Los Amantes de Teruel

Nuestros protagonistas nacieron en Teruel, aproximadamente un par de décadas después de la Reconquista y repoblación de la villa, que tuvo lugar en 1171. Sus nombres eran Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla, y debieron de conocerse desde niños, jugando por las calles de aquel pequeño puesto fronterizo que trataba de proteger el reino de Aragón de los temidos almohades. Para los investigadores, la época sigue resultando oscura ya que han llegado a nuestros días muy pocos documentos, lo que explica el confusionismo que aún tenemos acerca de algunas fechas y datos de la historia, en la que se confunden los vestigios arqueológicos, la tradición y la literatura.

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Se ha escrito que Isabel era hija de un rico mercader, por lo que es casi seguro que no era hidalga -para un noble estaba vedado ese oficio-. En cambio, Juan pertenecía a una familia noble que vivía de las tierras conquistadas por su abuelo Blasco durante la toma de la antigua Tirwal musulmana, sobre la que se fundó Teruel. Al prestigio social de haber sido una de las familias fundadoras de la población se añadía el hecho de que el padre de Juan, Martín de Marcilla, ejerciera durante los años 1192 y 1193 el cargo de juez, lo que indica un importante estatus en el entramado de la villa. Aún así la importante diferencia estamental entre ambos no impidió que se fueran poco a poco enamorando. En el año 1208 una terrible desgracia cayó sobre aquellas tierras; una plaga de langostas asoló completamente los cultivos de la comarca. Posiblemente, esa catástrofe fue la que provocó la ruina de Martín de Marcilla. Por el contrario, Pedro de Segura, padre de Isabel, como buen mercader que era, debió de salir bien de aquel trance e incluso pudiera haber sido beneficiado por la necesidad de traer de otras tierras lo que antes se cultivaba en las proximidades.

En 1212, Juan, habiendo entrado en edad casadera, fue a ver a Pedro de Segura para pedirle la mano de su hija en un gesto que normalmente suponía un honor para cualquier villano, pues implicaba subir de estatus social a su hija y, de algún modo, al resto de la familia. En esta ocasión no resultó así. No sabemos si Don Pedro tenía ya apalabrada con algún otro noble una opción mejor, si no le gustaba Juan como yerno, si no le disgustaba la perspectiva de tener que mantenerles económicamente a los dos, o si su afición al dinero era muy superior a cualquier otra consideración; lo cierto es que no dio permiso a Juan para casarse con Isabel.

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Tampoco se debió de atrever a desairar a un miembro de una familia que, aunque había perdido su fortuna, tenía tanto prestigio en Teruel y el precavido Pedro hizo el siguiente planteamiento al pretendiente: “Te doy cinco años de plazo para ganarte una fortuna con la que mantener a mi hija; si lo consigues tendrás mi permiso para casarte con ella” Dado que aquel año el rey Pedro II estaba reclutando tropas para acudir a la cruzada contra los almohades, Juan se despidió de su novia y marchó raudo hacia Zaragoza. No sabemos lo que el joven hizo después.

Posiblemente se incorporó al ejército que, el 16 de julio de 1212, derrotó a los musulmanes en las Navas de Tolosa, pero de ser así no debió de coger mucho botín ya que no regresó a Teruel. Mientras tanto, a Isabel los años de espera se le debieron de hacer eternos en una época en que se vivía poco, las diversiones eran muy escasas y las mozas se casaban muy jóvenes. Por una u otra razón, lo cierto es que cuando iba avanzado el cuarto año, y sin noticias de cómo le iba a Juan en su búsqueda de riquezas, ella se comprometió con otro noble. Esta vez, Isabel y su padre se aseguraron de que el elegido fuera tan rico como elegante: Pedro Fernández de Azagra, un hermano del señor de Albarracín, importante villa cercana a Teruel y Pedro de Segura, escrupuloso en el cumplimiento de la palabra dada, fijó como fecha de boda el mismo día en que se cumplía el plazo dado a Marcilla.

Un día de 1217 un jinete atravesó presuroso las puertas de la ciudad. Al escuchar el alegre tañer de las campanas y presenciar el gentío que había frente a la iglesia principal, se detuvo para preguntar por el motivo de la fiesta. Alguien le debió de explicar que se trataba de la boda de Isabel de Segura. El caballero se sintió desfallecer, pero se recompuso y se dirigió hacia donde los novios celebraban su banquete.

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Como ya se imagina el lector, el caballero era Juan que había regresado con fortuna suficiente para casarse con su amada. Su aparición en plena celebración debió de causar un enorme revuelo entre las familias de los contrayentes, pero Marcilla se las arregló para poderle hablar a solas a Isabel. En algún momento de la conversación le rogó que le diera un último beso a lo que ella, ya casada, se negó. A continuación, la turbación del pretendiente llegó al extremo de que cayó sin sentido al suelo, quedando muerto en el acto. La familia Marcilla se hizo cargo del cuerpo y preparó, para el día siguiente, un funeral de cuerpo presente.

Antes de comenzar la ceremonia, Isabel, vestida con su traje de boda, se acercó al catafalco de Juan y dio al cadáver un beso en la boca. A continuación ella se derrumbó; al acercarse algunos de los presentes comprobaron que ella también había fallecido.

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En 1555, durante las obras de restauración de la capilla  de San Cosme y San Damián de la iglesia de San Pedro, aparecieron los cadáveres momificados de un hombre y de una mujer jóvenes, juntos a los cuerpos había un escrito en el que se explicaba su identidad.

Los cuerpos fueron de nuevo enterrados en 1578 en la capilla. Posteriormente se halló un protocolo notarial del siglo XVII en el que consta que los personajes vivieron en el siglo XV, y no en el XIII, en tanto que nuevas investigaciones han demostrado que la historia de los amantes ya era conocida en Teruel en el siglo XV. Finalmente, un estudio del ADN de los cadáveres, realizado en España y en Estados Unidos, ha determinado que los restos son de personas que fallecieron a principios del siglo XIV (un siglo después que en la historia inicial) y se precisa que se trata de dos jóvenes, pertenecientes posiblemente a familias nobles, que debieron de haber sido enterrados juntos. En 1955, con motivo del quinto centenario del descubrimiento de los restos, se exhibieron las momias al público.º

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Más tarde se formaría una comisión para reunir los fondos necesarios y poder dar a las momias una sepultura adecuada. Finalmente el escultor Juan de Ávalos, autor de las grandes esculturas del Valle de los Caídos, en Madrid, realizó dos sarcófagos de alabastro y bronce que serían instalados al año siguiente.

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Con el tiempo se popularizó la frase: “Los amantes de Teruel: tonta ella y tonto él”. Resulta difícil afirmar que la historia fue cierta, pero lo que es seguro es que los actuales paisanos turolenses han sabido explotar bien a estos personajes y, desde 1996, cada 14 y 15 de febrero los habitantes de la ciudad celebran masivamente la fiesta de las Bodas de Isabel de Segura, un acontecimiento extraordinario.

Texto de Ignacio Suarez-Zuloaga e ilustraciones de Ximena Maier.

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