El testamento imposible de Alfonso I, conocido como El Batallador, tardó en resolverse. Tres años antes de morir, el monarca del Reino de Aragón decidió dejar sus tierras, también sus bienes, en manos de tres grandes órdenes religiosas: la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén, la Orden de los Hospitaliarios y la Orden del Temple. Alfonso I fallecía en 1134, víctima de las heridas sufridas en la batalla de Fraga, dejando a su reino sumido en la confusión. Casi una década después, no habían encontrado una solución definitiva para este conflicto.

El aprecio y el respeto que Alfonso I sentía por estas órdenes en general, y por los monjes guerreros del Temple en particular, puede advertirse en esta decisión. Llama la atención que otras órdenes creadas por el propio monarca, como la cofradía de Belchite, quedaran fuera de la ecuación. Los colmó de gloria y privilegios en sus inicios, pero cayeron en el olvido cuando estos caballeros que arrastraban el polvo de las primeras cruzadas en Tierra Santa llegaron a España. Nueve siglos más tarde, encontramos en este testamento de Alfonso I la prueba irrefutable del poder que adquirieron. De esta historia, en cualquier caso, no se habían escrito más que los primeros capítulos cuando El Batallador falleció.

El falso reinado de Ramiro II

Alfonso I dispuso un testamento imposible. No se trata únicamente de que, a todas luces, ningún noble situado cerca de la realeza iba a permitir que estas órdenes religiosas militares controlasen el reino. Se trata, en primer lugar, de que el propio derecho de Aragón lo impedía. Las tierras patrimoniales de la Casa de Aragón eran eso mismo: tierras patrimoniales de la Casa de Aragón. Solo podían acceder a ellas los herederos, que debían cuidarlas y mantenerlas, y de las que no se podían desprender de ningún modo. No podían donarlas, no podían dividirlas y, desde luego, no podían dejarlas en herencia a extranjeros. Con la excepción de aquellos territorios conquistados en vida; en este caso, por ejemplo, Zaragoza, que Alfonso I conquistó en 1118.

Las órdenes reclamaron todo aquello que legó para ellas, pero los nobles del Reino de Aragón actuaron con rapidez. En primer lugar, se cuenta, ocultaron el fallecimiento del monarca durante días, hasta que tomaron una decisión. Habían encontrado un heredero al trono, y lo impondrían aun con la oposición de los monjes guerreros.

Este heredero respondía al nombre de Ramiro, era el hermano del fallecido Alfonso y fue conocido en adelante como Ramiro II, El Monje. Porque era, en efecto, monje. Dedicó su vida a la Iglesia. Vivió sus primeros años en el monasterio francés de San Ponce de Tomeras, fue abad en el monasterio de San Pedro el Viejo y obispo de Roda. Ramiro no tenía ningún interés en la monarquía, ni tampoco en el Reino de Aragón como territorio que gobernar, pero tampoco podía rechazar lo que la ley consideraba una herencia legítima. Ramiro era el legítimo heredero, así que lo aceptó.

Monasterio de San Pedro el Viejo, en Huesca

Monasterio de San Pedro el Viejo, en Huesca, donde habitó antes y después de ser rey Ramiro II | Shutterstock

Durante unos meses ejerció como tal, pero parece que, sobre todo, resolvió la manera de retirarse a la que consideraba su auténtica vida. Se casó con Inés de Poiters, una princesa francesa que ya había demostrado fertilidad en un primer matrimonio. De esta unió nacería, tan solo un año más tarde, la única hija de Ramiro II. Corría el año 1136, y la princesa Petronila llegaba al mundo.

Unos meses más tarde, entrado el año 1137, Ramiro II firmaba en Barbastro las capitulaciones matrimoniales para unir a Petronila con el otro gran personaje protagonista de esta historia: Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, hijo, además, del gran templario Ramón Berenguer III. La nueva heredera legítima apenas tenía un año de edad, mientras que Ramón contaba más de veinte. Pero se unieron legalmente, lo que le permitió a Ramiro II dejar el reino en buenas manos y retirarse de nuevo al monasterio de San Pedro el Viejo, en Huesca, donde murió en 1157. Murió siendo rey, aunque sólo sobre el papel.

A Ramiro II siempre le unió una buena relación a Ramón Berenguer, que gobernó en su nombre hasta el fallecimiento del monje, sin concederse más título que el aceptado por la ley. Ramón Berenguer IV y Petronila se casaron, finalmente, en 1150, cuando la futura reina alcanzó la edad necesaria para consumar el matrimonio. Su primer hijo, Alfonso, nació en 1157. Tras el fallecimiento de su esposo, en 1162, Petronila cedió el reino a su primogénito, que se convirtió así en Alfonso II. Reinó entre 1164 y 1196 en el territorio que se consolidó como Corona de Aragón.

Pero retrocedamos de nuevo: todavía queda por resolver la causa de los templarios, que quedó en manos de Ramón Berenguer desde 1137.

La Concordia de Girona

Tanto la Orden del Temple como el resto de órdenes religiosas, también la Iglesia, lucharon por cobrarse ese testamento imposible. No pudieron hacer mucho contra la oposición de los nobles, ni tampoco contra la ley aragonesa, y pronto entró en escena Ramón Berenguer IV, que dispuso negociar con todas ellas un escenario satisfactorio para ambas partes. El escenario satisfactorio para ambas partes se tradujo, en la práctica, en lo siguiente: las órdenes renunciaban al testamento, y a cambio recibían tierras, fortalezas y privilegios. La Orden del Santo Sepulcro y los Hospitaliarios aceptaron en 1140. Los templarios no lo hicieron.

Pasarían tres años hasta que se llegara a un acuerdo definitivo. Casi una década después del fallecimiento de Alfonso I, que finalmente consiguió lo que deseaba: que las órdenes se quedaran en su reino. Los templarios se quedaron y se hicieron fuertes. A raíz de las negociaciones con Ramón Berenguer, consolidaron tanto su presencia en el territorio como su poder y su influencia.

Estas negociaciones concluyeron con la llamada Concordia de Girona, firmada en noviembre de 1143 entre el conde de Barcelona, los maestres templarios y el sínodo de obispos. Por este acuerdo, los templarios renunciaron finalmente a sus derechos sobre el testamento, pero a cambio reforzaron poderosamente su situación en la Península. Recibieron importantes castillos, como el de Monzón, así como privilegios en cuanto a diezmos relativos a diezmos y rentas, y una importante promesa: Ramón Berenguer donaría a la Orden del Temple la quinta parte que le correspondía de las conquistas militares que llevase a cabo. Lo que se conoce como el quinto templario.

Castillo templario de Monzón

Castillo templario de Monzón.

La corona de Aragón esperaba apoyarse en la fuerza militar de los templarios en los años venideros. Y aunque estos, en un principio, no deseaban más que obtener ingresos para financiar sus actividades en Tierra Santa, terminaron por involucrarse y creer en esa lucha del Reino de Aragón contra los reinos musulmanes del siglo XII.