La Mérida islámica
En el lugar menos malo para cruzar el anchísimo cauce del río Guadiana, en el siglo I los legionarios veteranos fundaron Emerita Augusta (Mérida) y edificaron el puente más largo de la antigüedad: 755 metros. Lugar sumamente estratégico pues por allí pasaban la Vía de la Plata (que comunicaba el norte y el sur) y las calzadas que conectaban el oeste y el este; por ello se convirtió en capital de la provincia de Lusitania y sede de un arzobispado.

En las siguientes décadas una pequeña guarnición mora controló una gran ciudad en la que convivían mozárabes (cristianos descendientes de hispano-romanos, suevos y visigodos), muladíes (los mozárabes que se habían convertido al Islam), y los llamados `moros baladíes´ (llamados así “los antiguos”, por ser los primeros bereberes y sirios que llegaron con Musa). Un ambiente cosmopolita que generó extraordinaria prosperidad, pero también siglo y medio de conspiraciones y rebeldías en aquella Mérida islámica.
En el año 741 los moros baladíes se rebelaron frente a la autoridad del califa de Damasco, que envió tropas desde Siria; estas derrotaron a los rebeldes en la batalla de Aqua Portora (cerca de Córdoba). Pocos meses después este ejército se dirigió a esa Mérida islámica más de nombre que de hecho, y tomó la ciudad; pero una mayoría de sus habitantes procedieron a escapar para acabar siendo ellos quienes asediaron a los sirios. Confiados de su superioridad numérica, los sitiadores baladíes montaron un gran campamento con mucha población mozárabe y muladí. Los sirios aprovecharon el descuido de los sitiadores cuando preparaban una fiesta en el campamento para atacarles por sorpresa; volviéndose a Córdoba con unos 10.000 cautivos emeritenses, que vendieron como esclavos. Desde Siria se envió un nuevo gobernador de Al Ándalus, que conseguiría poner paz entre baladíes y sirios; estos fueron establecidos en otras zonas. En las siguientes décadas numerosos moros baladíes se establecieron en Mérida.
En el año 828 todos los grupos étnicos y religiosos, liderados por el moro de origen bereber Mahmud y el muladí Suleiman Martín, y apoyados por el propio arzobispo de Mérida, se sublevaron expulsando al gobernador (también muladí y conocido como “El Gallego”). El califa cordobés en persona acudió con su ejército, necesitando dos años para recuperar Mérida aunque solo un año después ya habían expulsado a su nuevo gobernador.

La bien guarnecida alcazaba tampoco fue suficiente para mantener la paz en la Mérida islámica, pues en el 868 estalló otra importante sublevación. Las luchas continuaron hasta el año 875, cuando los muladíes y mozárabes comandados por Ibn Marwan “el gallego” (hijo del antiguo gobernador de igual nombre) se instalaron en el inexpugnable castillo de la culebra, en Alange. Al no poder derrotarles el Emir de Córdoba pactó con ellos para que “el gallego” y sus seguidores refundaran la ciudad de Badajoz en las inmediaciones de lo que había sido ciudad visigoda arrasada por los árabes en el 713. La salida de ese grupo no fue suficiente para pacificar Mérida, pues poco después otro grupo de emeritenses marchó para establecerse en el norte. Por ello el gobernador de la ciudad debió de atraer población de Marruecos para repoblarla, aunque la Mérida islámica —a pesar de la ventaja de su estratégico puente— perdió para siempre la preeminencia que había tenido hasta entonces.
Texto de Ignacio Suarez-Zuloaga e ilustración de Ximena Maier