Aunque para la mayoría sean los principales protagonistas de guisos y asados, los gallos son también elementos altamente simbólicos. El de Barcelos está atado de forma indeleble a Portugal y Francia también se identifica con esta ave. Quizá menos conocido sea que León tiene en otra de estas criaturas una seña de identidad. Se trata del gallo-veleta de San Isidoro. Una figura de cobre recubierta de oro que se puede ver en el claustro del monumento. Casi mil años estuvo sobre la torre a la que dio nombre hasta que se descubrieron sus orígenes.

El gallo de San Isidoro es un símbolo de León

El gallo de San Isidoro es un símbolo de León. | Museo de la Colegiata

Un gallo envuelto en el misterio

El complejo monástico que contiene al gallo, el panteón de los reyes de León y hasta a un opositor al Santo Grial tuvo su origen definitivo en el siglo XI. Sancha y Fernando I reformaron un templo que ya había tenido varias versiones y su hija Urraca la Zamorana confirmó la importancia del mismo. Su excepcional románico se plasma como en ningún sitio en la zona de enterramiento real. Luego se ampliaría con elementos renacentistas y barrocos hasta conformar la colegiata actual. Sin embargo, la veleta descuadraba. En una construcción tan puramente europea resaltaba su aspecto oriental.

A principios de este milenio la basílica de San Isidoro se benefició de un notable lavado de cara que la restauró. Fue entonces, en torno a 2001, cuando se decidió bajar la veleta para estudiarla en profundidad. Hasta entonces se sabía poco o nada de una figura que ya era parte esencial de la ciudad. Sobre la conocida como Torre del Gallo, del siglo XII, había permanecido el ave metálica. Su uso como veleta se daba por supuesto. Además, se creía que el cono y esfera sobre el que giraba eran coetáneos al animal. Suposiciones que por supuesto no le valían a la historiografía.

Real basílica de San Isidoro en León

Real basílica de San Isidoro en León. | Shutterstock

De esta forma se procedió a desmontar la veleta, en primer lugar para aplacar los males del paso del tiempo. No en vano, entre los avatares que logró superar se encuentra por ejemplo el disparo de un soldado napoleónico. La Guerra de la Independencia fue especialmente dura para el templo, que fue expoliado. Los huesos de los reyes leoneses acabaron por los suelos y sus sarcófagos usados como abrevaderos. Con todo, su estado era muy bueno.



La estatua sasánida que terminó en León

El estudio exhaustivo que se realizo del gallo de San Isidoro dio sorpresas mayúsculas. Se constató que no era de oro, sino de un cobre muy puro y finamente trabajado. Sobre este metal sí que existía un recubrimiento áureo de una pureza notable. La suma de ambos factores explicaba en buena medida el porqué de sus buenas condiciones con respecto a la corrosión. También quedó claro que no era una veleta en origen. Las patas del ave se recortaron para que sirviera a tal propósito. Por su parte, la diferencia temporal entre el cuerpo y soporte fue obvia una vez se analizó el material o la técnica constructiva.

Gallo de San isidoro en su actual ubicación

Gallo de San Isidoro en su actual ubicación. | Wikimedia

Pero fue el interior de la figura lo que llevó a dar por fin con su origen. Polen, tierra y restos producidos por abejas llevaron a situar su ejecución no en el sur peninsular, sino al otro lado del Mediterráneo. Concretamente apuntó al golfo pérsico y al siglo VI o VII. Entonces el imperio sasánida vivía un canto del cisne. Bajo los reinados de Cosroes I, Ormuz IV y Cosroes II experimentó una edad de conquistas frente al imperio bizantino casi sin igual. Esto hizo que tomaran el Levante, incluidos los lugares santos. Está probado que allí las cruces se sustituyeron por gallos dorados con ojos de gemas preciosas.

Tanto los datos de estudio como la tipología artística permitieron así confirmar que el gallo es persa, probablemente de la zona del actual Irán. También es probable que fuera un elemento de tipo fuente. El rango de fechas lo ubica en el entorno temporal del nacimiento de Mahoma, lo que además confirmaría que no es musulmán. Su camino a España posiblemente se diera en época del Califato de Córdoba, mediante intercambios con el Abasí, en el siglo X. De ser ciertas las suposiciones, la horquilla entre su traslado a Al-Ándalus desde Arabia y el posterior a León habría sido muy pequeña.

Torre del gallo

Torre del gallo. | Shutterstock

Respecto a cómo acabó en la capital leonesa, hay varias teorías. Una se asocia con al conquista de Toledo por parte de Alfonso VI en el año 1085. Habría acabado en los palacios toledanos tras el saqueo a Medina Azahara, durante la fitna o guerra civil que terminó con el Califato. Otra alternativa es, simplemente, que se trató de un tributo a los leoneses. En todo caso, parece claro que llegó al norte en el siglo XI y que en tal siglo comenzó a coronar su torre.

Gallo de San Isidoro

Gallo de San Isidoro. | Wikimedia

La transformación en veleta y símbolo del gallo de San Isidoro

Aunque la historia del gallo parece aclarada, queda otro elemento al que prestar atención. Se trata del cono y esfera sobre el que se apoya. Los equipos liderados por Margarita Torres, profesora de la Universidad de León, durante 2001 también dieron con esta clave. Ambos son peninsulares y del siglo XII. Una inscripción de corte visigótico, que reza «berlana», el análisis del cobre y la técnica usada para darle forma, dejaron claro que se hicieron ad hoc para la figura.

Su paso a veleta, recorte de patas mediante, debió acaecer en el momento de la elaboración del nuevo soporte. Por su parte, la desaparición de las gemas que tenía por ojos, probada por los engarces, está sin documentar. Así, uno de los gallos más famosos del país junto al de Santo Domingo de la Calzada se asentó en lo alto de la basílica de San Isidoro. Curiosamente, ambos son parte del acervo del Camino de Santiago Francés. El tiempo hizo su efecto y se integró de tal modo en la ciudad que nadie se preguntó por siglos de dónde había salido aquella extraña ave.

Torre del gallo con la réplica

Torre del gallo con la réplica. | Shutterstock

Actualmente la original descansa expuesta, como se había señalado antes, en el claustro de la colegiata. Una réplica la sustituyó en el exterior. Es su pieza individual más preciada junto al cáliz de doña Urraca. Ambos centran las visitas junto a los frescos románicos del panteón real. Sin embargo, es la más apreciada por los propios leoneses. Da forma a uno de los honores más altos que entrega el ayuntamiento e incluso ha llegado a protagonizar cuentos. Sin duda, un gallo con carisma.