abundante del siglo XIX, con casi la mitad de los registros.

Sala del Circulo de Amistad Numancia

Sala del Circulo de Amistad Numancia. | Turismo de Soria

Otra institución parecida a los casinos durante el XIX fueron los ateneos. Estos centros estaban más encarados a la ciencia y las artes que al esparcimiento, una diferencia clave, además de poseer por lo general un carácter más popular. También solían realizar cursos. En Soria, el casino cultural fue el origen de los primeras asociaciones de este tipo. Mientras tanto, en Barcelona el Ateneo Barcelonés y el Casino Mercantil se fusionaron durante el último tercio del XIX. El movimiento obrero también creó sus propios espacios similares, como el ejemplo paradigmático del Ateneo-Casino Obrero de Gijón.

Biblioteca del Casino-Ateneo Obrero de Gijón

Biblioteca del Casino-Ateneo Obrero de Gijón. | Wikimedia

El nuevo siglo no paró la creación de los casinos culturales. Los indianos de Llanes culminaron en 1910 la construcción del flamante edificio que fue sede de su sociedad hasta 1990. De la misma época es el de Manresa, cuyo club ya no existe. Montecasino en Albacete o el de Espinardo en Murcia son otros ejemplos. Durante el siglo XX siguieron siendo centros importantes en una España que solía estar deprimida. Algunos conservaron más o menos sus costumbres exclusivas, como el llanisco, el de Real de Murcia, el de Madrid o el de Cartagena. Otros decidieron tirar algo a lo popular, como el Numancia o el Casino Alianza Poblenou de Barcelona. Hoy son entidades centenarias cuyos edificios son visitas imprescindibles para saber cómo comenzó una serie de cambios sociales que permitieron al país evolucionar hasta la actualidad.