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Rey Egica
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Rey Witiza

A finales del siglo VII la monarquía visigoda se debatía en sus habituales y sangrientas luchas por el poder. El rey Égica trataba de eludir la costumbre germánica de elegir los monarcas, procurando de asegurar el trono para su hijo Witiza. Para ello tomó varias medidas, la primera fue el compartir el trono con su vástago, para que —desde una posición de autoridad compartida— ambos pudieran acabar con aquellos de los que sospecharan deslealtad. En un marco de gran crueldad, una de sus decisiones menos sanguinarias fue quitarle la vista a Teodofredo (hijo del rey Recesvinto). El ciego se retiró a Córdoba con su hijo Rodrigo.

En el año 702, cuando Égica falleció de muerte natural, inusual entre los monarcas godos, su hijo Witiza quedó como único monarca y trató de consolidar su posición, nombrando a Rodrigo, duque de la región Bética (Andalucía).

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Rey Don Rodrigo

Desde esta posición Rodrigo pronto se convirtió en el líder de los magnates descontentos con el Rey y cuando Witiza trató de capturarle para quitarle la vista, como había hecho con su padre, el duque de la Bética organizó un ejército que derrotó al del Rey. Cuando tuvo en sus manos a Witiza, Rodrigo ordenó que le sacaran los ojos como él había hecho con su padre y lo envió desterrado a Córdoba, donde el propio Rodrigo había vivido muchos años con su padre ciego. Rodrigo fue entonces proclamado Rey por sus seguidores; era el año 710. Don Rodrigo, siguiendo la costumbre, se dedicó a perseguir a los hijos de Witiza quienes decidieron huir al norte de África refugiándose en Tánger, donde gobernaba el conde Rícila, que había sido amigo de su padre.

Este noble visigodo compartía con el conde Don Julián la responsabilidad de defender las ciudades que tenían los visigodos en el Estrecho, localidades que estaban sometidas a una creciente presión militar por parte de los musulmanes que dominaban casi todo el norte de África.

En aquellos tiempos era costumbre que los nobles enviaran a sus hijos a educarse en la Corte, cerca del rey, así recibían alguna formación y hacían amistades que podrían serles útiles en el futuro, además de la posibilidad de encontrar con quien casarse. El conde Don Julián había llevado a su hija Florinda a la corte de Toledo. Florinda fue escogida, entre las doncellas del séquito real, como la destinada al servicio personal de Rodrigo, encomendándosele la delicada tarea de extraerle la sarna, cometido que realizaba, a diario, con un alfiler de oro. Tanta intimidad con el monarca acabó con la violación de Florinda. Indignada, la joven escribió a su padre, contándole lo sucedido. El conde Don Julián acudió a buscarla a Toledo y se la llevó con él a Ceuta.

El conde Don Julian, decidido a vengarse tan pronto regresó a su fortaleza, se puso en contacto con Muza, el gobernador musulmán de la región, contra quien se había enfrentado a menudo. Le explicó las continuas luchas internas existentes entre los godos y le prometió que, con su ayuda y la de sus amigos —Rícila y los hijos de Witiza— podrían invadir la Península y conseguir un gran botín.

Después de consultar con el califa de Damasco, Muza ofreció al conde Don Julián la ayuda del comandante Tarif ben Malluk y de un contingente de cien caballeros y trescientos peones.

El conde Don Julian y su gente, apoyados por los musulmanes, desembarcaron en Gibraltar para, a continuación, saquear Algeciras y otros lugares de la costa. Después, regresaron con el botín. En vista del éxito de la expedición, Muza decidió ampliar la ayuda al conde Don Julian. En esta ocasión le proporcionó doce mil guerreros. El conde Don Julián y Tarif transportaron a su ejército en naves de mercaderes, para tratar de no llamar la atención de los godos.

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El rey Rodrigo, enterado del desembarco de este ejército, envió contra él a su sobrino Iñigo quien sería derrotado reiteradamente hasta que moriría en combate. Las tropas invasoras, después de haber llegado hasta Sevilla y saqueado todo lo posible, regresaron a África. Reunidos Muza, Tariq y el conde Don Julián, decidieron hacer una nueva invasión. Esta vez no incluyeron al conde Rícila —el gobernador de Tánger— pues lo consideraban un aliado problemático. La desconfianza había motivado que los hijos de Witiza regresaran a la Península.

El ejército musulmán cruzó el Estrecho y se dirigió a la rica vega del Guadalquivir donde, una vez más, saquearon las tierras. Posteriormente los musulmanes se dirigieron hacia Jerez, enterados de que Don Rodrigo avanzaba desde el sur, al frente de un poderoso ejército de cien mil hombres. Ambos ejércitos se situaron en las orillas opuestas del río Guadalete. El gran ejército visigodo, a lo largo de una semana de lucha, llegó a matar a unos dieciséis mil moros. Tarif, preocupado, solicitó entrevistarse en secreto con los dos hijos de Witiza, que capitaneaban dos alas del ejército de Don Rodrigo. Durante la reunión, Tarif les ofreció la corona real si desertaban durante la batalla. El día once del mes al que los musulmanes llaman Chawal, se produjo el choque definitivo.

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Los hijos de Witiza desertaron, facilitando que el conde Don Julián y sus soldados rompieran las filas de Don Rodrigo. El rey godo peleó hasta el final, animando a unas tropas que se mostraban cada vez más débiles y que, finalmente, acabaron huyendo. Acabada la contienda, algunos supervivientes encontraron en la orilla del río a Orelia el caballo de Don Rodrigo; también hallaron su corona, sus lujosas vestimentas y sus zapatos pero no su cadáver.

Mucho tiempo después, en la ciudad de Viseu (Portugal) se encontró una tumba con la siguiente inscripción:

“Aquí yace Rodrigo, último rey de los godos”.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga e ilustraciones de Ximena Maier