El primer peregrino de Compostela: Alfonso el Casto

El rey Alfonso II de Asturias (nacido en el año 760) ha pasado a la historia como el primer peregrino al sepulcro del apóstol Santiago en Compostela. Se trata de un personaje fundamental del Camino, no solo por ser quien abrió el llamado Camino Primitivo, si no –y aún más- por el estilo de vida que mantuvo durante uno de los periodos más turbulentos de la incipiente monarquía hispánica. Téngase en cuenta que en los años precedentes hubo siete cambios de soberano; y solo dos de las trasmisiones de la corona fueron por muerte natural del anterior rey. Por ello, el contexto y las peripecias del fundador del Camino de Santiago son fundamentales para entender la importancia que éste tuvo en una época  conocida como ‘los años oscuros’.

alfonso el casto
Ilustración de Alfonso el Casto

El joven Alfonso era hijo del rey Fruela I y de una dama alavesa llamada Munía; esta había sido capturada por su padre durante su guerra con los vascos, casándose luego con ella. El padre de Alfonso fue un monarca violento, que también guerreó con los moros y que incluso mató a su hermano Vimarano (que le intentaba quitar el trono); esta muerte provocó al asesinato de Fruela. Al perder su padre con solo 8 años, el nuevo rey Aurelio –instalado en el trono por los magnates que asesinaron a su padre- le internó en el Monasterio de Samos que era la principal institución monástica y cultural del reino. A los 14 años murió Aurelio y la corona regresó a su dinastía, pues fue elegido rey Silo -el marido de su tía Adosinda- que mandó traer a Alfonso a la Corte real, situada en Oviedo. Durante los siguientes nueve años, Alfonso se convirtió en un hombre de confianza de sus tíos, ocupándose de la administración del palacio de Oviedo, y de los asuntos cortesanos. Al morir el rey Silo sin descendencia en el  año 783, su tía consiguió que fuera él a quien eligieron los nobles para sucederle en el trono. Pero pocos meses  después fue depuesto por Mauregato–hijo ilegítimo de su abuelo Alfonso I- y los nobles que le apoyaban; estos eran los mismos que había asesinado al padre de Alfonso y temían que éste se vengase de ellos. Para evitar que le matasen a él también, Alfonso debió de huir a las tierras de Álava, donde se refugió entre los parientes de su madre.

En los siguientes años Alfonso el Casto fue testigo de los excesos e indignidades del reinado de su tío, al que se le ha atribuido el infame ‘tributo de las cien doncellas’. Muerto Mauregato fue elegido para el trono Bermudo, que permitió la vuelta de Alfonso y posteriormente le nombró su heredero cuando el rey decidió dejar la corona y encerrarse en un monasterio. Así, a los treinta y un años, Alfonso el Casto accedió de nuevo al trono. En lo personal tuvo una vida austera y ejemplar, marcada por un ascético cristianismo, pues aunque se casó, no llegó a consumar el matrimonio. Fue un rey que recuperó muchas de las leyes y tradiciones de la monarquía visigoda. Impulsó la reconquista contra los moros, llegando a tomar Lisboa y consolidando sus dominios hasta el río Duero.

Alfonso el Casto
Ilustración de Alfonso el Casto

Después de coronarse emperador Carlomagno en el año 801, decidió la segunda gran invasión de los francos en la Península. En los siete años siguientes los francos consolidaron una serie de condados tributarios del Imperio, en el norte de Cataluña, Aragón y Navarra. Así se convirtió el Imperio Carolingio en fronterizo del reino de Asturias, pues Navarra lindaba con Álava, territorio de origen de la familia de su madre y donde Alfonso se refugió durante unos años. Se daba -además- la circunstancia de que el nuevo emperador era el principal monarca de la cristiandad, motivo por el que Alfonso el Casto llegó a enviar tres delegaciones para parlamentar con él. Se ha especulado acerca de la posibilidad de que el emperador le conminase a que le rindiera pleitesía; algo que no llegó a producirse.

Cuando en 809 el anciano Carlomagno se retiraba con su ejército, tuvo lugar la Batalla de Roncesvalles en la que tuvo un papel decisivo un contingente de guerreros asturianos comandados por Bernardo de Carpio.

En el año 813 el obispo de Iria Flavia le comunicó al rey que había sido descubierto un sepulcro con el cuerpo del apóstol Santiago lo que motivó que Alfonso viajase desde Oviedo al lugar, convirtiéndose en el primer peregrino. El monarca construyó un templo para salvaguardar el sepulcro, promoviendo las peregrinaciones al mismo. Decidió también donar una suntuosa cruz que presidiera el sepulcro, para lo que reunió varias piedras y metales preciosos, contratando a dos orfebres para su producción. Según la tradición, un día el rey Alfonso el Casto entró en la cámara donde se estaba realizando la joya y se encontró la cruz finalizada, suspendida en el aire y resplandeciendo; en tanto que los artesanos habían desaparecido sin haber cobrado por el trabajo. Esa pieza es la llamada ‘Cruz de los Ángeles’ y se encuentra actualmente en la Catedral de Oviedo.

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