Linchamiento en Segovia y sublevación de los comuneros

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En febrero de 1518 el rey Carlos I se presentó en Valladolid ante las Cortes de Castilla rodeado de asesores flamencos y sin casi ser capaz de hablar castellano; causando una pésima impresión. El reino llevaba muchos años de inestabilidad a causa del vacío de poder provocado por la incapacitación de la reina Juana I, por la temprana muerte de su marido Felipe de Borgoña, por las dos regencias del cardenal Cisneros y por la regencia del antiguo rey consorte: Fernando el Católico. Por ello los dirigentes de Castilla opinaban que el reino requería de una suma atención por parte de un líder dotado de una autoridad incuestionable.

Por el contrario, éste rey de solo 17 años se dedicó a organizar torneos hasta conquistar a la viuda de su abuelo Germana de Foix, así como a repartir los principales empleos del reino entre amigos sin experiencia. Causó especial perplejidad que el trascendental cargo de arzobispo de Toledo (y Primado de España) se le encomendara a un flamenco de 20 años. Muy pronto, los predicadores de las órdenes religiosas se convirtieron en los portavoces del descontento por la actitud del rey y de su séquito; aparecieron clavados pasquines con textos como el siguiente: “Tu, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor”.

Un año después de haberse presentado ante las Cortes, y sin todavía haber llegado a ganarse la confianza de las fuerzas vivas del reino, Carlos I fue elegido emperador. Por eso Castilla pasaba a ser una parte más de un Imperio cuyo centro de decisión estaba a miles de kilómetros; algo sin precedentes para Castilla.  A comienzos de abril de 1520 los procuradores que representaban a las ciudades en las Cortes fueron convocados en Santiago de Compostela. Se creó un ambiente muy hostil hacia el joven rey porque ya se sabía que el motivo sería la votación de nuevos impuestos para el pago de los votos de los príncipes electores del cargo imperial, así como para el pago de los fastos de la aceptación del honor. En Salamanca predicadores  divulgaron escritos animando a resistirse, en los que emplean por primera vez el término “Comunidades”; en tanto que el pueblo de Toledo impidió la salida de sus procuradores a Cortes, haciéndose cargo del gobierno de la ciudad.

Debieron de pasar muchos días y fuertes presiones hasta conseguir que las Cortes votasen la recaudación del dinero que necesitaba. Finalmente, una vez arrancada a los procuradores la decisión de cobrar nuevos impuestos para financiar los gastos de acceso a la dignidad imperial, el rey Carlos I se marchó hacia Alemania con su séquito. El regente que nombró para gobernar en su ausencia —el cardenal Adriano de Utrecht— quedó al mando de un reino con una población enfurecida por la forma en que venía siendo tratada, y que desconfiaba de la fidelidad de los procuradores que la representaban en las Cortes; pues estos habían desoído las instrucciones que les habían dado. Al fallarle sus representantes legales, los ciudadanos empezaron a elegir a unos nuevos líderes de estas comunidades, preparándose el ambiente para que se produjera la sublevación de los comuneros (el nombre que se fue extendiendo).

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Iglesia de San Miguel

El 29 de mayo regresaban de las Cortes de la Coruña los procuradores Juan Vázquez del Espinar y Rodrigo de Tordesillas, siendo advertidos del primer brote de sublevación de los comuneros: el linchamiento en Segovia de dos alguaciles del rey. Les explicaron que la causa del asesinato  había sido la noticia de que ambos procuradores habían votado a favor de conceder la gran suma de dinero que el monarca había solicitado para pagar los gastos de su elección como emperador. Vázquez del Espinar recomendó a su compañero que se quedase en su casa de El Espinar hasta que la situación en Segovia se calmara; pero el procurador Tordesillas —con ganas de ver a su esposa hacerse casado recientemente y con la conciencia tranquila por su comportamiento en La Coruña— optó por regresar a su domicilio. Cuando entraba de anochecida en su hogar segoviano, una voz anónima le gritó que no saliera de la misma.

