¡Qué pena ‘1898 los últimos de Filipinas’!

Entre 1898 y 1899, el histórico y emocionante episodio de la defensa del pueblo filipino de Baler por parte de un pequeño destacamento del ejército español es uno de esos asuntos teóricamente infalibles desde la perspectiva del espectáculo: actuaciones asombrosamente heroicas, una naturaleza exótica y apabullante, un país lejano y poco conocido, un conflicto escasamente tratado en la filmografía… Se trata también de una acción de guerra en la que ninguna de las partes salió especialmente malparada: los españoles se defendieron con extraordinario valor y tuvieron muy pocas bajas, el sacerdote y los frailes les atendieron espiritualmente de forma abnegada, los filipinos perdieron muchos hombres pero acabaron comportándose caballerosamente con sus enemigos, los norteamericanos tuvieron una actuación humanitaria. Una historia positiva desde todas las perspectivas.

Pues a la hora de armar un guión cinematográfico para entretener al personal, el guionista Alejandro Hernández se inventa –sin base histórica alguna– actuaciones de los personajes reales, denigrándolos a ellos y a las instituciones que pudieran asociárseles. A la entidad protagonista -el ejército español- la deja machacada: en todo momento los mandos superiores son unos incompetentes y desorganizados(a pesar de lo cual esa unidad consiguió resistir uno de los asedios más alucinantes de la historia del hombre), retrata a un suboficial al mando como un depravado vengativo vejatorio contra los indígenas y que mutila a un artista, al capitán le presenta como un caprichoso y pusilánime homosexual, el teniente al mando es un terco insensible que no obedece más que al reglamento. Mejor parados resultan los desertores que abandonan a sus compañeros en momentos de necesidad, traicionándolos; son los únicos sensatos para el guionista. Al pobre párroco de Baler lo convierte en un drogadicto que se suicida por sobredosis no sin antes haber iniciado en la drogadicción al recluta artista; menos mal que el párroco queda como ‘generoso’, pues a cambio de nada le ‘invita’ a opio al chaval durante meses. La muchacha filipina que le toca el papel de ‘mujer’ en el guión -para identificar más a las féminas con una película en cuyos hechos reales las mujeres no tuvieron relevancia alguna- resulta ser una bomba sexual que en una época de intenso puritanismo (pues Filipinas era y es un país intensamente católico) hacia alucinantes demostraciones erótico-políticas para que se rindieran los españoles. Incluso al final, en los rótulos acerca de qué ocurrió después con los protagonistas y el lugar, solamente mencionan cuestiones negativas; obvian el fundamental mensaje de que el potente destacamento norteamericano que se atrincheró en ese mismo lugar al año siguiente para enfrentarse a los filipinos, decidió rendirse en unos pocos días. Esa corta frase hubiera ofrecido una comparación irrefutable de la envergadura de la gesta de Baler; que con esta película no solo no se enaltece, si no que se minusvalora.

Por lo demás, se trata de una película producida con medios abundantes, bien dirigida por Salvador Calvo y con la buena fotografía de Alex Catalán; el resultado estético debe bastante a las convincentes interpretaciones de Luis Tosar y el excelente actor asturiano Javier Gutiérrez.

Para acabar, no entiendo la deliberada y exagerada negatividad del guionista acerca de el ejército y la iglesia; no se si piensa que eso va a aportar éxito en taquilla o si es una opinión personal. Tampoco entiendo como la estatal RTVE participa en una película tan manipuladora. Lo cierto es que no me parece ni ‘entretenido’ ni ético presentar como ‘historico’ un relato cinematográfico con semejantes mimbres; la libertad creativa y de manipular los hechos de una película pretendidamente histórica está ahí, como también está en éste escrito la decisión de denunciar esta manipulación deliberada.

Ignacio Suárez-Zuloaga.

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