Tras la conquista de Tortosa, Miravet y los diferentes reinos de taifas que cayeron a finales del siglo XII, la Orden del Temple era una institución más que consolidada en la Península Ibérica. Los años que siguieron a su participación en las primeras conquistas fueron años prósperos en los que su poder creció. Como también creció la estima en que los tenía una población cada vez más encariñada con estas figuras misteriosas. Poco a poco, se les empezó a conceder ese aura mística que se hizo grande en siglos posteriores. En el siglo XIII, la población veía a los templarios como unos caballeros religiosos que protegían sus tierras y que defendían sus ideales. Los templarios no tardaron en hacerse un hueco en la sociedad de la época, casi como ídolos de masas.

La situación, para ellos, no se complicó ni siquiera cuando la situación, en general, se complicó. Si bien la segunda mitad del siglo XII estuvo caracterizada por unos años tranquilos y victoriosos, el reinado de Pedro II, que comenzó en 1196, sumió al reino en un periodo de caos que, en cualquier caso, terminó por consolidar aún más el poder político de la Orden del Temple.

Vista de Tortosa desde el Castillo de Suda

Tortosa fue uno de los enclaves templarios más importantes | Shutterstock

El caos tras Pedro II

La gestión del Reino de Aragón por parte de Pedro II nunca fue acertada, ni siguió la estela exitosa que había dejado su familia, aunque sí trató de seguir los principios que habían regido a la monarquía aragonesa desde hacía décadas. Era un hombre religioso y tenía un cierto carácter expansionista, pero tomó malas decisiones y murió, al final, en batalla. Con respecto a la Orden del Temple, Pedro II mantuvo intacta la relación que trazaron sus antecesores. Los templarios acompañaron al monarca en sus batallas. Cuando no podían cabalgar a su lado, eran los principales responsables de defender las tierras que dejaba atrás.

El principal conflicto de su reinado tuvo que ver con la represión a los cátaros promulgada desde Roma. Sin entrar en detalles y simplificando de alguna manera el momento que debemos retratar, porque n es el tema que aquí nos ocupa, Pedro II decidió servir a sus vasallos antes que al Papa. Eso le llevó a enfrentarse directamente con Simon de Montfort en la Batalla de Muret, en 1213. Fue en esta batalla en la que Pedro II falleció, dejando al Reino de Aragón con un único sucesor de cinco años de edad que, además, Simon de Montfort había tomado como rehén. Quien terminaría siendo Jaime I, el Conquistador, estuvo retenido en el castillo de Carcasona durante casi un año.

Hizo falta una intervención papal para liberarlo, y es aquí donde entra en juego la Orden del Temple. Personificando todo en una persona, podríamos decir que es Guillem de Montrodón quien entra en juego. Este caballero templario, antes perteneciente a una familia de la baja nobleza, tendría, en aquellos años, un poder asombroso en el territorio. Poder que concretaría en Monzón, encomienda de la que hablaremos más adelante. Guillem de Montrodón lideró un viaje a Roma para reclamar al pontífice la libertad del joven Jaime, futuro Rey de Aragón. Esta libertad fue garantizada, y se decidió que, en un momento de revueltas y confusión en el Reino, Jaime quedaría bajo protección de los templarios en el castillo de Monzón.

En primer plano Torre de Jaime I a la derecha y torreón de dormitorios a la izquierda

En primer plano Torre de Jaime I a la derecha y torreón de dormitorios a la izquierda. | Shutterstock

Educando a un rey, gobernando un territorio

Jaime I, el Conquistador, nació en Montpellier en el año 1208, cinco años antes del fallecimiento de su progenitor, de quien heredaría los títulos. Fue el único hijo de Pedro II y Maria de Montpellier. El matrimonio real nunca tuvo una buena relación y vivieron, siempre que fue posible, distanciados el uno del otro. Jaime nació para aliviar las preocupaciones de los nobles de Aragón, que veían en Pedro II lo que tanto lamentaron de Alfonso I: un futuro problema de sucesión en el trono, precedido, en este caso, de años menos victoriosos. Pero Jaime nació.

Nació y creció, durante un tiempo, bajo la tutela del mencionado Simon de Montfort, pero, con su padre fallecido y la Orden del Temple intercediendo por él, se trasladó a Monzón, donde empezó su educación templario. Las lecciones que se llevó de estos años pueden distinguirse tanto en sus decisiones como en sus actos futuros. Jaime I fue un digno heredero de la monarquía de Aragón. También él tuvo la fe como su pilar básico y su carácter expansionista le llevó a tomar territorios que otros monarcas solo se atrevieron a soñar. De los templarios aprendió, en ese sentido, importantes lecciones sobre disciplina y valor militar.

De nuevo con Guillem de Montrodón al frente, los templarios hicieron de esta encomienda de Monzón uno de sus enclaves principales. Configurada desde 1192, estaba compuesta por 28 iglesias y un territorio amplísimo que reunía las Tierras del Cinca, y que les valió para ejercer un poder sin precedentes en la zona. Líderes religiosos, políticos, civiles y militares, los templarios dispusieron de explotaciones ganaderas y de varios enclaves básicos para la producción de la época, como hornos o molinos.

Las donaciones a la Orden, además, siguieron siendo numerosas durante estos años. Realeza y nobleza continuaron legando sobre los templarios tierras y atributos económicos. También muchas personas pertenecientes a clases sociales más bajas se sumaron a estas donaciones, en agradecimiento por sus servicios y como muestra de la admiración que despertaron en la época. Los templarios, a comienzos del siglo XIII, seguían amasando fortunas en todo el Reino de Aragón.

Catedral de Monzón

Catedral de Monzón. | Shutterstock

El paso a la vida adulta

Cuando Jaime se convirtió, con todas las de la ley, en Jaime I de Aragón, lo hizo sin olvidar una sola de las lecciones aprendidas. También lo hizo dispuesto a redimir el daño que su padre había hecho a la institución de la monarquía en el Reino de Aragón. Para ello, con la Península Ibérica todavía luchando por el cristianismo, puso la mirada en el Levante, olvidándose de un reino que ya le pertenecía. Jaime I de Aragón luchó por establecer un nuevo orden entre la nobleza y el pueblo, por paliar las deudas de Pedro II y también por conquistar territorios vistos como imposibles hasta su llegada. Como Mallorca, isla que protagoniza el siguiente episodio en la historia de los templarios en Aragón.

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