Jardines del Palacio Real de la Granja

“Sea un buen español, es su primer deber. Pero no olvide que es francés de nacimiento”, dijo el Rey Sol, Luis XIV de Francia, al despedirse de su nieto, el duque de Anjou, cuando éste se encaminó hacia España para ocupar el trono como Felipe V. Estas mismas palabras se respiran también en los maravillosos Jardines del Palacio Real de la Granja que, pese a sus muchas características hispanas, palpitan dentro de un corazón francés, embebidos por la nostalgia de la fastuosa  corte gala donde el monarca había pasado sus primeros diecisiete años de vida.

El rey descubrió este fresco rincón (situado a casi 1.200 m) en 1718  en una cacería y se enamoró de él por sus interminables pinares y sus abundantes manantiales de agua cristalina. Era un cobijo perfecto de la árida meseta castellana que le resultaba tan ajena al joven soberano, criado entre los dulces paisajes verdes y húmedos de su país natal. En aquel momento ya existía allí una granja de recreo de los monjes Jerónimos, además de una ermita medieval dedicada a San Ildefonso.

Jardines del Palacio Real de la Granja

El monarca, que había empezado a sufrir grandes depresiones y otros problemas psicológicos, estaba pensando en renunciar al poder a pesar de su juventud y buscaba un lugar de retiro. Con este fin, empezó a construir el conjunto de palacio y jardines de La Granja de San Ildefonso en 1720. Tres años más tarde estaban ya terminados los apartamentos privados del rey y en enero de 1724 abdicó en su hijo Luis I. Sin embargo, su anhelado retiro duró poco pues a los seis meses falleció su primogénito y sucesor y Felipe V tuvo que volver a asumir el trono hasta su muerte, en 1746. Este cambio de rumbo afectó también a La Granja que inicialmente estaba destinada a ser el asilo de un soberano retirado pero que a partir de ese momento se convirtió en el palacio de un rey reinante y su corte.

Con este fin se ampliaron los jardines del Palacio Real de la Granja que habían sido proyectados por René Carlier inspirados en el trazado de los de Marly, el palacio de recreo de la corte francesa (destruido durante la Revolución). Después de la muerte de Carlier, en 1722, la dirección del proyecto pasó a Esteban Boutelou y a Esteban Marchand. La concepción del diseño en plano lleva, sin duda, el sello galo, basado en un orden riguroso y ejes bien definidos. Sin embargo, las ilimitadas perspectivas de los bocetos quedan interrumpidas por las altas montañas.

Los Jardines del Palacio Real de la Granja se podrían definir como una sucesión de decorados verdes pensados para desplegar un sinfín de espectaculares  piezas escultóricas, realizadas por artistas franceses que anteriormente habían trabajado en el palacio de Marly. Por razones económicas y para ganar tiempo, casi todas las piezas se fundieron en plomo para después barnizarse imitando bronce rojizo o dorado. Las esculturas, que ilustran temas mitológicos, se sitúan –con sus líneas ondulantes y su asimetría– dentro del estilo en boga en ese momento, el rococó.

Jardines del Palacio Real de la Granja

Pero las verdaderas protagonistas de los Jardines del Palacio Real de la Granja son las fuentes, que todavía deslumbran al visitante. Para conseguir elevar el agua a grandes alturas por la simple presión, éstas se alimentan de un gran estanque, llamado El Mar, situado en la parte superior de los jardines. Según la tradición, el surtidor de la fuente de la Fama es el más alto de Europa; su chorro de 50 m brota del clarín de la figura femenina de la diosa Fama, que proclama la gloria de la monarquía española. Tanto el rey como su segunda esposa, Isabel de Farnesio, eran grandes cazadores y la figura de Diana, diosa de los cazadores, podría ser un homenaje a la reina, tal como vemos en la espectacular fuente de Baños de Diana, la última que se realizó antes de la muerte del rey, quien al verla correr exclamó: «Tres minutos me has divertido pero tres millones me cuestas». Esta obra estaba inspirada en otra de la corte gala, así como la sucesión de fuentes llamada Carrera de Caballos, que forma una espléndida perspectiva ascendente, está emparentada con el gran canal de Versalles.

Otra huella de la jardinería gala son los setos de carpe (Carpinus betulus) y los tejos (Taxus baccata) recortados, dos especies traídas de Francia que aquí se utilizaron por primera vez en España. A pesar de su inequívoco aire francés, los jardines de La Granja tienen varios rasgos que los ubican dentro de la tradición española, con reminiscencias de la jardinería hispano-islámica, como la falta de grandes perspectivas, la ubicación de un gran depósito de agua en lo alto (El Mar) y los canalillos descubiertos de riego.

Jardines del Palacio Real de la Granja

También cabe mencionar el jardín de la Botica, un huerto que suministraba hierbas medicinales a la Real Farmacia, y el jardín de la Reina, donde los jardineros italianos de Isabel de Farnesio plantaron frutales que se adaptaban al severo clima del enclave. La reina, que después de enviudar convirtió La Granja en su residencia fija, decía que en invierno el lugar se convertía en un «pastel de nieves». Justamente por sus frescas temperaturas, el palacio de La Granja fue residencia de verano de la corte española hasta las primeras décadas del siglo XX.

En el siglo XIX se introdujeron nuevas especies, como las inmensas secuoyas y cedros que nada tienen que ver con el espíritu original de los jardines. Recientemente se ha restaurado el laberinto dieciochesco elaborado con setos de carpe y haya. Originalmente ideado para los juegos galantes de los ociosos cortesanos, hoy es un lugar sugerente donde perderse.

Los Jardines del Palacio Real de la Granja son la obra de un rey que no quería reinar, que pese a su tristeza nos dejó este jardín alegre de su niñez, que nos recuerda que «la infancia es el patio en el que jugamos el resto de nuestra vida».

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