El Patio de los Naranjos

Considerado el jardín vivo más antiguo de Europa, los orígenes del Patio de los Naranjos se remontan a finales del siglo VIII, cuando se comenzó a construir la impresionante mezquita de Córdoba que, junto con la Alhambra, es el monumento más importante de todo el arte arábigo-andaluz.

“La mezquita de Córdoba es, sin lugar a dudas, el primer monumento de España, el más original y el más hermoso”, escribió el inglés Gerald Brenan. Constituye un magnífico ejemplo de la unión entre arquitectura y jardinería, un lugar donde las hileras de árboles del exterior son la prolongación visual del inmenso bosque de columnas del interior. Su refinamiento refleja la sofisticación de la cultura de Al-Andalus y la Córdoba califal, que en torno al año 1000 era la ciudad más poblada del mundo, con un millón de habitantes, y un importantísimo centro político, económico y cultural.

La mezquita era lugar de reuniones religiosas, sociales y políticas, ya que podía albergar hasta a 20.000 personas. Tanto el patio como la mezquita fueron construidos a partir de la década del 780 sobre una basílica visigoda, y ampliados sucesivamente hasta el 988. Después de la conquista cristiana de Córdoba, en 1236, el templo se transformó en santuario católico y se hicieron una serie de modificaciones. Como una muñeca rusa, el inmenso edificio guarda una sorpresa en su interior: una solemne catedral que comenzó a construirse en el siglo XVI, bajo el reinado de Carlos V.

Hasta la época cristiana la mezquita estaba abierta hacia el patio, lo que permitía la fusión total entre el interior y el exterior, formando un solo espacio continuado con las columnas y los troncos de los árboles, que inicialmente eran palmeras, cipreses y olivos (estos últimos abastecían las lámparas de aceite del templo). Los naranjos que dan nombre al patio llegaron en el siglo X, cuando, junto a muchas otras especies (limoneros, albaricoqueros, plátanos, arroz, algodón, caña de azúcar, palmeras datileras, berenjenas…) fueron introducidos por los árabes en Europa. Se trata de naranjos amargos (Citrus aurantium) originarios del sudeste de Asia, cuyos frutos se utilizaban para perfumes, mermeladas y medicinas. Gracias a su gran atractivo estético, estos árboles llegaron a convertirse en protagonistas de la jardinería hispano-islámica y estaban presentes en las calles, jardines y patios.

El Patio de los Naranjos

Hoy se alzan 98 espléndidos naranjos, plantados en hileras que crean una densa sombra verde durante todo el año, con el valor añadido de sus bellos y alegres frutos invernales y sus aromáticas flores, que perfuman el aire en primavera. Se riegan gracias a un entramado de canalillos que recorre todo el pavimento del Patio de los Naranjos, otro ejemplo interesante de la simbiosis de lo funcional y de lo estético, propio de la jardinería hispano-islámica. Además, el agua refresca el ambiente, algo tan necesario en este lugar donde las temperaturas en verano a menudo llegan a superar los 40 °C.

Durante la época musulmana, el Patio de los Naranjos estaba destinado a las abluciones (el lavado ritual que precede a la oración en la mezquita), pero también era un lugar de descanso y encuentro social para los cordobeses. Podríamos incluso considerarlo como el jardín público más importante de la ciudad, abierto a todo el mundo para deleitarse en él, evocando a aquel que espera a los fieles en el paraíso, tal como anuncia la cita del Corán en una de las inscripciones dentro del templo: “¡No temáis, no estéis tristes! ¡Regocijaos más bien por el Jardín que se os había prometido!”. De nuevo nos encontramos con la idea atemporal del jardín ligado a la añoranza del paraíso, un lugar idílico, rebosante de paz; es decir, un verdadero jardín espiritual.

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