El destierro de Unamuno a Fuerteventura que le ayudó a digerir “el gofio de la historia”

Hoy, en Playa Blanca, al noreste de Fuerteventura, las tablas de amantes del surf cortan el mar y dejan estelas de espuma a su paso. Hoy, en Playa Blanca, los transeúntes aún pueden disfrutar de una zona turística, pero aún no masificada. También hoy, en Playa Blanca, descansa el recuerdo del destierro de uno de los escritores más conocidos de España. Miguel de Unamuno se sentaba a admirar el mar en una roca -ya desaparecida- de esta orilla del océano Atlántico. Así, presente y pasado se funden en la arena.

Fuerteventura es conocida por sus paisajes desérticos, su envidiable clima y, sobre todo, por sus más de 100 playas, que invitan a disfrutar del descanso y el baño. Asimismo, deportes acuáticos como el surf, el windsurf y el katesurf son ampliamente practicados en la costa. Lo que no es tan conocido es la estancia del escritor durante cuatro meses en la isla.

El destierro de Unamuno a Fuerteventura se produjo en el año 1924 a sus 59 años durante el mandato de Primo de Rivera debido a sus fuertes críticas al régimen. Allí, despojado de sus cargos de vicerrector de la Universidad de Salamanca y decano de la Facultad de Filosofía y Letras, se alojó en el Puerto Cabras, ahora denominado Puerto Rosario y capital de la isla. De hecho, es posible visitar la que fue la casa del escritor en el municipio, que conserva la habitación donde el novelista escribía.

Playa Blanca, Fuerteventura, Canarias

La Playa Blanca de Fuerteventura | Shutterstock

Un paisaje desolado, pero hermoso

Las muchas cartas que Unamuno intercambió con sus allegados y los libros De Fuerteventura a París y Romancero del destierro hacen posible conocer la honda impresión que Fuerteventura le dejó. “Es una desolación. Apenas si hay arbolado y escasea el agua”, escribió. “Se parece a La Mancha. Pero no es tan malo como nos lo habían pintado. El paisaje es triste y desolado, pero tiene hermosura. Estas colinas peladas parecen jorobas de camellos y en ellas se recorta el contorno de éstos. Es una tierra acamellada”.

Durante su destierro, Unamuno sucumbió a la añoranza del hogar, mientras aprovechaba para pescar, pasear hasta Playa Blanca, o ir de excursión a pueblos cercanos como Betancuria -vieja capital de la isla-, Antigua, Pájara o Tindaya. Muy cerca de esta última localidad, presidida por una emblemática montaña, los majoreros construyeron una escultura como homenaje al intelectual en el año 1980. Fue este también un tiempo que sirvió al escritor para sosegarse y calmar sus inquietudes, como expresaría en las páginas del periódico madrileño Nuevo Mundo. “Estoy digiriendo el gofio de la historia”, comentaría.

Autoexilio a Francia

Montaña de Tindaya, Fuerteventura

La montaña de Tindaya en Fuerteventura | Shutterstock

Fue en la madrugada del nueve de julio del mismo año de su llegada cuando el escritor marchó de la isla e inició su viaje hacia Francia, a pesar de que el régimen le había concedido la amnistía, pues quería dejar patente su antipatía hacia la dictadura. Allí permaneció, primero en París y después en Hendaya, hasta 1930, cuando el mandato de Primo de Rivera cayó y Unamuno decidió regresar a España. De su tiempo en la isla, le sobrevivieron sus dos libros y varios amigos con los que siguió manteniendo correspondencia, entre los que destaca Ramón Castañeyra, intelectual de la época.