Al día siguiente el procurador se puso las vestimentas de su cargo y se dirigió hacia la iglesia de San Miguel —pues al carecerse de un edificio municipal allí es donde se reunían el alcalde, los regidores, escribanos y demás responsables del ayuntamiento—. Enterado el cura párroco de dicha iglesia de que el procurador se dirigía hacia allí,  le salió a buscar; y le intentó convencer para que se escondiera. Pero Tordesillas decidió seguir adelante.  La primitiva Iglesia de San Miguel se encontraba en medio de la actual Plaza Mayor de Segovia, donde actualmente está el quiosco de la música; en 1532 se demolió San Miguel para ampliar la plaza, trasladándose unas decenas de metros hasta su ubicación actual. Si se visita la “nueva” iglesia gótica de San Miguel se puede ver la portada románica de la antigua iglesia; y delante de esta fue donde ocurrió el drama.

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Cárcel Real de Segovia (S.XVII)

El gentío se arremolinó frente a la portada del templo aporreando la puerta y amenazando con tirarla abajo si no se le dejaba entrar a participar en la discusión. Para evitar el asalto del templo el procurador salió afuera e intentó leer en alto un escrito que llevaba consigo; pero los amotinados se lo arrancaron de las manos y le hicieron callar. Le echaron una soga al cuello y se lo llevaron por la actual calle Infanta Isabel hasta la Cárcel Real —lo que actualmente es el número 11 de la calle Juan Bravo—. Se trataba de un monasterio cisterciense del siglo X, que había sido adaptado para ese uso; allí  estuvo detenido tiempo después el dramaturgo Lope de Vega. El edificio que se puede ver hoy en ese lugar es del siglo XVII y contiene elementos constructivos del inmueble anterior.

Los insurrectos no disponían de las llaves y los carceleros no se atrevieron a abrirles la puerta; por lo tanto, les resultaba imposible encerrarle en ella. Ante el dilema acerca de qué hacer con el, la turba decidió ejecutarlo; por ello se encaminaron con el desgraciado hacia el lugar habitual de las ejecuciones. Con una soga al cuello lo fueron arrastrando por las actuales calles Juan Bravo y Cervantes hasta cruzar la muralla. Al ser informados de la sublevación de los comuneros y la captura del procurador Tordesillas, el dean de la catedral y varios canónigos se pusieron sus vestimentas solemnes y tomaron el Santísimo con una hostia consagrada para tratar de alcanzar a la multitud. Pero para cuando salieron de la catedral la multitud ya había pasado la Plaza del Azoguejo (donde está el Acueducto) y subía la calle de San Francisco; frente al Convento de San Francisco.

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Tras la desamortización el Convento de los Franciscanos se transformó en Academia de artillería.

En San Francisco les salieron al paso el prior de ese convento —que resultó ser el hermano del procurador— y todos los monjes. Los franciscanos se arrodillaron ante la multitud, rogando que no lo mataran. Mientras tanto, el pobre Tordesillas imploraba que le dejaran confesarse. Los amotinados autorizaron a uno de los franciscanos para que le escuchase su confesión. Pero como quiera que el monje le retiró la soga del cuello para que pudiera hablarle con claridad, los sublevados le arrebataron de las manos al desgraciado antes de que le diera tiempo a finalizar la confesión y darle la absolución.

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Después de la dramática escena de San Francisco, los amotinados arrastraron con la soga a Tordesillas por la calle hacia arriba. En recuerdo de aquel día esa calle se llama “De la muerte y de la vida”. La sublevación de los comuneros pudo haber cambiado su curso en la plaza de Santa Eulalia ‒donde en aquella época estaba el lugar de las ejecuciones– al salirles al paso los curas de la iglesia de Santa Eulalia con el Santo Sacramento en la mano; iban acompañados de algunos caballeros armados con espadas que exigieron que soltaran el infeliz. Pero la turba se impuso, dirigiéndose con el prisionero hacia el patíbulo en el que colgaban los cadáveres de los dos alguaciles asesinados los días anteriores. Y cuando subieron al procurador hasta el cadalso, resultó que éste ya había muerto por asfixia (a causa de los tirones de la soga). Como escarmiento, el cuerpo de Tordesillas fue colgado del cuello junto a los de los otros dos. Era el 30 de mayo de 1520; fecha en la que la sublevación de los comuneros tomó carta de naturaleza.

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Iglesia de Santa Eulalia (Segovia)

Diez días después del linchamiento de Segovia el regente Adriano de Utrecht ordenó a Rodrigo Ronquillo –alcalde de Zamora‒ investigar la muerte de Tordesillas y castigar a los culpables. Lo que hasta entonces había sido el motín se transformó en la sublevación de los comuneros de Castilla.

Para continuar esta historia véase la página La quema de Medina del Campo y la Guerra de las Comunidades.

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