El primer peregrino de Compostela: Alfonso el Casto
El rey Alfonso II de Asturias (nacido en el año 760) ha pasado a la historia como el primer peregrino al sepulcro del apóstol Santiago en Compostela. Se trata de un personaje fundamental del Camino, no solo por ser quien abrió el llamado Camino Primitivo, si no –y aún más- por el estilo de vida que mantuvo durante uno de los periodos más turbulentos de la incipiente monarquía hispánica. Téngase en cuenta que en los años precedentes hubo siete cambios de soberano; y solo dos de las trasmisiones de la corona fueron por muerte natural del anterior rey. Por ello, el contexto y las peripecias del fundador del Camino de Santiago son fundamentales para entender la importancia que éste tuvo en una época conocida como ‘los años oscuros’.
En los siguientes años Alfonso el Casto fue testigo de los excesos e indignidades del reinado de su tío, al que se le ha atribuido el infame ‘tributo de las cien doncellas’. Muerto Mauregato fue elegido para el trono Bermudo, que permitió la vuelta de Alfonso y posteriormente le nombró su heredero cuando el rey decidió dejar la corona y encerrarse en un monasterio. Así, a los treinta y un años, Alfonso el Casto accedió de nuevo al trono. En lo personal tuvo una vida austera y ejemplar, marcada por un ascético cristianismo, pues aunque se casó, no llegó a consumar el matrimonio. Fue un rey que recuperó muchas de las leyes y tradiciones de la monarquía visigoda. Impulsó la reconquista contra los moros, llegando a tomar Lisboa y consolidando sus dominios hasta el río Duero.
Cuando en 809 el anciano Carlomagno se retiraba con su ejército, tuvo lugar la Batalla de Roncesvalles en la que tuvo un papel decisivo un contingente de guerreros asturianos comandados por Bernardo del Carpio.
En el año 813 el obispo de Iria Flavia le comunicó al rey que había sido descubierto un sepulcro con el cuerpo del apóstol Santiago lo que motivó que Alfonso viajase desde Oviedo al lugar, convirtiéndose en el primer peregrino. El monarca construyó un templo para salvaguardar el sepulcro, promoviendo las peregrinaciones al mismo. Decidió también donar una suntuosa cruz que presidiera el sepulcro, para lo que reunió varias piedras y metales preciosos, contratando a dos orfebres para su producción. Según la tradición, un día el rey Alfonso el Casto entró en la cámara donde se estaba realizando la joya y se encontró la cruz finalizada, suspendida en el aire y resplandeciendo; en tanto que los artesanos habían desaparecido sin haber cobrado por el trabajo. Esa pieza es la llamada ‘Cruz de los Ángeles’ y se encuentra actualmente en la Catedral de Oviedo.