Pocas órdenes militares han sido capaces de generar el halo de misterio que envuelve a la Orden del Temple. Muchas de sus historias y leyendas han conseguido llegar hasta nuestros días. Para conocer algunas de ellas no es necesario irse muy lejos. Los caballeros templarios llegaron a Aragón en el año 1131 y desde ese momento se desplazaron por varios puntos de la Península Ibérica.

La Cruz del Milagro y los templarios momificados

Iglesia de San Miguel el Alto de Toledo

Iglesia de San Miguel el Alto de Toledo | Shutterstock

La antigua iglesia de San Miguel el Alto de Toledo ha escondido uno de los grandes misterios templarios. Cuenta la leyenda que en 1375, el Arzobispo de Toledo ordenó registrar los subterráneos de esta iglesia y las casas colindantes pertenecientes a la Orden del Temple. Su objetivo era encontrar el tesoro del Santo Grial, el cual se sospechaba que podía estar oculto en Toledo. Sin embargo, lo que encontró fue la Cruz del Milagro y un nutrido grupo de cuerpos momificados de caballeros templarios. La Cruz del Milagro era una pieza de estilo románico, que, según decían, habían pertenecido al comendador del Temple.

Tras la derrota de los cristianos en la batalla de Alarcón (1195), los almohades se presentaron en las murallas toledanas. Los templarios y el resto del ejército estaban decididos a proteger su sector, cercano al barrio de San Miguel y su encomienda. El comendador del Temple pidió a Dios una señal para conocer quiénes caerían en batalla. Sobre la cruz roja que algunos de los caballeros portaban en sus capas apareció la imagen de Cristo y el comendador entendió que aquellos eran quienes iban a morir en combate.

Así pues, al amanecer tan solo destinó a la batalla a los caballeros que no habían recibido el aviso divino y dejó rezando al resto. Los templarios regresaron de la lucha sin haber tenido una sola baja. Sin embargo, todos los compañeros que se habían quedado orando en el templo yacieron muertos y momificados. Asimismo, el agua que llenaba la copa de la pila bautismal se había convertido en sangre. Finalmente, comprendieron que aquello era un castigo del Señor por la soberbia del comendador que había creído poder burlar a la muerte.

Templarios hasta el último suspiro

El castillo medieval de Jerez de los Caballeros

El castillo medieval de Jerez de los Caballeros | Shutterstock

En 1312, el Papa Clemente V decretó en el Concilio de Vienne la bula pontificia ‘Vox Clamantis’ por la que se ordenó disolver la Orden del Temple. Los caballeros templarios fueron acusados de varios delitos, como herejía o idolatría. Aunque en la Península Ibérica fueron pocos los que creyeron en estas graves acusaciones, se vieron obligados a acatar la bula. Muchos de los caballeros, aunque inocentes, decidieron confesar su culpa para escapar de la hoguera. Pero no todos estaban dispuestos a ello.

En la Encomienda de Jerez de los Caballeros (Badajoz), un pequeño grupo de templarios se hizo con el castillo y se negó a renunciar a la Orden. Estos decidieron defender el juramento que habían hecho hasta las últimas consecuencias. Los hombres aguantaron durante días el asedio de las tropas reales, pero fue en vano. La mayoría de ellos murió en el fragor de la batalla y otros tantos fueron encerrados y decapitados. La leyenda cuenta que aquel día la atalaya se tiñó de rojo con la sangre de los templarios muertos.

Los tesoros templarios, de París a Peñíscola

Castillo de Papa Luna

Castillo de Papa Luna | Shutterstock

Aunque los templarios mantenían un estilo de vida bastante austero, durante años administraron enormes riquezas. Aquello generó que el endeudado rey Felipe IV de Francia quisiera desmantelar la orden para quedarse con su patrimonio. Ante esta amenaza, los templarios de París contactaron con el maestre de la Orden del Temple de Peñíscola. Pretendían, así, trasladar los tesoros guardados en la capital francesa hasta el castillo castellonense. Desde el río Sena salió una embarcación con varios cofres y un manuscrito de Salomón.

Cuando el rey galo emitió la orden de incautar todos los bienes de los templarios de París, sus soldados no fueron capaces de encontrar ni una sola moneda. Lo cierto es que nunca se ha sabido lo que ocurrió con el barco que partió hacia las costas de Peñíscola. La leyenda dice que los tesoros que este portaba siguen escondidos en algún punto del Castillo del Papa Luna o de la Sierra de Irta.

Una cruz templaria en la Península

El señorío de Culla

El señorío de Culla | Shutterstock

En el año 1303, el señorío de Culla (Castellón) pasó a manos de los templarios. Los caballeros de la orden militar desembolsaron un total del 500.000 sueldos en la compra de este territorio. Su última compra antes de su desaparición en 1314. Es importante señalar que estos territorios constituían una frontera entre Aragón y Valencia, lo cual era ideal para la expansión del cristianismo.

Sin embargo, también existe la teoría de que quisieron hacerse con esta posesión por la práctica de la alquimia y las fuerzas telúricas que confluyen en el señorío. Algunos estudiosos han establecido que existe un “marcaje templario constante con ciertos núcleos mistéricos”. Culla podría ser una de esos lugares marcados que podrían señalar una cruz templaria sobre la Península Ibérica.

Un templario devorado en la Iglesia de la Vera Cruz

Iglesia de la Vera Cruz

Iglesia de la Vera Cruz | Shutterstock

Cuenta la leyenda que en una tarde de verano de hace más de 800 años, los templarios galopaban por una cuesta dejando atrás el Alcázar de Segovia. Montaban a gran velocidad puesto que iban tras unos bandoleros que querían asaltar la Iglesia de la Vera Cruz. Cuando les alcanzaron, los atacantes estaban intentando forzar la entrada del templo.

Durante la escaramuza murió uno de los templarios. Su cuerpo fue velado por los frailes del templo y uno de los caballeros le pidió a los religiosos que se hicieran cargo del cuerpo hasta el entierro. El muerto estuvo tendido en el altar mayor rodeado de cirios. Uno de los frailes decidió abrir las ventanas para ventilar e hicieron un descanso antes de seguir orando toda la noche.

Unos minutos después, la sala de la iglesia donde reposaba el cadáver del templario se inundó de chovas. Las chovas son unos pájaros negros y ruidosos, muy parecidos a los cuervos. La bandada devoró el caballero hasta dejarlo en los huesos. El prior, horrorizado ante la escena que encontró, maldijo a estos pájaros por haber profanado el sagrado lugar. Desde entonces no se han vuelto a ver chovas posadas en los muros de esta iglesia.