Es importante señalar que los templarios, en un principio, no contemplaban la guerra santa en la Península Ibérica. Al menos, no de la misma manera en que la sentía cuando se trataba del reino de los cielos. De la tierra sagrada en la que comenzaron muriendo y en la que estaban dispuestos a seguir haciéndolo. Para estos caballeros era prioritario que sus actividades en Jerusalén y las tierras de alrededor continuaran, así como la protección que ofrecían a los peregrinos en el camino a éstas. A partir de este dogma nacía y moría todo lo demás. También su presencia en el Reino de Aragón.

Cuando Alfonso I legó sus tierras a la Orden del Temple y demás órdenes religiosas, los templarios lo sintieron como una oportunidad de asentarse en un territorio rico del que podrían obtener ganancias que siguieran financiando las actividades belicosas que llevaban a cabo… Lejos de esas tierras que les habían sido legadas. Ramón Berenguer IV entendió de inmediato el empuje de fuerza que suponía la incorporación de los templarios a sus ejércitos, pero no les convenció pronto de su implicación en las batallas. Pasarían años antes de que la Orden del Temple se integrara de forma completa y definitiva en la lucha de la Península Ibérica por la cristiandad.

Si fue entre 1129 y 1130 cuando se instalaron en los territorios del Reino de Aragón, no sería hasta 1148 cuando participarían, por primera vez, en una batalla. Habían pasado cinco años desde las concesiones del conde de Barcelona a la orden, desde la Concordia de Girona en la que renunciaron a ese testamento imposible de Alfonso I. La conquista de Tortosa fue su primera victoria juntos. Llegarían muchas más, con o sin Ramón Berenguer IV. Los templarios terminaron por comprender que esa guerra santa podía y debía librarse, como habían señalado los mismos pontífices, en todos los rincones en que fuera necesario.

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La gran conquista de Tortosa

Ramón Berenguer IV ejercía desde 1137 como rey de Aragón. Sobre el papel no era más que el prometido de la princesa Petronila, hija de Ramiro II, pero con éste entregado a la vida monacal que siempre había deseado, todo el peso de la corona cayó sobre él. Y éste, conde de Barcelona, deseaba unir su hermoso condado con el reino que había terminado en sus manos. Era fundamental, para ello, que conquistara ciertos enclaves estratégicos que todavía existían como taifas. Entre ellos se encontraba Tortosa, Turtusha, una pequeña localidad atravesada por el río Ebro en la que destacada el deseado Castillo de la Suda. Si el cristianismo deseaba avanzar, entonces Tortosa tenía que ser suya.

El momento no podía ser más favorable para los reinos cristianos. En el año 1145, la guerra en al-Ándalus había sido incorporada por el Papa Eugenio III a su concepción de la segunda cruzada. La situación de la Península Ibérica adquirió, por tanto, un carácter internacional, y eso permitió que llegasen de otros países cientos de hombres dispuestos a luchar por su fe. Cuando Ramón Berenguer IV se dispuso a conquistar Tortosa, se encontró con aragoneses, catalanes, genoveses, normandos, ingleses y flamencos apoyando su empresa, además de las órdenes religiosas.

Los genoveses, con quienes se repartiría la ciudad, llevaron a cabo un bloqueo naval todavía admirado hoy en día. Los normandos acudieron a la batalla presumiendo de la más avanzada tecnología de la época. Y los templarios, respetados y admirados, destacaron en la lucha. Luchaban, en fin, desde el sentimiento de fe más intenso, lo que suponía ese empuje de fuerza con el que había soñado Ramón Berenguer IV.

Tortosa fue conquistada en el año 1148. Es la victoria más recordada del conde de Barcelona, que desde esta batalla fue tenido como un gran líder político y militar. Con respecto a los templarios, salieron también victoriosos. A la parte de Tortosa que les correspondía por su participación en la batalla, hubo que sumarle el quinto templario: la donación que el conde de Barcelona había pactado con la orden en la Concordia de Girona. Los genoveses, tiempo después, también les concedieron su parte de las tierras. Pasaron a controlar más de la mitad del territorio, convirtiéndolo en uno de los feudos templarios más importantes de la Península Ibérica.

Vista de Tortosa desde el Castillo de Suda, uno de los grandes feudos templarios.

Vista de Tortosa desde el Castillo de Suda | Shutterstock

Miravet, la consolidación de los templarios

Miravet fue uno de los últimos territorios en ser conquistados al norte del río Ebro, pero finalmente también cayó. La ciudad fue conquistada el 24 de agosto de 1153 por Ramón Berenguer IV y su ejército, y cedida tiempo después a Pere de Rovira, Maestre del Temple en Provenza y uno de los protagonistas de la Concordia de Girona. Había transcurrido una década desde entonces y Ramón Berenguer IV, hijo del templario Ramón Berenguer III, había aprendido a entenderse con la orden. Los convirtió en una parte fundamental de sus ofensivas y también del mantenimiento de la paz posterior. No solo había que conquistar según qué lugares: había que conservarlos y cuidarlos.

Es interesante señalar, cuando se trata de Miravet, el valor que tiene como ejemplo del hacer de los templarios en la vida diaria. Convertida en centro político y administrativo, desde Miravet controlaron, estos caballeros, un territorio extenso y no siempre sencillo. Muchos hombres y mujeres pertenecientes a los reinos de taifas continuaron viviendo en las tierras que habían trabajado durante años. Diferentes estudios apuntan que los templarios así lo permitieron. Claro que eso no garantizaba la estabilidad de la convivencia.

La Orden se esforzó en este punto, también en repoblar las tierras abandonadas o parcialmente pobladas, con ausencia de gentes cristianas o temidas por su difícil localización. Estimularon la mejora de las infraestructuras, un detalle que puede apreciarse en la propia construcción del castillo de Miravet, levantado sobre la base del antiguo castillo musulmán. Esta fortaleza resulta, todavía hoy, imponente. En pleno siglo XII, conquistar esta zona fue otra gran victoria para el Reino de Aragón, comandado por Ramón Berenguer IV y llevado a la gloria por los templarios.

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Miravet, uno de los feudos templarios del siglo XII

Los últimos años del siglo XII

Ramón Berenguer IV falleció en 1162, llevándose consigo parte de la gloria. Dos años más tarde, su esposa Petronila cedía el Reino de Aragón al primogénito de ambos, que se convirtió en Alfonso II de Aragón. Alfonso II reinó en Aragón y Barcelona desde 1164 hasta 1196, consolidando la llamada Corona de Aragón y continuando con el carácter expansionista, conquistador y religioso que había formado parte de su familia desde hacía siglos. Fortaleció, asimismo, la relación con los caballeros del Temple. Fueron años de grandes donaciones por parte de la corona; en 1182, sin ir más lejos, el territorio de Tortosa que pertenecía a la corona de Aragón fue donado en su totalidad a los templarios. Otros castillos, como el de Alfambra o el de Castellote, pasaron a su poder.

Alfonso II no solo respetó el acuerdo que su padre, Ramón Berenguer IV, firmó con la orden. Además, supo ver su importancia y la necesidad de colmarla de privilegios, y de financiar sus actividades, tan valiosas para el reino. Para cuando el siglo XII tocó a su fin, los templarios estaban más que consolidados en la Corona de Aragón. Unos años más tarde, serían los educadores del mismísimo rey.

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