historias-alcaide-leal-sanchoIV-morayta

Durante el turbulento siglo XIII la lealtad al “señor natural” resultaba cada vez más rara. Las intrigas y ambiciones de los herederos de los monarcas y de los magnates motivaron continuos cambios de lealtades, perjurios, guerras civiles y asesinatos.

A finales del reinado de Alfonso X el Sabio, el príncipe Sancho se había sublevado contra su viejo padre. Fernando de la Cerda, hijo primogénito del rey Alfonso, había muerto en 1275 y su hermano Sancho alegaba que, según los usos y costumbres de Castilla, debía reinar el segundo hijo. Sin embargo, la legislación de las llamadas Siete Partidas, finalizada en 1265 por el propio Alfonso X y basada en el derecho romano, establecía que debía ser el hijo del primogénito (si lo hubiere) el heredero. Fernando había tenido un hijo, Alfonso de la Cerda, y el “Rey Sabio” defendía el derecho de éste a la corona.

Para el año 1282, Sancho había conseguido atraerse a una gran mayoría de la nobleza y tenía prácticamente acorralado a su padre en la ciudad de Sevilla.

Más tarde se dirigió a la cordobesa villa de Carcabuey, todavía leal a su padre. Pedro Nuño Tello, alcaide de su castillo, manifestó a Sancho la lealtad a su padre y su negativa a entregarle la plaza. Después de evaluar las posibilidades de atacar la fortaleza con los medios de que disponían, el príncipe llegó a la conclusión de que su mejor opción era provocar una salida de los defensores. Pedro de Mendieta, lugarteniente de Sancho, informó a su señor de que uno de sus vasallos, el caballero Álvaro Lara, había enamorado a la hija de Pedro Nuño Tello.

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Además le dijo que, a pesar del bloqueo de la fortaleza, ambos se comunicaban ya que el galán se acercaba por las noches a la muralla y conversaban. Sancho llamó a Lara y le dijo que propusiese a su enamorada fugarse juntos pero si ella se negaba a abandonar a su padre él nunca volvería a verla. De esta forma pretendían provocar una salida de Nuño Tello en persecución de su hija, o incluso un canje (la hija a cambio de la entrega de Carcabuey). Lo cierto es que Lara convenció a su amada y una noche la joven se descolgó de la muralla donde le esperaba su amado con un caballo. Un vigía dio la alarma y la guardia se dispuso a perseguir a los jóvenes que ya cabalgaban hacia el campamento de Don Sancho.

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Cuando ya estaban bajando el puente levadizo Don Pedro Nuño pensó que podía ser una trampa y ordenó que volvieran a subirlo. Uno de sus vasallos le interrumpió, avisándole de que quien había huido era su hija, por lo que había que perseguirles. Sin embargo, el alcaide se mantuvo en su decisión de permanecer en la fortaleza. Al día siguiente Don Pedro recibió una carta por la que se le instaba a ceder la plaza si quería volver a ver a su hija. En su contestación expresaba que se había sentido traicionado por ella, que ya no tenía hija, y que se mantenía firme en su decisión de defender la fortaleza. Poco después, Sancho levantaría su campamento y se retiraría, junto con el caballero Lara y su amada.

Al cabo de dos años, en 1484, muere el rey Alfonso y Sancho sucede a su padre. El nuevo rey concederá una amnistía a los nobles que habían sido leales a su padre. Sancho siente especial interés en atraerse a Nuño Tello y, admirado por su comportamiento, le envíó un mensajero ordenándole que acudiera a la Corte, le rindiera pleitesía y se reconciliaran.

Al recibir la misiva, Don Tello sintió una enorme amargura, al recordar la pérdida de su hija y la vil añagaza empleada por el rey para hacerle renunciar a su deber.

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Escribió una carta al rey en la que le expresaba el dolor que le había provocado la huida de su hija y la deshonra de su familia, manifestándole además que como “con el espíritu no podría serle leal” había decidido suicidarse. Finalizaba su carta con un “le envío mi humanidad, única parte de mi que nunca supo rebelarse”.

Los vasallos de Don Pedro Nuño Tello, emocionados, siguieron las instrucciones de su señor y enviaron el cuerpo y la carta al rey. Y esta es la leyenda de Carcabuey, o del alcaide de Carcabuey.

Texto de Ignacio Suarez-Zuloaga e ilustraciones de Ximena Maier

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